El Inventario de Mis Equivocaciones

"Vivir de prisa para romper las reglas, me dieron libertad y rebeldía juvenil…al final me demoré lo mismo en entender mis equivocaciones"


Al mirar una bella fotografía de mi familia puesta en el escritorio de donde hoy escribo, me pregunto qué tan bueno sea escribir esta memoria, pero que puedo hacer si son parte de mi vida, capítulos de mi juventud, historias que guardé bajo muchas llaves porque la verdad no debería sentirme orgulloso de las estupideces de mi juventud cuando crees tener el mundo en las manos en una etapa donde ni siquiera sabes donde tienes la cabeza.
En aquellos años sin leyes a los 14 años ya podía comprarme mis cigarrillos, le había pedido permiso a mis padres para fumar por esa razón había que juntar sus monedas para ir por esa cajetilla que mis papás no me comprarían porque ya me lo habían advertido, y si ya tenía el permiso de ellos para prender un cigarro, bueno también lo tuve para tomarme una cerveza junto a mi padre. Bienvenida adolescencia porque ya me sentía grande, había aparecido mi carácter de mierda, ya contestaba no de la mejor manera a mi mamá, abriendo caminos para conocer nuevos amigos, la búsqueda de mi identidad se paraba frente a mí, bien o mal no lo sé, así funciona la vida. 
A mis jeans ya les había metido tijera para romperlos y sin darme cuanta mi oreja ya tenía un pequeño aro que me había regalado mi abuela a quién yo le decía Lela…usar aro en los años noventa atraía las miradas dudosas si eras "maricón", fueron tiempos de cambios que a mí me tocó vivir, y así les pedí un regalo a mis padres para mis 15 años, unas botas vaqueras con puntas metálicas que aún guardo…solo faltaba algo para ser el "chico malo" que llegó de Valparaíso a Santiago…un tatuaje, permiso que tuve que obtener bajo la firma de mis papás por ser menor de edad…locura que arrastró a mi viejo acompañarme hasta la comuna de Providencia a rayar mi brazo…ahora sí, me sentía completo, ahora si era yo…
Nunca me pregunté ni quise saber que sentían mis padres, tal vez sea ahora que estoy en la mitad de mi vida y ellos más viejos saber que opinaban o más bien saber que sentían al ver tan cambiado a ese único hijo que ellos habían tenido en mente…no lo sé.
Entre fiestas, amigos y un poco de alcohol ya empiezas a volverte un poco loco, a ponerte estúpido sin saberlo, al gritarle al cielo que eres libre, que deseas vivir sin freno, te sientes imparable…
Mis amigos de Santiago en su mayoría compañeros de curso de mi colegio ya estaban en sintonía con los cambios que sucedían a nuestra edad, en lo personal a lo que a mí respecta venía de un acontecimiento personal de rebelarme contra mi fe, así es que el camino ya estaba libre para sentir que podía hacer lo que yo quisiera, las normas del colegio ya me tenían agotado, frustrado de tantas reglas obligadas, habían asignaturas que me gustaba estudiar, otras que las encontraba una soberana mierda, me gustaba leer, la filosofía, las artes y la música. Así comienzas a integrarte a tus grupos naturales de amigos, los más desordenados eran la mejor opción para pasarla bien en un lugar donde la supervivencia en un colegio de hombres era una línea delgada entre los más fuertes contra lo más débiles.
Si bien es cierto en aquellos años de enseñanza media molestar a un compañero era visto como algo normal, el error fue participar de forma indirecta a la hora de reírte, de hacer una mala broma…hoy digo mala broma porque con los años entiendes que lo que pudo haber sido divertido para ti, quizás para la otra persona nunca lo fue…y no es algo de lo que deba profundizar porque muchas veces hicimos estupideces….como aquel carrete donde una vez nos juntamos porque un compañero prestó la casa mientras sus padres no estaban, entre la música, las cervezas, el cigarrillo las botellas de alcohol bajaban muy rápidas, el más respetado era "el que más bebía y que menos se curaba"…tonta creencia popular de juventud hasta que dos compañeros se desafían a beber un maldito trago llamado "cucaracha" (licor de café con tequila en partes iguales) el punto de inflexión de este tonto desafío era que ese trago se flamea (se enciende) mientras lo bebes con una bombilla, nunca olvidé como uno de mis amigos cayó desplomado producto de la misma combustión de beber esa mierda mientras estaba prendido…literalmente un coma etílico que dejó a uno de los desafiantes completamente inconsciente… tuvimos suerte que ese juego no terminó en algo que tal vez hoy no quisiera recordar ni escribir.
Me gustaba en los veranos irme a Valparaíso a ver a mis primos, siempre me gustó el mar desde niño, nunca le tuve miedo, mi madre se enfermaba de los nervios, era el motivo por el cual ella no me llevaba a la playa, le daba dolor de cabeza porque jugaba a desafiar las rompientes de las olas…y si así era cuando estaba chico entonces cuando estaba con casi 16 años junto a mis primos el sabor al peligro era mayor. Tardes completas en la playa Portales esperando las mejores y grandes olas del mar para ir en busca de su "reventada", porque de entrada nuestra playa siempre tuvo bandera roja, gran parte de los vientos de la V región azotan en la bahía que une Valparaíso con Viña del Mar, allí estábamos nosotros siempre atentos a la llegada de las olas más grandes las cuales llamábamos "tumbos" cuando el mar estaba picado, corríamos para lanzarnos por debajo de esa gigante masa de agua que reventaba con fuerza. Sentir esas toneladas de agua cuando estás sumergido debajo, tus oídos escuchan el sonido retumbante, nunca nos pasó nada afortunadamente, no temerle al mar no es bueno, me toco ver gente ahogada y salvavidas arriesgando sus vidas por gente como yo, al menos hoy puedo verlo con más claridad al observar el mar cuando estoy frente a él con respeto con ese miedo que no le tuve cuando fui joven…
Entre las gradas del estadio Italiano en el cerro Esperanza, me tome varios vinitos junto a mi primo Marcelo G. y el grupo de amigos que tenían, entre los cigarrillos, las risas también me fumé un volador, de esos buenos que te dejan cagándote de la risa un largo rato…pero la entretención aún no comenzaba, la cosa se ponía buena cuando subimos las torres de luz del estadio, sin pensar, sin medir el peligro, nos pusimos a lanzar avioncitos de papel para ver quien llegaba más lejos, pues sí, habíamos llegado muy lejos haciendo tal estupidez…porque ser joven tiene un riesgo, nosotros habíamos cruzado esa delgada línea. Tuvimos que salir arrancando esa noche del estadio saltando las panderetas que daban hacia la calle, el nochero con sus perros nos había visto y de seguro los carabineros ya venían en camino, la oscuridad de la noche entre las calles de nuestro cerro desaparecimos…agitados, sabiendo que la estábamos cagando, sin medir consecuencias, nos fuimos a un mirador del cerro, allí entre los últimos cigarrillos que nos quedaban, la noche se sentía frente al mar un poco más amenazante que de costumbre.
Mi primer viaje fuera del país fue Brasil, mi gran recordada gira de estudios junto a mis desordenados compañeros del colegio en tercero medio, 45 primates que salían de su jaula a empaparnos de un viaje que jamás olvidaríamos como grupo. Nuestros padres siempre apañando en irnos a dejar al aeropuerto con la preocupación que nada nos pasara porque nos alejaríamos de casa varios kilómetros, todos con la emoción de ver partir el avión que nos llevaría a una gira pedagógica, un viaje educativo cuyo objetivo era complementar el aprendizaje en el aula mediante las experiencias de visitar el amazonas en las Cataratas de Iguazú, ciudad Camboriu, Blumenau, el Hito de Las Tres Fronteras, Ciudad del Este y la tan recordada isla de Florianópolis, porque fue aquí donde nos portamos bien mal hoy que lo recuerdo. Apenas pisamos tierra y nos subieron al bus para este largo viaje, la botella de wisky que habíamos comprado en el aeropuerto la bajamos como nuestro primer aperitivo educacional. 
En las arenas blancas de aguas tibias de la Isla Florianópolis, habíamos comprado un paquetito de Macoña (marihuana) para relajarnos en las habitaciones del hotel, con la maldad de bebernos unos vodka naranja que eran los preferidos de nuestro compañero argentino Roberto,  y con varias botellas de licor de caña para la preparación de unas cuantas caipiriñas de la mano de nuestro amigo Juan Pedro que era brasilero de verdad, nacido y criado en el "país más lindo du mundo", esas caipiriñas nunca nadie las olvidó. Unos días antes le habíamos comentado a nuestro profesor jefe la posibilidad de salir a divertirnos a bailar acompañado junto al otro encargado de nosotros. Posibilidad que nuestro profesor dijo sí como respuesta. Entre la rebeldía y las hormonas juveniles después de beber en la pieza del hotel, se nos ocurrió hacerle una broma al compañero argentino que estaba dispuesto a probarlo todo para disfrutar de su libertad, pusimos en la mesa unas delgadas líneas blancas, nuestro rockero amigo se lanzó desenfrenado sin miedo a la muerte a aspirar por su nariz esas líneas de sustancia prohibida…lo que no sabía nuestro gran amigo que eso era "azúcar flor" y que lo estaba mirando nuestro profesor jefe, nos cagamos de la risa al ver su rostro de miedo cuando nuestros amigo ve al profesor frente a sus ojos que lo estaba mirando. 
Al siguiente día para pasarla bien había que ir a una discoteca como le llamábamos en esos años. Fuimos 12 compañeros los elegidos para el sacrificio de salir de fiesta a una noche loca. Afuera del hotel nos esperaban 3 autos, pero la mala suerte el local para ir a bailar estaba cerrado y nuestro amigo brasilero Juan Pedro no supo explicar el siguiente destino, los taxis le metieron calle… nos llevaron a un oscuro dudoso y lejano lugar escondido. Al bajarnos pagamos la carrera a los conductores nos percatamos que la entrada de esta casa tenía un letrero de luz roja neón iluminada que decía "PIOVA". Nadie decía nada porque los doce hombrecitos de 17 años sin saber habíamos llegado a un prostíbulo, nos dimos cuanta al cruzar la puerta de entrada cuando las trabajadoras de la noche aplaudieron todas juntas al ver la carne fresca que había llegado desde Chile…entre la música, el humo del cigarrillo, el acoso de las mujeres fue sin previo aviso, a mis compañeros los tocaron, los acariciaban, tocándoles sus entrepiernas y cabellos, algunas se sentadas en sus piernas cariñosamente…jajaja nos sentamos todos juntos en una mesa, asustados, confundidos y cagados de miedo, ya no éramos los machitos que querían pasarla bien, éramos simple pendejos que se preguntaban que mierda hacemos aquí y en el problema que nos habíamos metido…la unión hace la fuerza como dice la frase, juntamos entre todos unos dólares y pagamos para que una hermosa mujer bailara en nuestra mesa, al menos para irnos con el gusto de solo haber mirado a una hermosa mujer desnuda de la alocada noche de la isla de Brasil. 
Entre algunas cervezas nos devolvimos al hotel en la madrugada, en silencio, cada uno a sus piezas. Nos prometimos que nuestro colegio y nuestros padres no podrían enterarse, había mucho en riesgo, entre ellos los dos adultos responsables de nuestra gira de estudios, uno de ellos nuestro profesor jefe al que tanto recordaremos con cariño por el resto de nuestras vidas. 
A la localidad de Chanco en la provincia de Cauquenes, viajamos junto a mi familia a conocer unos familiares de mi tío Patricio el carabinero, siempre recuerdo el olor a pan amasado que su madre preparaba desde las 4 de la mañana junto al brasero con el fuego que siempre tuvo la tetera de agua caliente para tomarnos un rico té desde que el sol entraba por la ventana de aquella antigua casa, la pasábamos muy bien porque la gente de la tierra es buena de corazón, alegre porque viven la vida con alegría…entre los zancudos y rancheras guitarreadas a un sobrino de mi tío con el grupo de los más jóvenes se nos ocurre ir a acampar, el resto del familión se quedaría en casa. Para la improvisada idea no teníamos nada, solo las ganas de una aventura, llevaríamos unos frazadas para taparnos, unas botellas de agua potable, unas bebidas, un par de botellas de pisco, pan amasado, una olla y una gallina amarrada de plumas blancas viva pal mastique. Con mis nuevos amigos tuvimos que atravesar un gigante bosque de pinos, caminamos casi 3 kilómetros junto a la pobre gallina que llevamos amarrada con un cordel, hasta llegar a la playa que se unía junto a los árboles con sus troncos enterrados en las arenas, fotografía del paisaje que me indicaba hasta donde en algún momento el mar había llegado sobre las loma de arena. Al llegar, nos instalamos repartiendo las tareas, yo estaba encargado de reunir mucha leña para un fuego que nos acompañaría toda la noche, logré juntar una enorme cantidad de palos secos y cortezas de pino. Yo ya había prendido el fuego, otros ya preparaban los vasos de piscola sin hielo para la celebración de nuestro improvisado campamento, teníamos que afirmar nuestros estómagos antes de beber, la hermana de mi tío preparó unos pan amasados y transformó a la pobre gallina en un consomé, la comimos con tanta hambre que ni la dureza de su carne y sus flacos huesos quedaron. Entre la música de una pequeña radio, unas rancheras, los cigarrillos y las piscolas sin hielo me curé bien raja ¡¡ Yo no le tenía miedo al mar así es que no encontré nada mejor para divertirme que ir desafiar las olas del mar a las 2 de la madrugada, las olas estaban grandes, fuertes y bravas…me tiré a varias para desafiarlas. El sobrino de mi tío no lo podía creer, tal acto de locura humana…ese era yo, quería sentirme libre gritándole a las estrellas de ese oscuro cielo…esta es mi vida, aquí estoy disfrutando sin miedo a nada.
Me salí del mar para secarme junto al fuego que habíamos hecho en nuestro camping, le metimos tanta leña que se transformó en un fogón de 3 metros de altura…el trago nos había hecho olvidar que estábamos en un espeso bosque de pinos, si no provocamos un incendio de tal magnitud y no me había ahogado en el mar…es porque alguien te da una oportunidad para darte cuenta que cuando eres joven equivocarte es tomar la curva equivocada, ahora que lo pienso podría haber sido una vuelta sin regreso.
Mi última gran cagada fue pasar mi cuarto medio condicional, mi último año escolar estaba amenazado por la máxima autoridad de mi colegio. La había cagado hasta el fondo. En el último retiro, en las jornadas grupales de Punta de Tralca, con mi mejor amigo y compañero de habitación Juan P.P nos tomamos hasta el agua de los baños, entre el pisco y las botellas de ron compartidas junto a otros compañeros que alcanzaron a escapar de nuestra habitación cuando en la noche un inspector pasó revisando las habitaciones, nosotros tuvimos que ser los que pusimos el pecho a esas balas…el subdirector del colegio al que llamaban "el charro" por su intimidante bigote mexicano nos pilló que estábamos bebidos y bien pasados cuando miraron que las botellas ya no quedaba nada, nos iban a expulsar de forma inmediata, sin derecho a una explicación porque no lo había. Terminada la jornada el día viernes volvimos a Santiago en los buses del colegio, pero el lunes tuve que ir con mis padres, la dirección del colegio los habían mandado a llamar para una reunión en la oficina del rector. Entraron solo nuestros padres, fueron los minutos más largos de mi vida, que me hicieron pensar el porqué y como había llegado a esta incómoda situación. No nos echaron del colegio, porque nuestros padres nos habían defendido, fueron ellos esta vez quienes pusieron sus pechos a esas duras balas que las máximas autoridades querían acabar con nosotros en el último año escolar. Me sentí mal, sentía que les había fallado, sentí vergüenza, pero por sobre todo había aprendido la lección. Aún recuerdo la mirada de mi padre y mi mamá de este episodio porque su silencio me había gritado en la cara que me había equivocado. 
Saqué el pie del acelerador de mi vida, mientras mis amigos y algunos compañeros ya habían obtenido su licencia de conducir, ya manejaban algunos sus propios autos regalados por sus padres a varios de ellos les gustaba ir a correrlos por la bajada del sector de la pirámide en Vitacura después de una junta o carrete…no tuve el valor de subirme a esos autos, había aprendido mi lección y hoy estoy aquí escribiendo un pedazo de mi juventud guardada en el capítulo de mi vida donde aprendí de mis equivocaciones pasadas a temerle al riesgo y a creer que los errores serán siempre los mejores maestros que ayudan a transformar el arrepentimiento en sabiduría y madurez.

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