Fragmentos a Contraluz

 

"Cuando se apaga la luz del escenario queda un recuerdo en los sonidos del silencio de un viaje de aprendizaje de amigos y maestros que mi corazón aún mira a contraluz"


Al inicio de este viaje los miedos e inseguridades se acercaron a mis espacios como todo joven que busca sus destinos, nuestros propios caminos pueden ser invisibles hasta que comienzas a caminar en ellos sabiendo desde mucho antes que estos no serían fáciles, sino más bien con piedras y barro. Talvez sea porque estudiar algo en las materias intangibles del arte, debes luchar contra todo pronóstico, prejuicios, crítica y falta de oportunidades… pero mi motivación y felicidad eran aún mayor.
En mis camino para ser un actor me encontré con buenos maestros, otros no tan buenos, pero por sobre todo con grandes amigos que miraban el mundo desde el mismo ángulo desde donde yo estaba. Es como estar parado en medio de un océano de incertidumbres y fuertes oleajes de emociones, nuestro trabajo sería nadar hasta la orilla. Una carrera artística no se puede tocar sino más bien sentir porque para la construcción y formación de un actor cuentas con solo tres herramientas la voz, el cuerpo y tus emociones. 
La entrada a la universidad me encontré el primer día con jóvenes que tenían las mismas inquietudes que yo, las mismas historias de querer entregar al arte un pedazo de tu vida, pero debo reconocer que eran solo algunos. Nuestra escuela de teatro y comunicación escénica recibió aquel año a jóvenes cargados de sueños. Algunos les gustaba el baile, la animación, la radio, la tv  y otros como yo queríamos formarnos en la actuación. 
La partida fue con clases de expresión corporal donde comienzas a conocer el cuerpo como un instrumento de comunicación, la danza como base te abre las posibilidades para trabajar desde los silencios de la comunicación del cuerpo, en primera etapa tuve un gran maestro llamado Héctor Cifuentes amante del teatro musical, el primer bailarín de Karen Connolly la coreógrafa australiana, del cual aprendí lo que más pude. En sus clases, trataba de esforzarme un poco más en el entrenamiento del cuerpo. Mis calzas color negras elasticada junto a mis zapatillas de danza siempre estuvieron conmigo para trabajar en gran parte de todo este proceso en los pisos de madera de nuestra fría salade clases en el reflejo del espejo gigante que atravesaba de lado a lado todo el espacio. Puse todo mi interés, siempre puntual trabajando mi cuerpo con mis posibilidades, trataba de dar lo mejor. Nos hicimos buenos amigos con el profesor, una vez nos eligió junto a otros 3 compañeros para mostrar 2 actos musicales de la obra Cabaret en la misma universidad. Aceptar la invitación significó ensayar durante varios días en la academia de Karen Connolly, conocerla, pero por sobre todo escucharla como nos corregía en esos duros ensayos,  para mí fue un regalo y porque no decirlo un privilegio que siempre atesoré.
Antes que terminara el primer año de universidad conocí a Karen, y como no recordar este acontecimiento si fue ella la joven a quien yo conté mis sueños…porque las ganas locas y la curiosidad me llevaron a una audición para una pequeña compañía de teatro que necesitaba a un actor para participar en el FESTESA 97 (Festival de Teatro de Santiago), allí junto al grupo de actores habíamos ganado el premio a la mejor propuesta escénica, pero yo solo había ganado un poco de experiencia y eso era lo importante para mí. Enfrentar un escenario, un público y los plausos eran mis pequeños grandes logros que me daban alegrías. Ver a mis padres sentados en la segunda fila frente al escenario para verme, son momentos que no se olvidan, más bien quedaron como un poco de tinta que pintaron un bello recuerdo dentro del baúl de mis recuerdos que hoy puedo compartir en las pequeñas historias que hoy escribo.
Los años siguientes nuestro ramo paso a llamarse movimiento, comienzas a descubrir las infinitas posibilidades que el cuerpo nos da para trabajar a partir de la fragmentación o de las descomposición de simple movimientos a transformarlo en la expresión de un gesto que al final del camino se transforma en un teatro más físico, un lenguaje más complejo. Es aquí donde Elías Cohen llegaba con su maestría a encantarnos pero por sobre todo a conectar con una mayor profundidad el arte del movimiento que nos dejó el camino libre a las clases de nuestro profesor Alejandro Cáceres con una búsqueda de una danza más orgánica, tuve que ser disciplinado para aprender de ellos, me gustaban sus clases pero por sobre todo la responsabilidad sobre el escenario a la hora de ejecutar un simple movimiento ante la mirada de lo más importante que es el público. Junto a algunos compañeros presentamos un pequeña propuesta que de forma colectiva habíamos creado a partir de un cuento de Julio Cortazar llamada "Autopista al Sur", ensayábamos fuerte, era agotador todo era físico, corporal  y fuerza, nos gustaba explorar lo que es capaz de generar el cuerpo en el escenario. Sin saber los efectos de esta pequeña creación colectiva que había sido nuestro examen, tuvimos la suerte de ser invitados al Centro Cultural La Perrera en el parque de los Reyes de Santiago, se organizó un conocido festival de teatro callejero de la compañía La Patogallina, fue maravilloso, ahí estábamos nosotros con mis amigos…los caminos de formación para el arte debes ser algo parecido a un libro abierto, donde las páginas que escribes puedan ser leías por otros. Ya comienzas a tomar el sabor de un aplauso y para eso debes arriesgarte, simplemente saltar al escenario sin miedo. Debes ganar experiencia, por pequeñas que estas sean, son parte de los caminos de un actor o de un artista escénico.
Mientras exploraba junto a otros compañeros esta rama de mi formación, otros ya habían formado un colectivo de humor que rápidamente se hizo conocido dentro de la escuela de arte de nuestra universidad llamado "Los Dinosaurios" exploraban desarrollando el humor, la comedia y la imitación como engranaje principal de sus intereses. Talvez nadie al leer estas pequeñas líneas podría imaginarse que fue aquí donde un gran amigo llamado Claudio Olate al cual quiero y respeto por su talento como comediante dio sus primeros pasos, porque no decirlo sembró también sus sueños, que hoy son realidad, un motivo de orgullo y admiración para mí.
En los ramos de actuación tuve varios profesores, pero en mi corazón se alojaron los que me mostraron el camino a la exigencia y el respeto por el escenario, que trataron de extraer de mí incluso mis propios fantasmas y dudas, tuve un recordado profesor y director teatral llamado Juan Cuevas, para nosotros era un ícono, una imagen muy respetada del teatro Chileno por su trayectoria dentro de las compañía Ictus, Teatro Imagen y el Teatro Q, famoso por ser exigente. El pequeño recuerdo que hoy traigo a estas líneas, es que tuvimos que preparar un pequeña presentación personal a partir de un escrito creado por nosotros mismos, ponerlo en escena con elementos simples sobre nuestro improvisado escenario minimalista compuesto solo por el espacio y la luz. El profesor quería verte en el escenario. Cuando fue mi turno al terminar de presentar mi pequeña historia, más bien un diminuto monólogo de 10 minutos,  yo sentí que lo había hecho fantástico porque mis compañeros respetuosamente me habían aplaudido por unos cortos segundos. Después que sonó el último aplauso en la profundidad de un silencio y un foco de luz cenital apuntando en mi cabeza, mi profesor y director teatral miro el suelo, tomándose un respiro aniquilador delante de todos me pregunto si estaba seguro de querer ser actor. Me lo dijo en un tono de sarcasmo que me rompió cuando lo miré a los ojos. Fue un error haber creído siendo un aprendiz que lo había hecho bien. Lo que el profesor me había querido decir es que lo había hecho pésimo, que era mejor volver a casa. Me di cuenta que había sido mi ego quién me había hecho estar en una zona de confort. En el momento no lo vi con claridad pero me sirvió para ser más diciplinado en mi formación, y más humilde. Me acababa de dar una lección para toda la vida que nunca olvidé, lo hizo conmigo y con otros también. Aprendí que a partir de tus debilidades, te haces más fuerte, que tus limitaciones pueden ser aprovecharlas para ser mejor.  Con el paso de los años en nuestra carrera de actuación Juan Cuevas el hombre más temido, era un viejo querido y odiado al mismo tiempo, por las notas que solía poner en los exámenes ya varios quedaban en el camino…pero yo respetaba al hombre de las tablas y a su mujer María Cánepa que tuve el placer de conocerla, ambos le habían entregado un pedazo de su vida a la memoria del teatro chileno.
En la pausa y recorrido de esta pequeña historia, tuve distintos ramos también anexados a las comunicaciones y si bien es cierto cumplí con aprenderlos de la mejor manera, nunca fueron desarrollados en profundidad ni de mi interés. 
Tuve buenos amigos como el patagónico flaco Stambuk, Rodrigo y un joven que me hacía reír con su fanatismo por el futbol el famoso "Chispi"…hijo de Onorino Landa, un viejo crack del futbol chileno a quién sus intereses eran guiados para hacer radio, hoy los recuerdo con mucho cariños en estas simples líneas, porque fueron mis primeros amigos que sostuvieron mis alegrías y penas en este viaje de formación donde la mochila pesaba como la de tantos otros a cargar con sueños de buscar en el arte nuestra felicidad. Conocí a gente loca y linda, de espíritu libre, amantes de la música, de las drogas y el rock and roll a medida que los años avanzaban. Ya aparecían y se dejaban ver los talentos, los intereses reales de quienes amaban esta profesión en las distintas facetas y aristas del arte escénico 
Alicia Quiroga y Annie Murath las grandes maestras en mi formación de la voz. La rigurosidad que ambas profesoras inyectaron al entrenamiento de mi aparato vocal, pude descubrir la complejidad de esta herramienta de trabajo. Recién comprendes con todo lo que tiene que lidiar un cantante lírico profesional, su entrenamiento y cuidado van de la mano. Con el sonido de la voz provocas también una emoción de verdad, en el canto, en un simple texto, en las palabras, en la proyección, en la fuerza de un sonido ellas quedaron bien guardadas en la memoria que hoy escribo.
Aparecieron y se fortalecieron mis intereses de literatura y teatro en el camino, José Caviedes, director de cine, tv y guionista despertaba aún más mi motivación por leer en profundidad a otros autores, aprendí con lo exigente que fue, que los libros esconden siempre dos historias…la que está escrita con palabras y letras…pero la más importante es la que está oculta, en la entrelínea, el subtexto, lo que no puedo leer sino más bien sentir tras el significado real de un texto. Nos habló y nos enseñó en sus bellas conversaciones sobre el arte de la improvisación, nos encantó con la importancia de la comedia del arte, del humor y el drama, porque así es el teatro de la vida, con dos fuerzas opuestas que dan sentido al ser humano, como la fotografía de las dos máscaras que todo el mundo conoce…una que ríe y la otra llora, las dos emociones  que engrandecen al hombre desde que nacemos hasta que morimos. Así una vez nos invitó a su departamento junto a un grupo de amigos a tomarnos una copa de vino bien conversada alrededor de su mesa logramos leer lo que no estaba escrito ante nuestros ojos, era un hombre cariñoso de mirada dura y de carácter fuerte…era hombre de alegrías olvidadas de los tiempos antiguos y hostiles de la televisión chilena de la mano de las teleseries de Arturo Moya Grau. 
En la página de atrás de su currículum nuestro querido Pepe Caviedes cuidaba a su madre enferma y senil, su soledad estaba guardada entre las páginas de cada libro que vi en sus manos caminando por los pasillos de mi universidad, mis amigos y yo sabíamos que el hombre del carácter fuerte de la carrera de actuación también llevaba dolores de su propia vida personal. Dolores tan fuertes como el cáncer que años más tarde se lo llevó a un lugar más lejano, acompañado de su libro preferido "Seis Personajes en Busca de un Autor" de Luigi Pirandello que dejó huella en quienes tuvimos el privilegio de aprender de él.
Fueron muchos los momentos que pasamos juntos en este viaje donde se construye un artista escénico. Las horas que pudimos compartir en el viajo bar del barrio de Santa Isabel al que llamábamos "El Chopito", entre alegrías y penas de nuestra juventud incierta de cara al futuro, fue en ese lugar donde nacieron nuestros sueños de la mano de una conversación sincera con una cerveza bien helada con los que hoy sigo llamando mis amigos de la vida. Fue ese viejo bar que vio nacer nuestras alocadas y tontas ideas, algunos sueños olvidados quedaron guardados en el entretecho del viejo barrio que hoy lo reconoce como el famoso Bar de René, un viejo bar con alma como yo suelo llamarlo, conocedor de nuestros deseos escritos en los servilleteros del mesón y de nuestros rostros sin máscara. Alegría es recordar las primeras intervenciones teatrales de pequeños formato que allí hicimos con amigos cuando creamos un colectivo teatral al que llamamos El Recorte, fueron los primeros aplausos ocultos en la oscuridad de las paredes, entre los vasos de un trago amargo de la mano con el humo de los cigarrillos que vieron florecer al artista que llevamos dentro.
Pareciera ser que las amistades que allí formamos entre sueños e ideales, se transformaron en un nudo ciego que no mira, ni que observa el pasar de los años. Las imágenes y el sonido de mis grandes amigos riendo en los ecos de una partida de dominó, hoy resuenan como las melodías que dan felicidad a mis recuerdos, porque los sueños de quienes caminaron junto a mí, fueron también mis propios sueños.
Con el paso del tiempo nos adentramos con unos amigos a una audición del musical de Peter Pan, donde nos fuimos al teatro Municipal del Viña del Mar a actuar, pisar ese escenario nos hacía sentir una emoción distinta de respeto. Actuar a tablero vuelto fue un honor junto al actor Hugo Medina, un privilegio, un recuerdo especial que logré atesorar con mi amigo Carlitos Baeza.
Me sumé sin pensar ante una invitación de una obra infantil El Ceniciento, nadie sabe que todo fue hecho a pulso, teníamos solo las ganas, queríamos subirnos al escenario, teníamos la voluntad y el profesionalismo para hacerlo. Cada ensayo fue un crecimiento y cada error un aprendizaje, cada segundo de tiempo invertido nos llevaba hasta el final del camino, su estreno. Así fue logramos estrenar en el viejo teatro del centro cultural Montecarmelo, aquel día fueron todos nuestros amigos y familiares el camino recorrido fue lo más valioso, la fotografía que hoy guardo y la amistad que siento por cada uno de quienes estuvieron junto a mí quedó marcada como cicatriz de fuego, una quemadura en las viejas tablas del piso de madera de esa fría iglesia, transformada en un teatro patrimonial. En primera fila estaban mi polola y mis padres, después del aplauso final, vinieron los abrazos, después que el teatro quedó vacío vinieron las críticas, algunas muy destructivas. No nos importó luego tuvimos una pequeña temporada los días Domingos por la mañana…todo a pulmón, todo hecho a mano, con el único recurso que es la voluntad de darle amor a nuestro arte escénico.
Escribir de este viaje para tratar de convertirme en un actor, me topé con árboles que dan buena sombra a la hora de recibir un consejo actoral, Mónica Carrasco fue una de ellas en clases de actuación y luego para el término de mis últimos dos años Anita Reeves como mi gran maestra. De la vieja escuela nos hizo trabajar mucho, nos eliminó las malas prácticas, depurando y apuntando a una actuación verdadera. Estábamos en el camino correcto, esa obra ponía punto final a nuestros estudios de actuación, había que darlo todo, había que hacerlo bien. Ensayo tras ensayo el proceso llegó a su fin con el estreno de nuestra obra de egreso llamada "El Buen Doctor" en el teatro El Conventillo.
Al termino de esta primera etapa, muchos amigos siguieron sus propios viajes y búsquedas, unos se fueron al extranjero a continuar con sus estudios…otros migraron a otras academias de teatro, un viejo amigo al que tanto quiero fue motivo de orgullo al verlo postular a la escuela de teatro de la universidad de Chile como director, yo quería seguir aprendiendo y me ofrecí voluntariamente como asistente de dirección para el profesor Alejandro Castillo en el ramo de actuación, nos hicimos buenos amigos allí descubrí mi gusto por una dramaturgia y una literatura más íntima a través de libros que el me prestaba después de dictar sus clases. 
Contar en esta pequeña memoria en el resumen del recuerdo de mi viaje como actor cada ensayo fue un espejo donde aprendí a reconocerme en otros, más bien diría en los grandes amigos y maestros como parte del hermoso proceso de la construcción de un artista escénico, del actor que yo soñaba ser, de la pintura que me puse cuando niño al pintar mi cara de payaso los maquillaje con colores de sueños hoy estaban en los bolsillos de mi mochila junto a mis libros. 
En los caminos de mi formación como actor descubrí una pequeña grieta de mí mismo que no conocía y de la que nunca hablé, el aplauso llenaba un pequeño vacío que no tenía contemplado carecer…no tan solo yo, si no también mis amigos que son parte de esta loca vida. No tengo más pretensión de ser un simple hombre más que mira con los ojos de otros, porque posiblemente esta pequeña memoria escrita en las simpleza de las palabras a nadie le interese, porque para tener un alma de artista debes tener también un poco de locura… locura inspirativa, locura creativa, soledad y valentía.
Hoy alejado de los escenarios, de las luces y los aplausos hace ya cinco años vuelve a despertar esa energía invisible muy dentro de mí, la búsqueda entre los laberintos de mi vida los deseos de volver a pisar un escenario, en el silencio al cerrar mis ojos buscar una salida para encontrarme con el actor que llevo dentro, que hoy descansa, que duerme a contraluz a la espera de abrir los ojos en un escenario con el hermoso sonido de un aplauso.

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