La Casa de mi tío Jorge
…"Hay lugares donde uno se queda y lugares que se quedan en uno"…Anónimo
Aquí comienza el principio, cuando con mis papás íbamos a visitar a mi tío Jorge, uno de los 8 hermanos de mi papá, mecánico de profesión, alegre y cariñoso desde mis primeros recuerdos que hoy traigo desde el pasado. Mi tío Jorge construyó una linda historia familiar junto a mi tía Luisa, se conocieron en los barrios de Portales desde que eran muy jóvenes, en aquellos años tenían a sus 2 primeros hijos mi prima Lola y el Jorge Andrés al que todos por cariño le decíamos "Jito".
Los primeros años mis tíos vivían en el cerro Placeres en la calle Irene Morales, en una casita que tenía un portón de madera que desde afuera se podía ver su patio y la perrita blanca llamada Pelusa, que era la mascota de mi prima Lola y siempre salía a recibirnos con sus fuertes ladridos, los cuales yo les tenía miedo porque creía que me mordería pero simplemente era de regalona, me gustaba ir a la casa mi tío Jorge, siempre vi feliz a mis padres compartiendo en largas conversaciones, tomándonos un té por la tarde a la hora de onces entre el sabor de un pan con jamón o un simple dulce de membrillo que mi tía Luisa con tanto cariño colocaba en su mesa.
Con mi prima Lola solo jugábamos y nos llevábamos bien aunque yo siempre fui su primo "chupete" como dice hasta el día de hoy que estamos más viejos. Siempre con ella tuve una conexión de casi una hermana sin saber lo que la vida nos tendría preparados gran parte de nuestra niñez, juventud y hoy junto a nuestros hijos que ya son grandes.
Llegada la hora de la noche mi tío Jorge siempre nos iba a dejar a la casa de mi Lela, una vez nos fue a dejar con mis papás en una camioneta en la que estaba trabajando en su reparación en la bajada del cerro Placeres mi tío me tomó en brazos pasándome el manubrio y diciéndome "ya Freddy Lorca ¡maneja tú!" fue genial sentir que estaba manejando esa tremenda camioneta por una bajada de Valparaíso de adoquines, en mi mente de niño era yo el que manejaba, la realidad que mi tío siempre tuvo el control del vehículo por seguridad, un simple juego para mi tío, hoy un gran recuerdo para mí que hoy comparto en estos escritos
Los años que después vinieron mi tío Jorge volvió a vivir a los barrios de Portales casi al final de Rodulfo Phillipi en la subida las Mercedes, había que subir hasta la mitad de una larga escalera que conectaba hasta su casita, una pequeñita casa de madera color verde agua con puerta blanca encajada cerro adentro donde teníamos que entrar por un delgado sendero de tierra donde las plantas florecidas con sus aromas y el olor a tierra húmeda bordeaban el angosto caminito para luego ser recibido por una gran higuera verde de tronco grueso al lado del patío de la casa. Aquí es donde aparece el Jito, mi primo más chico hoy hermano de la vida y la cosa se ponía mejor para nosotros porque a la casa de mi tío Jorge llegaban todos, la Iris, hija menor de Don Lucho y la Sra. Carola, llegaba el flaco Hugo con la tía Nancy y sus dos hijas Karen y Cinthya.
Estando los adultos dentro de la casa conversando un par de cerveza escuchando las entretenidas historias del flaco Hugo, los más chicos solo respirábamos a jugar, desde un juego inventado por nosotros mismos hasta "el luche" donde marcábamos en la tierra los espacios con números con una rama y el viejo frasco metálico del betún nos hacía alegrar esas viejas tardes, a las escondidas sí que costaba pillar a los escondidos entre los árboles que colindaban con otras casas vecinas empotradas entre las quebradas del viejo cerro. Por correr no faltaba el que compraba terreno cayéndose al resbalarse en lo empinado de los escalones de tierra. La Lola tenía un triciclo verde con carro de carga de ruedas blancas en donde ella llevaba a su hermano atrás, hasta que el Jito se aburria me tocaba a mí, así nos turnábamos en el pedaleo de ese viejo y bello triciclo de fierro… hacerlo andar con sus chillidos por la falta de aceite, hoy se transforman en antiguas imágenes que conectan mi niñez con la historia de mis primos en el final de la calle principal de los barrios de Portales.
Al tiempo mis tíos se fueron a vivir a la casa de la familia Arancibia con Don Lucho y la Sra. Carola, allí en la parte alta de la casa comenzaron poco a poco y lentamente a levantar su casita con esfuerzo. Me gustaba estar con mis primos, siempre me invitaron a todos sus cumpleaños que allí se celebraron en casa, inclusive grandes fiestas por la familia Arancibia, a mis padres siempre los consideraron en todo, entre matrimonios, bautizos, paseos, fiestas familiares, no es fácil describir en palabras los buenos momentos que junto a ellos pasamos. Como olvidar a Don Ricardo Arancibia interpretando su canción "otro 18 sin ti" con su guitarra, donde con pañuelo en mano le vi caer una lágrima de sus ojos, recuerdo de los años que estuvo fuera de Chile en su carrera de artista. Creo que el mejor chocolate caliente venía de la mano de la Sra. Carola entre los cumpleaños del Jito, la Iris, la Lola…hartos cabros chicos peluseando toda la tarde en los patios de aquella casa que se juntaban con el cerro trasero y la calle.
A mi tío Jorge siempre lo vi con su buzo de mecánico en los talleres de las rotonda de las 4 luces, con sus manos engrasadas de los fierros tanto trabajar reparando autos.
En las fiestas el tío era el más gracioso a la hora de bailar con sus pasos de baile y la sonrisa imborrable de mi tía Luisa.
Con la Iris cuando niños teníamos un juego nos sentábamos en la escalera de madera de la casa y nos decíamos "cara de algo", cara de manzana, cara de chala, cara de lo que se te ocurriera, podíamos estar horas matándonos de la risa hasta que su perro llamado Matute se nos ponía entre las piernas de lo regalón que era, para luego terminar con mis otros primos jugando en el segundo piso, saltando entre las camas y dejando el desorden en la pieza de su hermano el Fidel y si había que seguir jugando bajábamos hasta la curva de la calle Los Paltos, allí la tarde se desvanecía con más juegos entre la pinta y la escondida. Siempre terminábamos jugando en la casa de los abuelos de la familia Arancibia transpirados y rojos tanto correr.
Así nos vimos crecer, vi a mi primo Jorge Andrés, crecer con el "hueso Miguel" su gran y fiel amigo de tantas aventuras, deje de ver los llantos de la Claudia Andrea, la Cinthya con Karen crecieron de la mano del pelo blanco del flaco Hugo con las risas de mi tía Nancy, así junto con la Lola nos preparábamos para ir al mismo Liceo del cerro Placeres, vi las trenzas de la Iris convertirse en pelo suelto y cuando la barraca se quemó dejándolo todo en cenizas también vi el Chevrolet Chevette azul de Don Lucho convertirse en la vieja Susuki celeste, con el paso de los años la llegada de mi prima Fernanda y más tarde la Javiera le dieron a mi tío Jorge una fuerza inquebrantable a esas manos con grasa de auto para seguir luchando junto a mi tía Luisa en la pequeña casa donde sus murallas guardan el recuerdo de mi niñez junto a la de mis primos, que hoy llamo hermanos.
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