Entre Juegos y Libros...
"Aunque no siempre podamos elegir el lugar que ocupamos en los demás, lo cierto es que cada vínculo, aún en su fugacidad, nos hace eternos en la vida de alguien" Anónimo
No tuve mucho tiempo para procesar ni saber lo que vendría de nuevo en mi vida, de pronto yo estaba en una nueva sala de clases, con caras nuevas a mi alrededor, debo recordar que mi año escolar anterior casi repetí en el colegio San Ignacio de Loyola, mis padres me cambiaron al Liceo Eduardo de la Barra y ya estaba advertido que tenía que poner de mi parte en los estudios. Desde el primer día que entré a este liceo te recordaban en los actos y la formación del día lunes que era un liceo tradicional emblemático con mucha historia por la cantidad de ex alumnos destacados que de allí habían egresado entre artistas como el escritor Joaquín Edwards Bello, políticos como Salvador Allende, militares, doctores, deportistas y tantos otros que en verdad a esas edad te da lo mismo, así es que todo el bla bla era para nuestros padres…a mi lo único que me importaba es que mi nuevo liceo tenía una gran piscina.
Aquí parte mi nueva historia cursando el 5to básico donde hice grandes amigos y amigas que hoy recuerdo con nostalgia a gran parte de ellos al escribir estas primeras líneas porque estuve junto a ellos 2 años antes de venirme a vivir a Santiago. Los amigos y compañeros a los cuales me refiero todos del viejo Valparaíso, de los cerros, de familias de esfuerzos, otros más pobres y otros con mejor situación, pero al estar juntos en una misma sala de clases frente a nuestro pizarrón verde a tiza no se marcaba diferencia alguna porque ocupábamos los mismos bancos maltratados rayados, con el famoso chicle duro por el tiempo pegado por debajo con olor a tutifruti.
Es aquí donde conocí a mi gran amigo Gonzalo G. el cual nunca pude olvidar porque con él escribí gran parte de mis recuerdos de mi nuevo liceo. Alegre, amante de las bandas de rock que en aquellos años sonaban en las radios y el video clip musical en la tv en nuestro despertar musical púber, compañero de equipo cada vez que nos tocó jugar futbol. Andábamos pegados toda la tarde arreglando el mundo con largas conversaciones, intercambiando láminas coleccionables de nuestros jugadores favoritos de los álbumes de la época. Gonzalo siempre fue un wanderino acérrimo fanático fiel caturro verde, su papá el caballero de bigotes siempre bien vestido lo iba a dejar hasta la entrada, se despedían con un cariñoso beso de padre a hijo. En la entrada bajo la escalera cada mañana yo lo esperaba junto a otros dos amigos que se nos unieron en amistad, el querido "Chaky" Cristián R. y su particular saludo de manos y Ettore R. con su pelo bien peinado a lo marraqueta, sus mocasines bien lustrados y brillosos.
Así empezó a avanzar nuestro año escolar, nuestra profesora jefe llamada Mónica se hizo muy querida por nosotros, su tez morena y pelo corto le daban un grado de dulzura a la educación de aquellos años entre matemáticas, la historia y el castellano. La profe era de una línea no te dejaba pasar ninguna a la hora de interrogarte o decir tu poema de memoria, revisarte los cuadernos era un clásico que ayudaba a sumar un puntito a la hora de cuando te rajaban en las pruebas…yo igual le puse empeño no quería defraudar a mis papás, mi jornada escolar era en la tarde, por eso me levantaba temprano y me ponía a estudiar, si el ramo era inglés mi tía Erika me ayudaba para luego mi mamá mientras cocinaba me tomaba las materias, no quería volver a sentir que podía repetir de curso en esos años porque era mal visto por todos, no había un entendimiento profesional de apoyo cuando repetías, simplemente eras tildado como el flojo del curso y por ende nadie quería estar en esas nóminas, lo peor es que te expulsaban.
Pero no todo era estudio, así es que me inscribí en las brigadas del tránsito, mi tía Erika me prestaba las correas blanca tipo carabinero y antes de entrar a las jornada del colegio ayudaba a atravesar las calles por pasos peatonales a los más chicos, yo con 10 años ayudando a los pendejos más chicos que yo, ridículo pero cierto, te ganabas el respeto en los recreos de los más chicos para que se portaran bien, de no ser así los inspectores del colegio hacían la pega, de anotaciones negativas, aviso a los padres etc. Nunca me gusto el conflicto así que me retiré, me gustaba más jugar a la pelota con mis amigos, así es que mi primo Alejandro me invitó un día al Club Orompello del cerro Esperanza, me presentó al pelado Espejo que entrenaba a las infantiles en una cancha de baby fútbol y me puse a jugar a la pelota, iba todos los sábados en la mañana a entrenar, a veces entrenábamos en las canchas de los cerros, de tierra y yo no tenía zapatos con estoperoles, mi tío Patricio que era carabinero me invitaba a ver sus partidos de fútbol en peñuelas con sus colegas y amigos de la comisaría de la 68, fue allí donde una vez le pedí prestado sus zapatos de futbol, me quedaban grandes pero me sirvieron para jugar más de alguna vez. Hasta que mi papá, me compró canilleras y zapatos de futbol en mi número en la tienda Suelería el Cóndor de Av. Argentina, yo ya me sentía el mejor goleador. Tanto así que el partido más importante que fui a jugar con mi credencial oficial en mano, con mis canilleras y zapatos nuevos de futbol con estoperoles color rojo, ese día mis padres fueron a ver a su hijo goleador y… me dejaron en la banca todo el partido. Entré a la cancha solo a despedirme del árbitro.
Muchas veces después del colegio en la tarde me iba a cortar el pelo donde mi querida tía Nela hermana mayor de mi mamá y peluquera de profesión, en el paradero Av. Francia con Colón tomaba la micro verde letra O, me gustaba ir donde ella porque al frente de su peluquería estaba el famoso teatro Mauri en el cerro Florida, Av. Alemania. Cuando llegaba estaba siempre ocupada trabajando atendiendo a sus clientas y yo tenía que esperar mi turno, me daba una vuelta por el teatro o caminaba unos metros más abajo, recuerdo me gustaba mirar la casa La Sebastiana de Neruda por fuera, algún día con la idea de poder entrar y conocerla por dentro, visita que fue en mi juventud muchos años después.
Cuando volvía donde mi tía Nela, ella siempre me tenía un tecito con un pan con jamón, tomábamos onces juntos y después me cortaba el pelo, conversábamos largo tendido. Ya un poco más tarde llegaba mi tío Nano, le ayudaba a cerrar la peluquería y mi tía me acompañaba al paradero para irme a casa ya oscuro, tomaba la misma micro verde que demoraba en pasar y me bajaba en la Caleta Portales.
El camino donde mi tía Nela y atravesar medio Valparaíso con 10 años de edad, era pan comido porque con mis compañeros del Eduardo de Barra, jugamos los mejores partidos de fútbol en la cancha de tierra del estadio Omar Pérez Freire, llegábamos muy temprano y si hacía frío daba lo mismo lo importante era jugar a la pelota, teníamos buen equipo, Marcos G., Victor A. Rodrigo P. y tantos otros que hoy recuerdo con nostalgia junto al golazo de mi buen amigo Gonzalo G. que se mandó desde fuera del área junto con ese abrazo de celebración gritando Gooooooooooooool con la fuerza de sus pulmones en un estadio con las gradas vacías y donde las altas torres con los focos de luces apagadas fueron testigos de la felicidad de esos cabros chicos entre la neblina de una fría mañana de mi recordado pancho puerto.
Cuando terminábamos las clases de educación física en mi liceo, después de tratar de subir las cuerdas amarradas en nuestro gimnasio o las carreras de "atletismo" en los patios principales, venía la mejor parte para todos nosotros, nos dejaban meternos a la piscina.
Fue así cuando una vez jugando a los karatekas en las colchonetas del gimnasio junto a mi amigo Gonzalo, le quebré el brazo sin querer por hacerle una llave de judo, ese fue el peor día de mi vida, me fui muy triste a casa, callado, no quería hablar con nadie, pero el sentimiento de culpa fue más grande, tuve que contarle a mis papás la verdad, esa noche no pude dormir de solo pensar que por un tonto juego yo le había hecho daño a mi mejor amigo. Al otro día fui con mi mamá y bien valiente le conté la verdad a mi profesora en la sala de dirección del liceo, ella lo entendió y fue quién dio las explicaciones a la familia de Gonzalo sobre el estúpido accidente. Dos días después mi amigo Gonzalo llegó con su brazo enyesado, nos abrazamos él nunca se enojó conmigo, nunca me culpó de lo sucedido y nuestra amistad creció más fuerte. Yo lo esperaba en la mañana en la entrada para llevar su mochila y le prestaba mis cuadernos con materia para que no se atrasara en su escritura por su brazo blanco de yeso, que después le rayábamos con plumón.
Entre risas y juegos seguimos siendo los grandes amigos, esa fue mi mayor alegría, y uno de mis recuerdos más importantes de mi querido viejo liceo, de las líneas que hoy escribo.
Y si de alegría se trata también tuve momentos tristes en mi sala de clases cuando el director del colegio y el inspector entraron a mi sala con una mirada en sus rostros nunca antes vista, en los silencios y murmullos con nuestra profesora jefe, se llevaron a un compañero muy querido por nosotros Alejandro C. tenían que conversar para darle una noticia que a la vista de todos nosotros al parecer no era buena…cuando volvió a buscar sus libros, cuadernos y chaqueta a nuestra sala para irse a casa, nunca pude olvidar la mirada de su rostro, estaba completamente roto, no podía caminar del dolor porque le habían dado la triste noticia que su madre había muerto de una forma muy trágica de la cual no entraré en detalles.
Antes de cruzar la puerta de nuestra sala y verlo salir, algunos nos acercamos para abrazarlo sin decir nada, nuestra sala de clases se la tragó un profundo silencio junto a los ojos negros de mi profesora que no pudo contener sus lágrimas frente a 45 niños que empatizábamos en desgracia con un compañero de curso.
Al otro día algunos pudimos ir a acompañarlo a la misa de despedida de su mamá en la iglesia, fue terrible ver a nuestro amigo abrazando el dolor a tan corta edad, abrazando el cajón de madera con su madre adentro.
Un acontecimiento internacional de nuestro país en el año 1989 cuando un camión gigante a nuestros ojos que se asomaban por los ventanales de nuestra sala de clases se estacionó afuera de nuestro liceo cargado con toneladas de bolsas con uvas, que repartieron gratis a cada estudiante, no sé cuántas bolsas de uvas me llevé a casa esa tarde en la repartición nacional de los colegios de Chile, faltaban brazos para llevarte más kilos de uvas, por la culpa de 2 granos envenados según Estados Unidos y los noticiarios en la Tv internacional.
Los primeros meses de mi 6to básico, comenzó a escribirse el principio del final de mi niñez en mi querido y recordado Valparaíso porque en mi historia familiar interna, mis papás estaban arrastrando problemas económicos que los hacía estar estancados y ahogados, el sueño de mis papás de tener su casa propia se alejaba y desvanecía cada vez más junto a otros sueños que solo mis padres saben, yo nunca pregunté, pero vi a mi papá trabajar mucho por poco, y no sé como hicieron en algunas navidades pasadas estando yo más chico esos regalos soñados fueran realidad como, una bicicleta, mi guitarra y un atari que aun guardo en memoria de esas noches del 24 de Diciembre en nuestra pieza que era nuestra casa. Recuerdos de tiempos difíciles yo más chico con mi papá sin trabajo, sus ojos tristes y una pequeña figurita de plástico que nadaba al darle cuerda me hizo muy feliz una navidad donde el árbol no tuvo regalos. Nuestra vieja cocina oscura de poca luz y el mueble de madera color celeste mal pintado que guardó nuestros platos, tasas y ollas junto al cajón de los sueños de mi mamá que se hundían en el tambor de agua que debíamos llenar 1 vez a la semana con una manguera para tener un poco de "comodidad".
Mis abuelos ayudaron mucho a mis papás al darles techo, eso no se olvida con el pasar de los años y hoy los honro en mis memorias relatadas en estas viejas historias del pasado.
Es aquí donde mi papá decide bajo una fuerte presión, incertidumbre y miedo, trabajar en Santiago. Fue difícil cuando no lo veía llegar a casa por las noches, también vi a mi mamá triste, más callada, siempre lo apoyó, siempre lo empujó a que era lo correcto, pero también los escuché discutir de temas que yo no entendía. Mi papá cuando llegaba de Santiago los días viernes por la noche mientras dormía, llegaba con 2 chocolates Capri uno relleno con menta para mi mamá, otro de sabor frutilla o almendra para mí. Una vez llegó con un aparato negro llamado Vhs, para ver videos y películas en unos cassettes grandes que parecían ladrillos negros, pero eso no era lo que me daba alegría, era que cada fin de semana el volvía a casa.
Y si para mí fue difícil los primeros meses estar separados, también lo fue para él estar solo en la furiosa y loca ciudad de Santiago, fue mi tío Juan (hermano mayor de mi papá) y mi tía Rosi quienes ayudaron a mi papá dándole techo y una pieza donde un sofá cama fue su mejor amigo por las noches de cansancio en la calle Juan de Pineda con la Av. Walker Martines en la comuna de la Florida.
Casi 1 año vi a mi papá solo los sábados y domingos, con 11 años lo entiendes hasta que tus padres te informan que nos iríamos a Santiago a vivir, pero nuestra vida estaba anclada a Valparaíso, nuestra familia, mis abuelos, mis primos, mis tíos, mi tía Erika, mi liceo, mis compañeros de curso y Gonzalo G. mi mejor y gran amigo…
Mientras ese año avanzaba, mis padres me llevaron a Santiago a postular a ver colegios, la cosa era en serio. Me llevaron a conocer el Liceo Benjamín Vicuña Mackenna y se parecía mucho a mi liceo de Valpo, pero a mis papás no les gustó, tuve que dar examen para postular al colegio Universitario Salvador muy bonito si los comparaba con mis liceos y colegios donde antes había estudiado, aquí estudiaban mis primos chicos el Diego y la Tamara, estos tenían pizarrones blancos con plumones y la cosa cambiaba por completo ahí me di cuenta que eran otros tipos de colegios, igual me fue mal, me preguntaban materias que yo no sabía y en la prueba de matemática fue perfecta porque le puse solo mi nombre, a la mierda con la monja que me tomó el examen me calló mal apenas la vi y nuevamente tuve que ir a Santiago porque me postularon a un colegio llamado Instituto de Humanidades Luis Campino en la comuna de Providencia, era de línea católica y por lo que entendía se abrían postulaciones completas porque eran cursos de séptimos nuevos para el colegio, los niños que postulaban eran distintos a mis amigos de los cerros con los que yo jugaba, claramente venían de familias de clase medias más acomodadas, empezaba a entender a comprender el esfuerzo de mi papá todo ese año, tuve miedo, me sentía extraño, un poco ajeno, un poco fuera, un extranjero en una ciudad desconocida lejos del mar y del viento.
Hasta que el día llegó, fue el paseo de sexto básico de fin año con mis compañeros del Eduardo de la Barra, un día entero de piscina, donde la pasamos muy bien jugando porque ese día fue mi último día junto a ellos…mis amigos del puerto, del cerro, de la pichanga, de la sala de clases, con los que anduve en el trole bus, con los que jugué una ficha en los videos juegos de la Av. Francia.
La micro que nos transportó de vuelta a Valparaíso al término del día, me dejó en el paradero de la caleta Portales, allí me bajé con mi mamá y desde la ventana de atrás de la micro mi amigo Gonzalo G. levantó su brazo para despedirse, el mismo brazo que le accidenté jugando ahora me decía adiós.
En el vaivén de mis memorias y recuerdos que hoy escribo, para algunos somos sólo una página pasada, pero yo soy de los que piensa que somos nostalgia en los ojos de quienes nos guardan con cariño, aunque el tiempo y la vida nos hayan llevado por rumbos distintos…entre juegos y libros…amistades que marcan.
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