El Color de la Casa Nueva
"La verdadera amistad resiste el tiempo, la distancia y el silencio" Isabel Allende
Blanca…como las páginas de un libro nuevo, nuestra nueva casa tenía todas las paredes blancas y palmetas de batuco color ladrillo era su piso, un ventanal en el fondo que conectaba al patio trasero con malezas junto a la pequeña cocina que mi madre siempre había soñado. El segundo piso mi pequeña pieza, porque ahora tendría mi propia pieza, eso se sentía extraño y en el dormitorio grande de mis padres una ventana que me dejaba ver los últimos manchones blancos de nieve sobre las montañas. Ahora no había mar frente a mis ojos, habían montañas, así fue nuestra llegada a Santiago.
En la mudanza desde Valparaíso en un bus nos vinimos con mi madre, mi tía Erika y mis abuelos. Mi padre esa tarde se vino en el camión junto a las cosas y nuestro perro blanco de manchas negras llamado Ringtin. Una vez instalados con los días salí a recorrer las calles cercanas de nuestro nuevo barrio en la comuna de la Florida, la Av. Walker Martínez con sus álamos verdes, pimientos y plátanos orientales hacían de este lugar algo más amistoso, con algunas hectáreas de pasto y animales hacia los sectores de jardín Alto y Lo Cañas, sectores de campo ciudad aún en aquellos años. Parecía que las calles me estaban esperando, una pequeña cancha de fútbol de tierra en una sede vecinal.
A veces mi tía Rosi que vivía muy cerca de nosotros en la calle Juan de Pineda, nos iba a visitar con mis dos primos más chicos Tamara y Diego, eso nos hacía sentir más cerca de la familia.
Con mi pelota de fútbol, con ganas de tener amigos iba a la cancha a tirar al arco, las primeras veces solo, hasta que una vez se me acercó un niño casi de mi edad me preguntó si jugábamos y yo le dije que sí, se llamaba Cristián un chico bien humilde era hijo de las personas que cuidaban y vivían en una casita de madera en la sede, de un día para otro se fue, nunca más lo vi, la sede vecinal comenzarían a remodelarla, la media agua donde él vivía ya la habían demolido. Mientras yo buscaba un amigo, mi mamá extrañaba Valparaíso, no lo decía, pero yo lo notaba, había que resistir, había mucho trabajo y esfuerzo de parte de mi papá para volver todo atrás. Pronto yo entraría una vez más a mi nuevo colegio, así fueron los primeros meses, extraños, un poco solos, una alegría disfrazada de tristeza de este Santiago que nos miraba con ojos amenazantes. Había que resistir decía mi papá. El dinero y los primeros dividendos tenían a mis padres con el agua hasta el cuello, lo hacían por mí.
Despierta, ya es hora ¡¡ Así de temprano a las 5:00 am nos levantamos con mis papás que me irían a dejar a mi primer día de colegio llamado Instituto de Humanidades Luis Campino, en la comuna de Providencia. Con mi mochila y una colación tomamos una pequeña micro llamada 15C Macul Palmilla donde mi padre se fue casi colgando en la pisadera, desde el primer día Santiago nos mostraba sus dientes afilados, una hora y media en distancia de pie en una micro llena no sería fácil, era solo el primer día de clases.
Cuando llegue a mi nuevo colegio, el frontis grande e imponente, la entrada era un alboroto entre padres y los hijos en un primer día de clases, un desorden, todos revueltos, griterío, padres ansiosos, niños llegando en transporte escolar, un rector cura llamado Marcial U. dando la bienvenida con una sonrisa falsa y una palmada fuerte en la cara en la entrada, yo pensando que iba hacer, los niños de ese colegio eran distintos a los niños de mi liceo de Valparaíso, hablaban distinto, como se vestían, algunos bajaban de unos autos muy lindos junto a sus padres, solo me remitía a observar, no quería decir nada, miraba tratando de buscar algo de mi en el nuevo colegio.
Los que llegábamos a abrir la primera generación del séptimo C nos separaron en el pasillo de entrada para llevarnos al patio de formación, nos pidieron hacer una fila y fue aquí cuando logro ver a unos metros de mí a un niño de rostro dulce abrazado a su madre, ella secó sus lágrimas y lo volvió a abrazar diciéndole algo a su oído. Ese niño tenía el mismo miedo que yo, fue en ese momento que supe que seríamos grandes amigos.
Después de cantar el himno nacional y escuchar el himno del instituto nos llevaron a una sala de clases de pizarrón blanco a plumón…la nueva profesora jefe llamada Laura de los Reyes pasó la lista nombrando solo los apellidos y supe que era Cartajena cuando este niño dijo presente. El primer día yo me había sentado en la fila del frente, ni tan adelante, ni tan atrás junto a un niño de apellido Monreal pero mi compañero de fila era bueno para conversar, y la profesora me cambió de puesto, tuve la suerte que me sentó adelante del que yo quería ser amigo.
Así entre que yo le buscaba conversación, me columpiaba en la silla y me daba vuelta, me dijo que se llamaba Juan Guillermo, estábamos sentados hacia el rincón de la ventana por esa razón pasábamos "piola". Entre que sacábamos los cuadernos y libros se nos pasó la hora rápido, el timbre del primer recreo nos dio la posibilidad de sacar nuestras colaciones y bajar a recreo juntos. Mi nuevo amigo me acompañó a recorrer a conocer ese primer día de clases el colegio, fuimos a los patios principales, a las canchas de baby y también a la biblioteca…así se nos fue el primer día hasta que nos despedimos. Ese día mi mamá me fue a buscar para irnos a casa y le dije que tenía un amigo que también vivía en la Florida…así el segundo día, el tercero nos fuimos conociendo más al punto de estar siempre pegados. Mi amigo siempre sacaba de su mochila un yogu yogu o una leche en cajita que solo le tomaba 2 segundos en acabarla desde que abría la bombilla… Ya nos empezábamos a integrar a otros compañeros y a pegarle a una pelota plástica de fútbol que un compañero de apellido Palma había comprado en el quiosco de golosinas del colegio, ahí fuimos adaptándonos juntos a otros compañeros haciendo más entretenido los recreos. Recuerdo que jugando en el patio en uno de los recreos, sin querer empujamos a otro niño y este enojado se devuelve caliente con intenciones de empujar a mi nuevo amigo y aquí me metí yo más choro a defenderlo porque yo venía de Valparaíso, ahí quedó el rubiecito que quería pegarle a mi amigo, el Cartajena solo me miró sin decir nada, me había ganado su confianza en ese momento. El primer mes los profesores ya comenzaban a pasar las materias, tareas y trabajos. Los más desordenados ya estaban identificados porque antes del primer mes ya habían bautizado el libro con anotaciones negativas, Guerra llevaba la delantera. Tuvimos que tomar talleres complementarios, y tomamos los mismos, el de dibujo técnico con profesor chico Pino. Otros ramos como música y el aprendizaje de tocar una flauta nos hacía ayudarnos mutuamente para tocar la canción de la Guerra de la Galaxias.
A Juan Guillermo le gustaba mucho el ramo de computación, nos sentábamos juntos en el laboratorio en los Atari y si teníamos duda le preguntábamos al Montoya que con 12 años era ya todo un hacker con el pasar de los primeros meses nos dieron un trabajo en pareja aquí es donde el Cartajena me dice un día "después del colegio te tinca si nos vamos a mi casa hacer el trabajo juntos, almorzamos en mi casa y después en la tarde yo le digo a mi papá que te vamos a dejar a tu casa…total vivimos cerca".
No lo podía creer, para mí fue una alegría muy grande, ya tenía un amigo que me estaba invitando a su casa, era la mejor excusa para después invitarlo a la mía, porque ahora yo tenía casa. Este pequeño detalle fue el que pavimentó los adoquines de las calles de nuestra amistad. Me fui en la micro a mi casa muy contento, aún lo recuerdo, momento que guardé en el cajón de tesoros valiosos que hoy escribo en palabras.
Salimos del colegio y en el paradero del frente en la Av. Pedro de Valdivia con el Cartajena tomamos una micro liebre con destino a su casa, paradero 21 de Av. La Florida, el recorrido nos dejaba muy cerca de Av. Colombia para llegar al Psje. Santa Amalia caminamos una cuadra, ahí estaba su casa, color blanco, un patio mediano con un lindo jardín con plantas en maceteros y algunas flores, la reja negra y el sonido del pestillo hizo que su mamá nos abriera la puerta. Una mujer de pelo castaño corte mediano a la que saludé con un beso en la cara, me dijo hola soy la mamá de Juangui, me llamo Irene, pero algunos me dicen Jenny y ella es Claudia, la hermana chica de ojitos negros con dos chapes que estaba sentada en el sillón y la alfombra azul del living.
Desde ahora para mí el Cartajena se llamaba Juangui, porque así le decían en su casa, dejamos las mochilas en su pieza, también tenía un atari igual al mío, nos fuimos a lavar las manos porque la tía ya nos había calentado el almuerzo en el micro ondas blanco marca Samsung. Se sentó junto a nosotros a preguntarnos como nos había ido y antes de responder ya nos habíamos tragado el almuerzo, estábamos cagados de hambre por la hora que llagamos del colegio eran ya jornadas largas. Nos fuimos a la pieza de Juangui y manos a la obra nuestro primer trabajo juntos de computación en el atari, algo así como programar algunos comandos en el sistema D.O.S, la computación comenzaba a desarrollarse en aquellos años, todo esto era nuevo para nosotros, en algo logramos avanzar pero mi socio sacó una pistola blanca plástica, la conectó y nos pusimos a dispararle a los patos, el juego se llamaba Duck Hunter, entretenido, cagados de la risa se fue la tarde rápido, hasta que llegó su papá, un hombre calvo, alto con barba, un poco más reservado era el tío Juan, después de comer algo se sentó en su computador y se puso a trabajar. La hora había llegado el tío Juan en el auto Peugout 505 azul, me fueron a dejar a casa, a pesar que no habíamos alcanzado a terminar el trabajo de computación, para mí fue la mejor de las tardes junto a mi amigo.
Después fue Juangui quién fue a mi casa a estudiar, el me ayudaba en matemáticas, yo lo ayudaba en castellano, a él le cargaba leer, íbamos a la cancha de futbol a mi sede vecinal a pegarle al arco, y después en su casa me enseñó a andar en patineta entre los pasajes de su casa, me enseñó a jugar tenis de mesa en la vieja mesa verde que nadie ocupaba en la sede…entre los trabajos de dibujo técnico, estudios, juegos, las canciones en flauta para el ramo de música, comenzaba a pasar el tiempo y los meses muy rápido…lo mejor eran las pichangas que jugábamos en el pasaje de su casa con sus amigos Alexis y Gonzalo, los mejores partidos se liberaron allí y no en el estadio Bicentenario que hoy existe cercano a las viejas villas de la Av. Santa Amalia y Enrique Olivares. Entre mi casa y la de Juangui nuestra amistad creció aún más, me gustaba ir a su casa, la tía Irene cocinaba muy rico, ella pintaba unos cuadros hermosos, me gustaba mirar el que tenía en su comedor era un paisaje bello donde sus pinceladas me decían que ella era una gran artista, pero una gran mamá por sobre todo. Nunca olvidé que gracias a la tía Irene pude ir al teatro a ver la obra Pinocho de la compañía la Troppa, mi mamá trabajaba no me podía llevar aquella vez, las cosas estaban un poco apretadas en mi casa, fue la mamá de Juangui quién nos llevó a los dos en la micro hasta la plaza Ñuñoa al teatro de la Universidad Católica a ver aquella linda obra, que por cosas del destino hoy soy un fiel espectador de sus montajes que a través del tiempo y la vida guiaron de alguna manera mis caminos escénicos. El tío Juan nos enseñaba a utilizar esos nuevos computadores con monitores en pantallas en color verde, gris y naranjo mucho antes de la llegada del windows 95. Siempre, aunque estuviera cansado me fue a dejar en auto a mi casa, mis padres no tenían auto en aquellos años, después de reunión de apoderados llevaba a mis viejos a casa, hoy en mis pensamientos y recuerdos que ganas de mirarlos a los ojos y dar las gracias en el tiempo, porque el tiempo olvida, yo no.
Nuestro colegio llevó a nuestro curso en bus y los otros del mismo nivel a una jornada espiritual en Punta de Tralca, una casa de retiro perteneciente al arzobispado en la comuna del Quisco en Isla negra se suponía que eran tres días de reflexión que nos ayudaban a encontrarnos con la fe bajo una mirada distinta, allí compartimos pieza en los fríos, viejos y oscuros pasillos de un claustro, pero para Juangui y para mí, los sacos de dormir y la leyenda de la monja que penaba en los pasillos donde dormíamos, la pasamos bien junto a nuestros compañeros y profesores que nos acompañaban entre actividades de reencuentro y también deportivas cuando nos hacían bajar a la playa.
A mi amigo le gustaba hacer rabiar a Claudita, entre bromas de hermano mayor a veces la dejaba llorando hasta que la tía lo retaba, tuve la suerte de conocer a su abuelita y también al hermano de la tía que siempre llegaba en bicicleta a veces a visitarlos.
La vez que la familia de Juangui me invitaron al lago Rapel a casa de un compañero de trabajo de su papá, nos fuimos en el auto en un entretenido viaje escuchando canciones de Los Beatles, entre las golosinas que la tía Irene nos llevaba para endulzar el camino aprovechamos de pasar a conocer la gigante represa que se impone sobre el bello lago y sus paisajes. La familia nos recibió cariñosamente, al entrar con mi amigo nos encontramos con un gran patio un prado verde y el muelle de madera en el lago. Sin esperar nos pusimos nuestros trajes de baños para preparar el bote inflable con unos remos para la aventura de tener todo el Rapel solo para nosotros dos. Desde allí veíamos las lanchas, veleros y las motos de agua que pasaban muy cerca de nosotros. Una vez que nuestro bote inflable estaba listo, nos subimos cada uno agarramos remos pero graciosamente los primeros metros que avanzamos uno de los remos se rompió y se hundió, los tíos se reían desde el muelle de nuestra buena suerte. Nos devolvimos entre las risas y las "putiadas" que Juangui le decía a nuestro fallido bote. Nada de eso importó, porque desde el mismo muelle nos lanzamos los mejores piqueros y bombitas…así se nos fue la tarde, no sabíamos que estábamos dejando un recuerdo en el tiempo, simplemente disfrutábamos pasarlo bien juntos. Nos vinimos a casa entre los colores de un arrebol y el atardecer ya muy cansados, el agua del lago se había robado toda nuestra energía tanto jugar, fue un día de esos que no se olvidan.
Una semana antes de la navidad del 1991 la familia de mi amigo Juangui invitaron a mis padres y a mí a pasar la navidad a su casa, en su mesa y junto a su árbol de luces de colores que la tía Irene ya había armado junto a la pequeña Claudita. Estábamos solos los tres en Santiago, con algunas complicaciones económicas, ese fue el mejor regalo para mis padres porque estar en compañía de tan bellas personas nuestra navidad tenía un sentido más profundo, esa noche la tía Irene preparó una rica cena junto a la botella de vino que el tío Juan compartió junto a mi padre, a las doce de la noche mi amigo recibió su bicicleta verde mountain bike con frenos shimano que tanto había deseado y yo la patineta…vi a mis papás muy alegres a pesar que el cielo de esa noche se rompía lloviendo en un mes de Diciembre, aquella noche de navidad mis padres nunca la olvidaron hasta el día de hoy cuando el tiempo entre conversaciones nos recuerda que la vida es solo un viaje de bellos momentos, páginas en blanco donde todos podemos escribir nuestras propias historias
El color de mi casa nueva en los dos primeros años viviendo en Santiago se pintó con las risas de los buenos momentos que pase junto a mi amigo Juangui, se pintó de suaves colores de los pinceles de cariño de la tía Irene, con el manchón de brillo del corazón gigante del tío Juan porque en las paredes de mi casa quedaron coloreados esos momentos y no por todo lo que tuvimos que pasar para llegar a esta ciudad furiosa llamada Santiago.
Hace muy poco por esas cosas de la vida y en mi trabajo de vendedor, he vuelto a encontrarme con Juan Guillermo, conocí a uno de sus hijos que mirarlo a los ojos, fue volver el tiempo atrás de esta pequeña gran historia de amistad, donde volví a recordar a ese pequeño niño abrazado a su mamá el primer día de clases.
En uno de los último mensaje de texto en mi teléfono, Juan Guillermo, escribió una frase que me dejó pensado mientras iba en el metro camino a mi trabajo por la mañana…"la vida tiene tanta esquina linda"…y yo tuve la suerte conocerlas, de recorrerlas junto a un amigo en bicicleta y una patineta.
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