Aventuras en el Belloto Sur
"Como las ramas de un árbol, nuestra vida puede crecer en distintas direcciones, pero nuestra raíz sigue siendo una" Anónimo
Los vientos de Valparaíso se llevaron a mis abuelos paternos a vivir hasta la localidad del Belloto Sur, un cambio repentino que la familia de mi padre tuvo que afrontar al salir de los viejos barrios anclados a los pies del cerros Placeres pegados a los del cerro Esperanza donde mi papá con todos sus hermanos crecieron entre las fábricas con olor a mar. Mi abuelo Carlos, con mi abuelita María Elena con la menor de sus hijas mi tía Pamela con dos de sus hermanos Jaime y Hugo con la tía Elba fueron los primeros en irse a vivir a los interiores del Belloto comuna colindante junto a Quilpué y Villa Alemana, dejando atrás una vida en la pequeña casa de la cual recuerdo sus techos de zinc oxidados sus marcos de ventanas color verde oscuro desteñidos por el esfuerzo de mis abuelos que nunca le doblaron el brazo a la vida por sacar a 8 hijos adelante entre ellos mi papá.
La nueva casa de mis abuelitos en el Belloto Sur, fue la casa que escribió el segundo libro de nuestra familia Lorca, una casa pequeñita levantada en ladrillo princesa color rojo, junto a unos tablones blancos que delimitaban el patio, que con el pasar de los años mi abuelo Lorca le construyó una reja con muro y el famoso álamo que plantó en su entrada, árbol que por muchos años acompañó la sombra del ventanal de la entrada donde muchas veces vi a mi abuelita Nena mirar cuando íbamos a visitarla.
Para ir al Belloto Sur a visitar a mis abuelos con mis papás teníamos que tomar un bus intercomunal llamada Sol del Pacífico, bus que cruzaba el primer tramo del Viña del Mar para luego atravesar parte del sector El Olivar , Quilpué y Villa Alemana, era un viaje mediamente largo pero entretenido para mí porque de seguro en casa de los abuelos nos encontraríamos con mis otros tíos y primos. Cuando bajábamos del bus ante una cuadra de la casa mi abuelita siempre nos estaba mirando por la ventana, con su sonrisa suave y cálida de vernos llegar bien. Era inevitable no poner atención al álamo de la entrada que con sus hojas verdes siempre nos recibía junto a los ladridos del Dixie, el pequeño bola de pelos y tan querido perro de mi abuelo fiel compañero de tantas caminatas entre los pasajes de la población Villa el Sauce, la garita de los buses y una explanada de tierra al final de la calle que figuraba ser una cancha de fútbol.
Mis abuelitos siempre fueron muy cariñosos cuando íbamos a visitarlos, se ponían contentos de ver su pequeña casa con tanta gente. Mi tía Pamela nos recibía con una risa y una broma que nunca pasaba desapercibida cuando me abrazaba y con un dulce beso me decía a toda voz, "como estay mi Pepe Tapia". Mi papá a ella le decía y hasta el día de hoy a pesar de los años que no han pasado en vano la "chilindrina" con cariño, aunque antes de terminar de saludarnos mi abuelito ya había ido a comprar la famosa bebida orange crush de 1 litro que junto a la colección de pequeños vasitos de vidrio color café que mi abuelita Nena tenía alcanzaba siempre para todos los que allí estábamos y nunca éramos pocos un día sábado cualquiera.
Entre el televisor prendido y todos hablando al mismo tiempo, a mi abuelita, siempre la vi cocinando para nosotros para disfrutar un almuerzo en familia, su cazuela de pollo era nuestra preferida en sabor junto a ese rico tomate con cebolla a la chilena con cilantro que tan rico le quedaba. Al observar a mi abuelita cocinar su temple y calma lo hacía con mucho cariño le gustaba observar desde la cocina que nada faltara cuando nos sentáramos a la mesa. Mi abuelito Carlos disfrutaba estar con sus hijos y nietos desde el rincón de la mesa donde tanto le gustaba sentarse, disfrutaba el rico ají verde junto a su vaso de vino que nunca faltó para acompañar su almuerzo familiar. Ante la sobremesa ver la televisión y el clásico programa "Sábados Gigantes" eran las tardes familiares de aquellos años entre los humoristas y concursos los más grandes se entretenían…al punto que una vez mi tío Jaime el hermano de mi papá recién había llegado a sentarse a almorzar y se le olvido poner freno mano a su auto y se le fue 2 cuadras abajo por descuidado con sus condoritas salió corriendo a toda velocidad para tratar de frenarlo, toda la familia riendo y molestándolo, no se salvó del reto de mis abuelos.
Por la tarde mi tía Pamela agarraba a todo el lote de sobrinos entre ellos yo, la Lola y mis primos más chicos, nos llevaba a la plaza del Belloto a dar una vuelta eso si íbamos todos advertidos en portarnos bien y aunque la vieja plaza no tenía columpios ni balancines, nos divertíamos jugando en las aguas de acequias cazando pirigüines que veíamos en las orillas de los verdes sauces llorones de largas ramas que daban la sombra a la entretenida tarde de juegos. Era como una guardería salir con mi tía, no sé cómo lo hacía pero cuidaba de toda la manada.
Antes de volver a casa nos reclutaba a todos, nos ayudaba a limpiarnos después de haber estado jugando un par de horas entre tierra y agua con la zapatillas mojadas con barro. Mi tía Pamela es cariñosa hasta el día de hoy con nosotros sus sobrinos, por eso la recuerdo en mi cofre de recuerdos de tiempos de infancia, siempre alegre, siempre riendo fuerte. Me gustaba estar junto a ella, hacerla reír con las tonterías que yo hablaba.
La tarde al volver a casa agotados tanto jugar, nos esperaba la mesa puesta para sentarnos a tomar onces todos juntos en el pequeño comedor donde el olor a pan caliente recién comprado, con a esa rica palta con cebolla picada en cuadro que mis abuelos preparaban abrían el apetito a los últimos rayos de sol entrando por la ventana que calentaban el viejo sillón rojo de la casa.
Tengo una hermosa imagen de mi abuelito Carlos sentando en el patío con los colores de una tarde sobre su cajón de madera que el mismo hizo con sus manos donde guardaba sus herramientas junto a su radio a medio volumen escuchando el partido de su querido Santiago Wanderers, con su perro y fiel amigo, siempre en silencio, siempre esperando, siempre atento a celebrar ese triunfo que muchas veces tuvo sabor a derrota por un gol de último minuto.
Llegada la noche mis papás se devolvían a nuestra casa en Portales y yo varias veces me quedé junto a mis primos en la casa de mis abuelos a dormir, era entretenido porque antes de acostarnos me gustaba contarles chistes a mi abuelita Nena, se reía con cada tontera que yo hablaba siempre haciéndome el payaso le robe muchas risas a mi abuelita aunque ella siempre me robo un beso en la frente antes de dormir en el pequeño dormitorio con camarote de la casa del Belloto.
Ya por la mañana a primera hora al asomarme por el ventanal frente a la garita de los buses, se veían las vacas tomando lugar para comer en los pastizales del frente de la casa y a los lejos el sonido de la vieja micro azul llamada la "rompehuesos" que llevaba a los sectores altos de Quilpué, después de tomar desayuno junto a mis primos la aventura ya se hacía presente porque saldríamos junto a mi tía Pamela y nuestro abuelo a bañarnos a las pozones de agua de los humedales del sector y eso sí que era un panorama para todos nosotros porque nos íbamos caminando. Llegado al lugar el primero en entrar a esas piscinas naturales de aguas era el Dixie, el perro era lanzado por mi abuelo a dos metros de altura, nosotros lo seguíamos entre los traje de baños y short improvisados con mis primos, que importaba la idea era disfrutar, las vertientes de aguas eran solo para nosotros, junto al abuelo Carlos, riéndonos, jugando sin querer que las horas pasaran entre piqueros y saltando como bombitas éramos muy felices sin darnos cuenta.
De las muchas veces que nos quedamos en casa de mi abuelos, el panorama junto a mis primos era variado a veces agarrábamos las bicicletas y junto a mi tía Pamela partíamos pedaleando por ese largo camino de tierra entre esos viejos árboles con destino a la casa de mi tía Tina en el sector de Los Pinos, donde antes de llegar cruzando una gran piscina, nos salía a recibir nuestro primo el Kike escuchando su personal stereo con la bicicross color negra de ruedas gruesas que el tanto disfrutaba de pedalear. Visitar a mi tía Tina junto al tío Joaquín a su casa era genial siempre nos esperaban con mucho cariño junto a mis otros primos que tanto quiero y recuerdo Marlenne, Rodrigo, Jannette…con el pasar de los años Joselyn siendo la menor llegó al clan de los primos Lorca.
Fueron muchos los recuerdos junto a nuestros abuelos, tíos y primos que se escribieron en la pequeña casa del Belloto Sur, entre fines de semana, almuerzos y fotografías que quedaron detenidas en el tiempo de nuestros álbumes familiares, así como el sabor de una taza de té con la hoja de cedrón del viejo árbol plantado por mis abuelos en el pequeño patio que nos vio crecer, que nos vio reír y también llorar en el recuerdo de una maldita enfermedad que se llevó a mi tío Juan el mayor de los hermanos de mi papá, y mi tía Marisol que bajo la sombra de un terrible accidente automovilístico en la ciudad de Punta Arenas nos robó un pedazo de nuestra historia familiar…el gran legado de mis abuelitos a las generaciones venideras creo que fue mantenernos unidos tanto en el recuerdo o en ese abrazo apretado que nos gusta sentir cuando estamos juntos porque detrás hay una historia que contar, una copa de vino que levantar o simplemente estas palabras escritas que son parte de nuestras vidas, herencia de mis abuelos que hoy se transforman en un valioso tesoro llamado familia…mi familia.
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