Luciérnagas en Olmué

 "Cuando sufres oblígate a recordar un momento alegre. Una sola luciérnaga es el fin de la oscuridad" Alejandro Jodorowsky

Al finalizar mi tercero básico en el liceo ubicado en el cerro Los Placeres mis padres me cambiaron al centro de Valparaíso al colegio San Ignacio de Loyola, ubicado en Av. Pedro Montt esquina Eusebio Lillo, colegio católico vinculado en sus bases educacionales a la congregación de los jesuitas, colegio de hombres y con un sistema educacional que mi mamá llamaba "personalizado". Recuerdo que desde el primer día de clases me entregaban guías, guías y más guías que en distintas carpetas de colores según la asignatura yo debía archivar. Al final del día de clases esas carpetas quedaban guardadas en los casilleros que cada uno tenía, mi número de casillero era el 21, al menos eso era lo que yo pensaba y hasta lo encontraba entretenido andar con solo 1 cuaderno, me parecía fantástico que nunca llevaba tareas ni materias para estudiar en casa. Lo que nadie me había explicado de ese sistema personalizado de educación las carpetas debían ir conmigo a casa para estudiar, mi mamá me preguntaba si tenía algo que estudiar y yo siempre decía "NO". Desde el día uno me fue muy mal en mi cuarto básico, la sufrí, la pase mal, mi profesora jefe llamada Silvia gastó su lápiz rojo a pasta poniéndome bajas notas. Me sentía tonto, estaba acostumbrado a la explicación tradicional de la pizarra. No sabía, no entendía, por otro lado en casa mi mamá me preguntaba cómo me había ido yo siempre decía "bien"…hasta que había reunión de apodaros.

Descubrí la lectura aunque al principio no me gustaba leer…mi primer libro se llamó Papelucho Historiador de Marcela Paz, hice todos los esfuerzos por terminarlo, el destino ya estaba escrito en color rojo, me fue mal y así se me vino una colección de Papeluchos por leer Papelucho y el Marciano, Papelucho y mi Hermana Ji y tantos otros, aunque poco a poco me fui encantando con la lectura hasta que me saqué  una nota azul en el ramo de castellano, fue genial ¡¡ tenía prueba de matemáticas, yo solo colocaba mi nombre, bajaba al patio del colegio muchas veces callado y sin ganas de jugar.

Fue aquí cuando una vez en el patio del colegio vi a un grupo de niños riendo y bailando juegos entretenidos con camisas, jeans y pañoletas amarillas en los cuellos, con insignias de lobos en sus brazos y cordeles amarrados en sus pantalones cuando quise ser boy scout. Así que pregunté a los guías que tenía que hacer para unirme al grupo y el guía me dijo venir todos los sábados por la mañana, con ganas de pasarla bien y estar siempre listo ¡¡

El primer día sábado que fui al grupo scout, me recibió un joven que se presentó dándome la bienvenida, se hizo llamar Baloo, me entregó un pañuelo amarillo y me envío a hablar con Bagheera la guía jefa encargada del grupo completo. Desde que llegué me quedaba pensando porque los guías tenían esos nombre tan raros sin saber hasta que me explicaron que por tradición  llevaban los nombres de los personajes de ficción del Libro de la selva del escritor inglés nacido en la india Rudyard Kipling. Fue en ese momento que me enfilaron en el grupo de los más pequeños mi pelotón se llamaban los "pie tierno" éramos los más chicos divididos en grupos de seis niños. Me dieron la bienvenida entre aplausos y cantos, y mi pañoleta amarilla fue amarrada en mi cuello por la propia Bagheera.

Todos los sábados puntualmente iba a mi grupo scout, era lo que más me gustaba, ya poco me importaban las materias y las asignaturas, me sentía a gusto con esta actividad donde aprendíamos otras cosas que para mí eran más importantes que el sujeto, el predicado y una multiplicación. Las actividades que realizábamos eran juegos, cantos y labores en beneficio de gente más necesitada, entre completadas y rifas juntábamos dineros para nuestro futuro campamento que se llevaría a cabo a fin de año. 

El año escolar pasó muy rápido y me tocó decirles a mis padres que me iría de campamento con el grupo scout y yo solo tenía las ganas porque no tenía ningún implemento para ir a campar, el lugar sería Olmué a los pies del cerro La Campana. Mi papá levantó las alertas como cualquier padre en preocupación de ser tan chico con 9 años para sentir que me alejaba de casa, aun así mis papás me apoyaron. Me compraron 1 saco de dormir, 1 cantimplora y una mochila de lona con correas de cuero y fierro en la tienda Suelería el Condor de Valparaíso.

Yo feliz, con entusiasmo contaba las horas, los días para irme de campamento junto a mis amigos, la ansiedad de que llegara pronto el gran día…pero dos semanas antes me dio una "tortícolis aguda" que me dejó chueco desde el cuello hasta mi espalda, buena suerte la mía que me llevaron al médico y este me mandó hacer exámenes, estos arrojaron que yo estaba averiado donde me encontraron una escoliosis lumbar provocada porque tenía una pierna más corta que otra. No podría cargar peso, y por ende la idea de ir a campar se venía abajo. Tristeza sentía por lo que tanto me había comprometido, pena, tenía rabia de mi mala suerte.

A los pocos días que anteceden a mi viaje más esperado, mis padres me dejaron ir y firmaron la solicitud de permiso…yo estaba feliz, era el mejor día de mi vida, iría a campar junto a mis amigos.

Llegado el día más esperado antes de finalizar el año escolar, mi grupo scout se reunió junto a los guías responsables de nosotros en las afuera del colegio, era un lote grande de muchos niños, entre carpas, mochilas y sacos de dormir, junto a un grupo de papás con caras de preocupados. Yo no podía cargar peso en mi espalda, pero el gesto de un buen amigo llamado Rodrigo B. me ofreció llevar mi mochila hasta la estación del tren ubicada a los pies del cerro Barón. Caminábamos en filas ordenadamente como buen pelotón…recuerdo que al igual que muchos niños mi madre caminó junto a mi para despedirme en la estación. La felicidad era al límite ver venir esa gigantesca máquina de fierro con ruedas de acero desde la estación puerto, trenes grandes conocidos en su época como automotores que hacían sonar su ronca bocina antes de detenerse con el chirrido de los rieles al frenar. Cuando abrió sus puerta, el vagón se llenó por completo entre la cantidad de niños que éramos y la cantidad de cosas que llevábamos, habríamos las ventanas del tren para decirle adiós a nuestras familias que con cara de preocupación nos miraban cuando el tren partió, mi mamá me tiró un beso y la aventura recién comenzaba. 

Sentado en la ventana junto a mis amigos, sentíamos los movimientos con los sonidos de los fierros y la velocidad del tren frente al mar, el viento te pegaba en la cara. Con felicidad partía nuestro viaje, el día por el que tanto habíamos trabajado había llegado. Entre cantos y juegos arriba del vagón nadie pasaba penas, entre la alegría y las risas nos dirigíamos con destino a Quillota para bajarnos donde nos esperaban los buses que nos llevarían a la cercana localidad de Olmué…la vegetación, los colores verde, los amarillos intensos de los aromos floreciendo entre los cerros, junto al azul del cielo precordillerano fueron la fotografía perfecta del recuerdo que hoy escribo. Era hermoso observar donde andábamos metidos junto a otros niños de mi edad con los guías con nombres de pantera y oso muy queridos por nosotros, ya que no enseñaban valores, actitud para ser mejores personas, eso no se medía en notas, se felicitaba en público y se corregía en privado con códigos internos de un grupo scout, transformando una equivocación en una oportunidad de crecimiento personal.

Llegando al club de campo a los pies del cerro la campana, la primera formación sería para recibir las instrucciones del cuidado del lugar y su naturaleza, allí nadie podía fallar estábamos muy advertidos. El pelotón de lobatos junto a sus gritos y arengas se alistaban para dirigirse a su sector e instalar sus carpas y lonas que serían en gran parte el refugio para todos nosotros. Al lado de ellos un sector de cabañas de madera nos esperaban al grupo de los "pie tierno", los más chicos del batallón allí andaba yo metido en todas partes ayudando al que necesitara. Elegí mi camarote deje mi mochila y a reunir leña porque los estómagos ya empezaban a cantar las ganas de comer, se alistaban los fondos con agua caliente entre los fogones para hacer hervir una tonelada de fideos con salsa para un grupo de 50 niños.

Una vez instalados ya estábamos llenos de actividades programadas y había arto trabajo repartido entre todos, debíamos siempre mantener muy limpio los lugares, acopiar leña, lavar los platos, la búsqueda de agua, las carpas y cabañas bien ordenadas, los baños tenían que brillar para luego en la tarde salir de excursión por los senderos más cercanos del cerro. Si las tareas asignadas no se cumplían el jefe de cada grupo era responsable, y él se llevaba la peor parte con el famoso "huevito a la cachetín" esto significaba que te pasaban un huevo tenías que ponerlo dentro de tu calzoncillo y con una patada en el poto el guía jefe te lo reventaba frente a todo el pelotón. Entre risas y buena onda te mandaban a bañar para cambiarte ropa. 

Al salir de excursión siempre caminando y cantando a paso lento disfrutábamos cada momento del día entre las vistas y paisajes que la bella naturaleza nos regalaba. Aprendíamos entre el silencio del bosque a escuchar los hermosos sonidos y cantos de las aves sobre los gigantes árboles, los sonidos del agua de los canales que bajaban desde el cerro, aguas limpias y vertientes naturales donde llenábamos nuestras cantimploras para disfrutar su sabor que era muy distinta al agua de ciudad. 

Así pasaron los días entre actividades y juegos, es aquí donde viene la mejor parte de esta historia. Un día antes de venirnos en la noche nos reunieron junto al bosque y matorrales en la extensión más grande del club de campo que colindaba junto a una gran quebrada del famoso cerro La Campana se preparaba el último de los juegos grupales que marcaría el final de nuestro campamento y los reclutas que destaquen serían condecorados en la "ceremonia del fuego" que se llevaría a cabo antes de finalizar nuestro año escolar y tenía por objetivo premiar en grados e insignias la destacada labor dentro del grupo scout. Nuestra última noche en los bosques de la precordillera y el juego consistía en que los lobatos tendrían que pillar a nosotros los más chicos del grupo de los "pie tierno" cada grupo con sus guía. La única regla era que nosotros los más chicos deberíamos escondernos donde fuera para no ser pillados en la oscuridad del bosque y tratar de resistir el mayor tiempo en los escondites que eligiéramos para así poder ganar. A mi grupo nos dieron 10 minutos de reloj en ventaja sobre los lobatos para arrancar y correr a nuestros escondites antes que la cacería humana comenzara. El equipo rival tenía 30 minutos para pillarnos a todos.

Cuando en el silencio de la noche el silbato sonó, arrancamos junto a uno de mis amigos, el mismo que me ayudó a llevar mi mochila pesada corrimos por un tramo plano del bosque hasta una quebrada entre matorrales, sin linternas y en el silencio, a lo lejos escuchábamos como el grupo de los lobatos nos buscaban por cada rincón del bosque con su única ventaja que era la luz de la luna en los cielos limpios y estrellados de Olmué. Algunos de nuestros amigos ya habían sido descubiertos durante el juego, nosotros seguíamos agachados, camuflados entre la oscuridad que nos rodeaba, Rodrigo B. mi amigo sin querer empujo medio tronco árbol por la pequeña pendiente cayó 3 metros abajo rodando y golpeando unos robustos matorrales con ramas, fue en ese momento cuando aparecieron de la nada en la oscuridad cientos y cientos de pequeñas lucecitas que se elevaron lentamente frente a nuestros ojos en medio de las más absoluta oscuridad, con mi amigo nos pusimos de pie con la cara de asombro sin saber que teníamos frente a nuestros ojos un enjambre de luciérnagas. El niño lobato que nos vio entre las ramas ya no le importó que nos había encontrado, con un fuerte grito en medio del bosque dijo "vengan todos, hay luciérnagas…vengan a ver las luciérnagas ¡¡¡ en pocos segundos llegaron nuestros jefes guías y todo el grupo junto a nosotros en la parte de la quebrada de nuestro escondite. En medio circulo todos con la boca abierta y sin creer lo que nuestros ojos veían, algunas de ellas se acercaban hasta nosotros sin dejarse tocar era realmente hermoso, el juego había terminado, ya no había oscuridad entre ramas, y cada miembro del grupo tenía en su cara una mirada y una sonrisa dibujada por los seres de un bosque mágico que solo los cuentos pueden relatar. Con el sonido del silencio y el canto de los grillos, la noche había terminado de la mejor manera para nuestro grupo scout. Poco a poco esos pequeños seres de luz fueron desapareciendo y nosotros nos fuimos al campamento con la emoción de que éramos los mejores exploradores del mundo.

La mañana siguiente muy temprano nos levantamos, con nuestras mochilas listas para regresar en el tren que nos llevaría a Valparaíso y donde nuestras familias nos estarían esperando para contarles nuestras aventuras del campamento. La pasamos tan bien, creo no haberme cambiado calzoncillos en 5 días, la que se dio cuenta fue mi mamá cuando desarmó mi mochila y llegué con la mitad de la ropa limpia.

El sábado siguiente se programó la ceremonia scout más importante, la búsqueda de la "flor de fuego" para hacer el bien, un fogón de 3 metros de altura en la noche en medio del patio del colegio, un rito ceremonial de cantos donde nosotros lo más chicos recibiríamos la insignia de Lobato y nuestro nuevo báculo de madera heredado de los scout más grandes donde algunos también hacían su retiro.

Los jefes guías de mi grupo Bagheera y Baloo, pusieron mi nueva insignia en mis manos, sentí que lo había logrado, sentí que todo había valido la pena, el esfuerzo, los amigos, lo aprendido, aun sabiendo que el año venidero no podría seguir junto a mi grupo scout porque me cambiarían de colegio, ese año casi repetí de curso por mis bajas notas, mis padres ya me lo habían comunicado. 

Fue así que al finalizar la ceremonia, guardé mi insignia de lobo en los bolsillos de mi jeans azul, mi pañoleta y mi cordel con el nudo más apretado...


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