De Suecia aún conmigo

 "El tiempo pasa, los recuerdos se desvanecen, la gente se va, pero el corazón nunca olvida los buenos momentos" 


Desde un rincón del alma escuchando los boleros del ruiseñor de los cerros porteños Jorge Farias, vinieron a mi mente los recuerdos de la visita de mi tío Aldo, el hermano hombre de mi mamá. Viviendo en Valparaíso en la casa de mis tatas, mis primos y yo crecimos escuchando las historias de este tío que ninguno de nosotros conocía, porque yo tenía 10 meses de vida cuando se fue a Suecia. Pero en 1986 vino a Chile aquí comienza mi historia…

En los ojos y en el rostro de mi Lela comenzaba a verse la alegría ante la gran noticia que su hijo, el famoso tío Aldo vendría desde Suecia a visitarnos a Valparaíso.
Relojero de profesión que por razones personales había empacado sus maletas con destino a Europa, dejando una vida completa entre los cerros del viejo puerto. Yo siempre preguntaba ¿quién era el famoso tío Aldo? Lo que yo sabía era porque me lo contaban, me lo dibujaban como un tipo muy inteligente, una especie de "giro sin tornillo" que todo lo arreglaba, no había nada imposible a la hora de solucionar un problema, desde el desarme de un reloj compuesto de piezas muy pequeñas hasta arreglar un electrodoméstico o lo que fuese. A veces entre conversaciones mi tía Erika o mi mamá me mostraron más de alguna vez una vieja fotografía de este desconocido personaje de apellido Araya. En nuestro mueble donde guardábamos la ropa al abrir el cajón siempre vi una postal fotográfica del grupo musical sueco ABBA, escrita con lápiz azul dedicada con puño y letra a mi mamá. Cuando niño muchas veces sonó el timbre en casa, iba corriendo abrir la puerta por ese largo pasillo forrado en ventanas de luz, me encontraba con el cartero y mi lela se alegraba mucho cuando era una carta de su hijo. Hasta que la noticia llegó a nuestra familia que él vendría a Chile y ese día llegó.
En el balcón de la casa mi Lela esperaba con ansiedad aquel día, la puerta de la calle estuvo abierta hasta atrás toda la mañana. Mi madre con mi Tata viajaron a Santiago junto a otro tío al aeropuerto de Santiago a buscarlo.
Las horas pasaron muy lentas  hasta que un tipo grande de pantalones blancos, zapatos negros brillosos, camisa bien planchada dentro del pantalón y un jersey rosado puesto encima de su espalda, bien peinado de rostro simpático cruzó la puerta, abrazó a mi lela por un largo rato donde ninguno de los dos se soltaba de los brazos del otro, al darme cuenta ambos estaban llorando en silencio de emoción madre e hijo de verse después de tantos años, solo bastó un abrazo fuerte de largo tiempo por los años, por la ausencia, por la distancia, la lejanía ahora era amiga de la alegría.

Una semana antes habían comenzado los preparativos en casa para recibir desde Estocolmo la capital de Suecia a este tío cargado de historias desde el nuevo mundo. Se vendría una gran fiesta familiar esas que duraban 2 días, entre comidas, música y madrugadas, tanto así que mi mamá y sus hermanas habían ensayado una canción para cantarle a su hermano como muestra de su cariño en desmedro del tiempo que estuvieron separados.

Mientras todo esto pasaba, yo me dedicaba solo a observar a este lindo personaje que ya me caía bien, me gustaba escucharlo porque a momentos se le salían palabritas en sueco, pero sobre todo me llamaba la atención lo cariñoso que él era con mi lela, desde el primer día le gustaba estar en la cocina conversando largas horas mientras mi Lela cocinaba. En la medida que fuimos entrando en confianza yo me acercaba más a él y él a mí, ya no sentía que era el tío desconocido, ahora sentía que era mi tío Aldo. Ese día mi madre recibió una máquina fotográfica de regalo marca Canon, que aún guarda como uno de sus objetos más preciados, porque fue el regalo de su hermano.

Un gran banquete de mariscos se preparó para la fiesta de bienvenida del tío de Suecia, llegó mucha familia, más tíos, más primos, música, la alegría invadía nuestra casa, el familión grande se había reunido para celebrar, mi tío Aldo mandó a comprar una caja grande de varias botellas de pisco, cajas de bebidas, nada podía faltar. La mesa era grande en el living donde se celebraban las fiestas familiares, nunca vi sillas vacías, la música nunca dejó de sonar hasta que una canción del dúo pimpinela cantada por mi mamá y sus hermanas cuya letra hablaba del amor de hermanos, dejaron caer una lágrima al festejado. Nunca olvidé ese abrazo de gratitud y de amor entre él y sus hermanas. Mi tata y mi Lela esa noche bebieron la piscola más dulce, brindaron por estar todos juntos reunidos junto al hijo que la vida había invitado a vivir a otro país. Fue una noche hermosa de esas que no se olvidan, las alegrías quedaron tatuadas en la paredes de adobe de la casa quinta de mis abuelos, el pasillo guardó las imágenes fotográficas de una madrugada donde la felicidad se presentó con un largo vestido de noche junto al viejo reloj de madera colgado en la pared del pasillo, donde ambos conversaron, donde las campanadas que marcaron las horas sonaron más fuertes de lo habitual. El tiempo se había detenido en nuestra casa, yo lo vi, así lo sentí, hoy lo escribo en estos fragmentos de recuerdos.

Con el pasar de los días con el tío sueco ya éramos dupla, me levantaba, me iba junto a él en la cocina y de mi boca y mi actitud de niño "hincha pelotitas" yo le decía…tío…tío….tío aquí, tío acá…tío…tío, fue en este momento que me gané mi sobrenombre "el pollito", me gustaba estar junto él.
Me pedía que le fuera a comprar sus cigarritos, la cajetilla Advance era su preferida, me pedía que preparara su piscola, bien helada que disfrutaba por la tardes sentado afuera de la cocina escuchando un casette de boleros de Jorge Farias que él mismo se había comprado en el centro de Valparaíso, boleros de música triste encebollados por el sonido de esas guitarras y letras que hablan de la vida, del amor, del puerto. A momentos le gustaba estar más solitario y observaba el mar desde el jardín de mi abuela, en silencio.

Un día por la tarde mi tío Aldo me invitó junto a mis primos Mauricio, Alejandro y Marcelo a salir, nos pusimos nuestras mejores ropas, esa fotografía aun duerme en uno de nuestros álbumes familiares, fotografía que nos tomamos afuera de nuestra casa porque luego nos fuimos al centro de Valparaíso, caminamos por la Av. Pedro Montt hasta llegar al parque Italia, entramos a una fuente de soda muy bonita, nos sentamos en la mejor mesa elegida por nuestro tío…pidan lo que quieran fue lo que nos dijo sin titubear y nosotros pedimos unos hot dog italianos, jugos naturales y helados gigantes en copa…comimos hasta más no poder, luego nos pasó dinero para ir a jugar video juegos y pingpong, la tarde fue perfecta para nosotros, soñada para los 4 niños del Chirimoyo #100, inolvidable para mí.

Ese era el tío Aldo, generoso, el que nunca pudimos olvidar cuando los 3 meses pasaron rápidos y lo vi preparando maletas para volver a su país, el tiempo se había acabado, él debía volver con su familia y cruzar miles de kilómetros que tratarían de borrar lo que habíamos vivido junto a él, pero fue lo contrario, la distancia amarró un nudo más valioso, un recuerdo que con los años sabíamos que nos volveríamos a ver, porque la vida siempre es un ciclo, porque lo bueno se repite, porque los vínculos de amor son de acero irrompibles como las líneas férreas del tren que dibujan la costanera del viejo Valparaíso que me regaló un tío desde un país muy lejano.

En Diciembre de 1992 fue la segunda venida de mi tío Aldo a Chile con mi pequeño primo Alexander con tan solo 3 años, esta vez nada fue igual que la primera, porque esta vez venía a despedirse de su padre, mi tata había enfermado, fue un cáncer gástrico el que los junto para despedirse en su último adiós. Esta vez no hubo fiestas ni alegrías, ni música, fue la muerte con su traje negro quien se puso a conversar con el viejo reloj de madera colgado en la pared del pasillo de nuestra casa, fue una conversación sin respuestas ni campanadas, porque el reloj de mi abuelo también murió cuando mi tata cerro sus ojos para siempre.

Tuve la suerte de ir a dejar a mi tío Aldo y su hijo al aeropuerto de Santiago para su vuelta a Suecia, nos despedimos con un beso y un abrazo muy apretado, yo ya no era el "pollito" como adolescente mi voz había cambiado, pero no mi cariño hacia él, eso estuvo intacto por muchos años, incluso con los años y la llegada del internet que me permitía escuchar su programa en radio Galaxia, su voz en la locución, su música, de alguna manera sentíamos con mi mamá que estábamos más cerca.
La vida a veces es injusta, no me dijo que enfermarías estando tan lejos, tampoco me dijo que no nos volveríamos a ver, pero tu fotografía cubierta por el rosario en casa de mi madre y los boleros de Jorge Farías que aún escucho transformaron un momento en un recuerdo para siempre, una huella imborrable que me dejó tu cariño y tu sonrisa con sabor a helado de chocolate en la copa más grande y hermosa de vidrio que la muerte no pudo romper.

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