Cuando Éramos Invencibles

 "Nunca supimos que estábamos creando recuerdos, solo sabíamos que nos estábamos divirtiendo" Anónimo.

Y esa mañana en la casa de mi Lela me levanté con la idea de ir a jugar con mis primos, Marcelo, Alejandro y Mauricio… pero ellos ya estaban listos, arreglados y bien peinados. Le pregunté a Alejandro si jugábamos con los autitos, a él le gustaba mucho jugar en el patio fuera de la cocina de mi Lela a los autitos, hacíamos caminos con curvas en la tierra para simular una pequeña autopista. Pero me dijo que no podía porque se iba a ensuciar y que saldría con sus hermanos…Me devolví a la pieza a tomar desayuno con mis papás y en el pasillo me encontré con mi tío Lucho (el papá de mis primos) frente a frente me miró y me dijo ¿y tú? Yo sin entender no alcancé a responder, me dijo anda cambiarte ropa porque vamos a ir al cine…me quedé en blanco y una emoción empapada de alegría me invadió por completo, iríamos al cine, yo nunca había ido, lo mejor que iba ir con mis primos que para mí eran mis hermanos. La invitación de mi tío Lucho al cine es un recuerdo que yo atesoré y guardé por muchos años hoy lo comparto, hoy vuelve desde un lejano rincón del pasado.

Me vestí en 3 segundos, ya íbamos bajando la escala Chirimoyo cerro abajo con las ganas de llegar pronto al cine, que como niño tampoco me imaginaba como era, solo sabía que mis ojos estarían frente a una pantalla gigante al menos eso era lo que yo había escuchado de otras personas. En la micro camino al centro de Valparaíso le pregunté a mi tío Lucho que película iríamos a ver, su respuesta fue "La Historia sin Fin" o sea yo vería la película de aventuras que anunciaban en los comerciales de la Televisión de aquellos años, lo que mis oídos escuchaban no podía ser verdad. Nos bajamos en la Av. Pedro Montt y caminamos todos juntos unas cuadras con nuestros periódicos bajo el brazo hasta llegar a la sala más famosa de aquellos años el cine Brasilia, donde actualmente se encuentra hoy el teatro Imperio de Valparaíso. La fila para entrar era interminable, todas las personas llevaban diarios y periódicos, allí entendí que ese era el requisito para obtener nuestra entrada, mucha gente pero que importaba entraríamos igual, yo estando con mis primos todo era entretenido, nuestras aventuras y juegos de niños en la casa de nuestros tatas también fueron merecedoras de una película de acción en la pantalla grande…

Desde temprano en casa de nuestros tatas, en el pasillo andábamos a pie pelados esos días de calor donde nos pasaban el tapón negro de goma y conseguíamos el permiso de nuestra abuela para llenar nuestra gran piscina, porque para nosotros eso era…la realidad es que nuestra piscina era donde los anteriores dueños de la casa quinta de mis tatas daban de beber agua a los caballos que allí criaban. Con los años esa vieja pileta con musgos de cemento de 2.5 mt de largo por 1 mt de ancho, se transformó en nuestra fuente de diversión de piqueros y clavados junto a mis primos. Partíamos muy temprano colocando la manguera para poder llenarla, eran muchos litros de agua y eso demoraba gran parte del día. Allí mi primo Mauricio me enseñó a tirarme mis mejores piqueros y guatazos. Podíamos pasar todo el día jugando. Marcelo empujaba el agua con su cuerpo del tal manera que se provocaba un vaivén del agua, algo así como una ola donde nos lanzábamos por debajo de ella, cagados de la risa no sentíamos las horas pasar hasta que alguien nos decían "salgan del agua, a secarse" salíamos con los labios morados en la búsqueda de un poco de sol entre los árboles de duraznos del patio afuera de la cocina de mi Lela al finalizar la tarde.

Y si no había piscina, no importaba, con mis primos nos adentrábamos en la casa quinta en busca del mejor madero para nuestro arco y las mejores varillas de ciruelos para nuestras flechas. Cada tapita metálica de botella de bebida que encontrábamos la guardábamos porque en el taller de nuestro tata con la herramienta llamada tornillo de banco, Marcelo y Mauricio convertirían esas tapitas en las puntas de nuestras flechas, mientras con Alejandro buscábamos las mejores plumas de ganso para que nuestras flechas ganaran dirección. Las batallas más épicas de arcos y flechas se llevaron entre las parte más alta de los patios de la casa quinta, entre árboles frutales, el pasto largo, las malezas ancladas del cerro y los troncos rotos nos pintaban el mejor escenario para camuflarnos en la verde vegetación húmeda de nuestra vieja casa que guardó en el baúl nuestros juegos de infancia. Si las flechas se perdían o se acababan…las ciruelas verdes de los árboles nos invitaban a que la batalla no terminara y aquí el fuego ya era cruzado todos contra todos nadie se arrancaba de una ciruela verde o madura bien puesta en el cuerpo, entre la risa fuerte y contagiosa de mi primo Marcelo perdías la puntería antes de lanzar. A Janito mi primo no le gustaba perder, como buen soldado sus hermanos mayores buscaban la rendición, hasta la última ciruela si era posible, rendirse no era una opción para ninguno de nosotros.

La guerra de cartuchos de papel soplados por un tubo metálico nos llevaron a construir las mejores armas, eso si nadie le ganaba a Mauricio, eran las mejores y las más creativas con trozos de maderas, elásticos, dejando muchas veces el lanza cartuchos que más lejos lanzaba. ¿Quién llegaba más lejos con el cartucho? Para eso nos íbamos al jardín de mi lela a la altura del árbol palto el más famoso y querido de todo los árboles de mi Lela, nos alineábamos para tomar la mayor cantidad de aire y soplar el tubo, ese era el mejor lugar para medir distancia porque abajo de nuestro jardín teníamos una cancha de futbol que estaba pegada a los potreros de nuestro vecino Guaina. Y si no era allí donde lanzábamos cartuchos nos colocábamos en la entrada de la casa en el balcón para lanzarle a los techos oxidados de la fábricas de portales.

Éramos tan invencibles que por la noche jugábamos en la entrada de la casa de nuestros tatas a un juego llamado la "mosca coja"…una base como refugio que siempre era la tapa del alcantarillado para salir a pillar saltando en un pie a tu oponente, hasta que te cansabas si apoyabas el otro pie en el suelo, lo mejor era arrancar hasta la base porque la lluvia de patadas en el poto te hacía recordar porque el juego se llamaba así. 
Similar era el famoso juego "sooooooo" lo mismo, tomabas la mayor cantidad de aire en tus pulmones en la base y salías a pillar hasta que tu aire se agotaba, si pillabas a otro camino a la base un túnel de patadas en la raja esperaban por ti. La hermandad de Chirimoyo #100 se hacía más fuerte con cada pata en el poto que recibías de tus hermanos, sin llorar era nuestra regla.
Jugamos muchas veces a escalar en los cerros de los patios de la quinta, amarrando cordeles entre piedras y árboles entrenándonos para luego rescatar nuestra pelota de futbol que se nos cayó al cauce de aguas servidas que estaba bajo el cerro de nuestra casa…

Hicimos la mejor batería del mundo con su bombo hecho por una lámpara sacada de la basura, ollas viejas y tarros de pintura, hicimos guitarras eléctricas de cartón, le sumamos un teclado y nuestra tía Erika nos dirigió con varios ensayos en la puesta musical de una canción de Soda Stereo en aquellos años para despedir a nuestra tía Ana de visita en Chile, que volvía a Suecia.

Llegado el mes de Septiembre y los días antecesores a las fiestas patrias, nuestra casa había que dejarla lo más hermosa y parecida a una ramada para la celebración familiar, a mis primos y a mí una vez se nos entregó la tarea de ir en busca de las mejores ramas de eucaliptus para decorar nuestro famoso y mal iluminado "quita penas", el quita penas era una pequeña lámpara de luz de letras rojas que nuestro Tata Aldo colgaba junto nuestra guirnalda de luces de colores afuera de la cocina de la Lela para dar alegría a cada invitado. Con mis primos nos tomábamos las cosas en serio, con un machete en mano y cordeles nos fuimos al cerro que estaba frente a nuestra casa a buscar las mejores ramas que nos pidieron. Cruzando entre árboles y pinos camino arriba nos encontramos con cajas y trozos de cartón entonces se nos ocurrió la genial idea de tirarnos cerro abajo por la pendiente, el pasto seco era ideal para la velocidad y fricción de los cartones para el improvisado juego que nos hacía botar la risa desde el alma…todo bien hasta que Alejandro paso sin frenar en velocidad, sin medir el peligro mi primo quedó colgando de un brazo agarrado de una rama que lo salvó de una caída de 12 metros a la cancha de futbol de nuestro vecino el Guaina. Sin pensar Marcelo mi primo mayor se abalanzo agarrado de otras ramas para tirarlo del brazo y revertir la situación de peligro en la que nos habíamos metido. El juego había terminado, nos devolvimos a casa, sin decir nada, muy callados, sin las ramas de eucaliptus pero con un susto y una lección aprendida.

Cuando éramos invencibles solo pensábamos en jugar, en ser los protagonistas de nuestras propias historias, fuimos payasos, músicos, indios, escaladores, clavadistas y comandos de elite, todo lo que nuestra imaginación nos hiciera soñar despiertos como aquella clásica y vieja película de cine que nunca olvidé.

Así este relato llega a su final 40 años después junto a uno de los héroes de mis viejas historias, en la madrugada de una fría noche en Santiago, mi "hermano" Marcelo con emoción en sus ojos chocamos nuestros vasos para brindar en el silencio de una larga conversación pausada por los años sin vernos, salieron solo 3 palabras de su boca conectada al corazón que pueden resumir en algo nuestra vida "fuimos muy felices"…
Al escuchar esta corta pero profunda reflexión, te das cuenta que de esos niños invencibles que fuimos solo nos quedó el eco de las risas y del tiempo valioso de haber crecido juntos. 


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