Un Dragón en el Liceo A19 del Cerro Los Placeres
"La escuela es más que solo libros y exámenes, es donde hacemos amigos, aprendemos sobre nosotros mismos y construimos recuerdos para toda la vida" Anónimo
Y así mi mamá me inscribió para ir al Liceo A19 del cerro los Placeres, ya estaba en edad, de ir a Kínder, así que no me preguntaron si quería ir o no al colegio tenía que ir no más y la cosa se veía entretenida dado que tendría nuevos amigos. Pantalón gris de colegio, unos bototos negros como los de seguridad pero sin punta de fierro de la marca Bata, unos cuantos cuadernos, lápices de colores, temperas, pinceles, goma, tijeras y así la lista era bien larga. Me gustaba mucho el olor de las temperas y el del frasco de cola fría. Mi mochila verde de cuero era lo mejor. En los viejos álbumes de fotos creo tener una de mi primer día de clases que mi mamá me tomó en el jardín de mi Lela. Bien peinado y el uniforme que con tanto esfuerzo mis padres me habían comprado.
Y así desde el primer día de clases con mi mamá caminábamos a pie desde la casa de mis tatas hasta mi Liceo, salíamos siempre con tiempo dado que la caminata sería larga desde los pies de la rotonda de las 4 luces, subiendo por el borde de la Av. Los Placeres hasta el monumento de Diego Portales, para luego bajar orillando la Universidad Federico Santa María, hasta llegar a la calle Mafatti, la realidad es que cruzábamos medio cerro a pie y tomar la micro no era una opción mis padres no estaban para gastos extras la vida en aquellos años fue dura.
Así llegando al liceo nos recibía su larga reja metálica blanca en pintura oxidada y al fondo a la izquierda estaba mi sala y la Tía Scarlet con su delantal verde esperando en la puerta para recibirnos, nos hacía sentarnos en mesitas de 4 con pequeñas sillas de madera siempre cojas por el uso y el tarro con trozos de lápices de cera rotos que debíamos compartir al pintar con los otros compañeros. Entre las trenzas con chapes, los peinados con gomina, delantales azules y cotonas color café con leche los primeros días tratas de tantear quienes serían tus amigos a tan corta edad, por suerte yo no tenía problemas a la hora de hacer amigos, me integraba bien a quien quisiera jugar y correr por los viejos patios del liceo entre muros pintados y neumáticos enterrados en la tierra para simular un pequeño patio de juegos infantiles. No nos alejábamos mucho del patio de los más chicos, el patio grande estaba reservado para los alumnos de cursos más grandes, así que buscábamos la manera de inventar juegos. Mi primer día de clases mi mamá me esperó afuera del liceo, no se fue a casa, me esperó por varias horas, aún la recuerdo cuando salí, nos devolvimos a casa caminando juntos, ella haciéndome preguntas como había sido mi primer día y yo con ganas de que llegara mañana para volver a mi sala de clases.
Así fueron pasando los meses, más adaptado a la rutina ya tenía un grupo de amigos con el pasar del año los vas conociendo a cada uno. Llegada la hora de la colación sacábamos de nuestras mochilas lo que de casa nos mandaban, en mi caso al colegio yo iba en la tarde y por la hora almorzaba en casa, mi colación era una frutita, jugo o un pancito con lo que hubiese en casa que muchas veces fue solo margarina, a veces una rodada de fiambre o a veces fue solo aceite con limón cuando hubo días complejos, el manjar y el dulce de membrillo eran mis preferidos. Varios de mis amigos, no llevaban colación, algunos hacían filas en el galpón del liceo para poder almorzar donde estaban las cocinas, fueron muchas ocasiones que los acompañé hacer la fila con su bandeja color celeste, con los años entendí que muchos de mis amigos venían de familias con menos recursos que la mía, no teníamos distinción ni diferencias tuve grandes amigos…Fabián, Cristián, Robertito, Vanesa, Sandra, Romina, Sarita y Lucila la niña que no sabía hablar y que muchos se reían de su condición pero que con el tiempo se transformó en mi mejor amiga, la mejor y más fiel de todas, tanto así que hasta un par de combos le puso al más matón del curso a la hora de apañar en más de algún conflicto. Cada amigo una historia aun así hoy los recuerdo con mucha nostalgia que será de sus vidas y sus sueños.
Estando en kínder A había que hacer una presentación frente a toda la comunidad del colegio un "acto" como se le decía. Durante parte del año en la asignatura música, habíamos aprendido muchas canciones infantiles y a nuestra tía se le ocurrió que debíamos hacer la canción del "Dragón llamado Ramón" y cuando preguntó quién quería ser el dragón…yo sin dudarlo levanté mi mano sentenciando por varios meses a mi mamá en la creación de un traje corpóreo que asemejara lo más posible a un dragón con su "cola verde limón" como decía la canción. Cuando salí de clases y mi mamá me estaba esperando en la salida, le conté que tendría que actuar, bailar y cantar la canción del dragón y necesitaba un traje de dragón…al escuchar lo que estaba saliendo de mi boca la cara de mi mamá nunca la olvidé…se tragó el fuego y supe que me haría un traje y que sería el mejor de todos los trajes de dragones del mundo. Mi mamá siempre tuvo talento para las costuras, el diseño y las máquinas de coser. Apoyada con las opiniones de mi tía Elba, logró hacerme el traje color verde donde yo debía entrar con cuerpo completo, para luego colocarme la cabeza, las manos y patas.
El día más esperado había llegado, la comunidad escolar del liceo se hacía presente el día de actividades donde los distintos cursos debía mostrar sus presentaciones frente a todos…ahí estaba yo vestido de dragón y mis compañeros vestidos de casas, árboles y los que no se habían disfrazado eran los que debían cantar la canción. Sarita mi amiga en su actuación me agarraba a escobazos fuerte y firme, entre la adrenalina el nerviosismo de mi primera actuación frente a un público que no era mi familia, las risas y los aplausos al terminar todo indicaba que había salido muy bien nuestra actuación. Con mi visión reducida dado que las cabeza del dragón solo me dejaba ver por la boca entre los dientes puntiagudos que mi mamá hizo con plástico, yo solo escuchaba aplausos y felicitaciones de las personas asistentes, de mis compañeros pero lo que más recuerdo fue el abrazo de mi mamá con su cara de felicidad y que todo su esfuerzo había valido la pena, todos preguntaban quién había hecho el traje verde de dragón con cola verde limón…yo inflando el pecho decía mi mamá.
Como me había gustado el aplauso antes de final de año levanté nuevamente la mano voluntariamente para cantar frente al colegio a capela, solo con un micrófono la canción de "los países hermanos" semanas después se enteró mi mamá, yo no le había contado.
Así pasé a primero básico y el cambio fue rotundo, me toco una profesora jefe muy estricta a la hora de educar en aquellos años la famosa señorita Carmen M. una mujer de rostro duro, pelo corto, delantal color calipso, ceño fruncido y una mirada que te dejaba sin respiración si no obedecías las órdenes. La educación de los años 80, había heredado la rigurosidad, el golpe y el grito como método de entendimiento…había que ser obediente, disciplinado y silencioso en clases para no llevarte la peor parte…tirones de orejas, de patillas, mechoneo y cachetadas me toco ver a mis compañeros recibir sin describir cuanto recibió el compañero más problemático del curso se llamaba Pablo L. esta forma de educar estaba avalada sin cuestionamiento por nuestros padres, yo tuve suerte. Era mejor ver a mi profesora fumar mientras tratabas de aprender a leer, eso la mantenía en calma, pero si te pillaba copiando en la prueba era un riesgo que nadie quería conocer. Logré aguantar otro año más, pasando a segundo básico y como por cosas del destino mi prima la Lola entró al mismo liceo dos cursos más arriba, así chicos nos íbamos juntos solos al colegio, nos juntábamos a la bajada de la escala del chirimoyo y la travesía comenzaba cuando se nos pasaba la micro 11 que venía desde Viña del Mar, la maldita micro pasaba cada 30 minutos, siempre se nos pasaba, eso significaba caminar cerro arriba a patitas por el cerro Placeres, entre que arreglábamos el mundo conversando y la transpiración tanto caminar lográbamos llegar justo al campanazo de entrada, los días de invierno mejor no contar, fueron duros para mi prima y yo.
Buscando caminos en mis primeros años de liceo de cerro, me gustaban las manualidades y me inscribí en el taller de madera, me inscribí en talleres de mantención de jardines, me inscribí para desfilar junto a la banda de guerra de mi liceo en días que se celebraban las glorias navales en Valparaíso en la plaza principal de Placeres. De nuevo levanté la mano voluntariamente para actuar y representar junto a mi compañera Vanesa en el mes de fiestas patrias la canción "El Curanto" de Isabel Parra, y por cosas del destino de nuevo me agarraban a escobazos en la interpretación de mi personaje como el hombre flojo, con ropas simples de aspectos chilotes mi mamá me logró armar el vestuario, mis otros compañeros eran pescadores, tejedoras de red y botes, con los años esa vieja foto quedó guardada en álbum de mi infancia pasada, foto que mi mamá me tomó y guardó junto a otras fotos de mis tontas actuaciones escolares.
Hace algunos años ya adulto con mi familia nos fuimos a veranear a Valparaíso a la casa de mi tío Jorge y por alguna razón una mañana muy temprano que salí a fechar los pasajes de Bus para nuestro regreso a Santiago, tomé un colectivo en la Av. Argentina que me dejó en el cerro placeres. Me bajé con la idea de llegar a casa, pero la curiosidad fue más grande y comencé a caminar para ver mi viejo Liceo A19, que ahora después de 40 años sin saberlo se llamaba Colegio Hernán Olguín en memoria al periodista que nos mostró una mirada del futuro en sus famosos programas de Tv…pero el futuro no había cambiado la fachada de mi liceo, ni sus colores ni su reja oxidada, su patio principal, con el galpón de las cocinas y el edificio cuyo segundo piso fue mi sala de clases, en rápidas imágenes que volvieron a mi mente logré ver a mis viejos amigos, se aparecieron los recuerdos donde me vi correr junto a ellos, con mi cotona café, jugando a las bolitas en el patio de tierra, junto a mis compañeros pegándole con la palma de mi mano al suelo a las láminas repetidas de un álbum para darlas vueltas junto con los sonidos de la campana que me invitaban volver a ponerme el traje de dragón con cola verde limón de mi primera actuación y del primer aplauso que marcó un sendero en mi vida de artista.
Me fui a casa por el mismo camino que hacía cuando niño al salir del liceo pensando en aquellos recuerdos de viejas imágenes guardadas en un rincón de mi memoria que los años de adulto no pudieron borrar como el abrazo de mi madre al salir ese primer día del clases.
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