Corazón Pirata
"Cuando niño en la ventanilla del bus pude ver el reflejo de mi felicidad, fue una aventura irnos sin saber dónde quedaba la ciudad de Coquimbo. Con el tiempo y los años lo comprendí para volver"
-¿Quieren acompañarme?- dijo mi padre. Yo venía entrando a nuestra pieza de paredes color amarilla donde vivíamos en casa de mis abuelos. Me quedé en la puerta mirando con dudas sin entender mientras mis papás conversaban a media voz.
-¿En serio?- pregunto mi mamá. Su rostro era de felicidad. Sentándose de un salto bruscamente en su cama.
-¡Vamos a Coquimbo! ¡Acompáñenme!- mi padre exclamó, dejando su maletín azul oscuro lleno de papeles y documentos en el suelo. Con una leve sonrisa, papá ya había tomado la decisión de llevarnos con él.
-¿Dónde queda Coquimbo papá?- pregunté entre la curiosidad y la alegría de querer saber a dónde viajaríamos juntos.
-Hacia el Norte - me respondió. Sin saber dónde quedaba el Norte, me puse muy feliz con solo saber que viajaría con mis padres.
-Alistémonos porque debemos irnos ¡ahora ya!- añadió mi padre.
No me di cuenta cuando mi madre ya había tomado mi mochila color naranja fluor, con la que una vez fui a acampar a Olmué con mis amigos del grupo scout, la llenó de ropas junto con otro bolso más pequeño y el maletín de papá reventado de documentos aduaneros con multicopia color celeste, papeles y fotocopias dobladas. Porque a eso iba mi papá a la ciudad de Coquimbo, a trabajar.
Dentro de mi cabeza y mi corta edad pensaba que íbamos de vacaciones. Era nuestro primer gran largo viaje fuera de Valparaíso. Y la verdad es que tampoco imaginé que viajaría toda la noche por tantas horas. La emoción no podía contenerla, era demasiado pensar que "dormiría" arriba de un bus.
Nos despedimos de mis abuelos, partimos rápidamente al rodoviario esa noche. Al llegar al terminal de buses de la Av. Pedro Montt, mi papá sacó los pasajes y nos sentamos a esperar la llegada del bus que nos llevaría al Norte, aún no sabía dónde quedaba el Norte, pero que me importaba, yo quería subirme luego al enorme bus de seis ruedas que tendría un baño para irnos lejos, muy lejos de casa. Antes de subirnos mi mamá compró unas golosinas, unas pequeñas bebidas de sabor, solo eso porque desde la casa llevábamos unos pancitos con fiambre con margarina que servirían para las próximas 8 horas.
Al subir y ubicar nuestros asientos como todo cabro chico quería irme hacia el lado de la ventana, eso significó que mis padres se fueran juntos y yo solito en el asiento del frente. No conocía los buses con asientos reclinables, así es que me acomodé echando mi asiento para atrás y apretando el botoncito sobre tu cabeza, se prendió una lucecita que iluminaba el lugar donde yo estaba sentado. Antes de partir el bus, a mi lado se sentó un caballero un poco más adulto que mi padre. Saliendo de Viña del Mar el ayudante del conductor, nos entregó las frazadas para taparnos por si nos daba frío. Mi curiosidad no se hizo esperar, le pedí permiso al caballero para ir al baño, pero yo no tenía ganas de orinar, quería ver cómo era un baño de un bus de viaje. Era bastante pequeño para un bus tan grande, con olor a químico y orina. Abrí la llave del lavamos y salía agua, lo encontré curioso y divertido. Adentro una luz tenue y la ventanilla que dejaba entrar aire fresco. Al salir, cerré la puerta. Luego volví caminando con el bus en movimiento a mi asiento, pidiendo permiso al caballero que sería mi compañero de viaje. Mamá me dio un pan y algo para beber. Mientras masticaba mi pan me gustaba mirar por la ventana del bus, no era mucho lo que podía ver hacia afuera, porque estaba oscuro, solo las luces de los postes de la carretera en la velocidad del bus y las siluetas de los cerros de media distancia del paisaje oscuro. Con la cortina del bus corrida por completa pude ver el reflejo de mi cara en la ventana y un poco el de mis padres. En un par de horas mi mamá me dio unas golosinas y parece que ahí estuvo el problema con el azúcar porque nunca tuve sueño por las próximas seis horas. Apagué la lucecita sobre mi cabeza pero quedé despierto toda la noche, imaginándome cómo sería el lugar que visitaríamos y cada una hora pedía permiso al caballero con cara de adulto cansado, permiso para ir al baño. Vi a mi padre cerrar los ojos, mi madre nerviosa por mi culpa porque a mi compañero de asiento no lo dejé dormir en toda la noche. La única oportunidad que tuvo de pegar los ojos, el bus justo se detuvo, yo corrí la cortina - ¡mamá estamos en Los Vilos! - susurré- al caballero lo volví a despertar.
Habíamos llegado cuando la máquina se detuvo en una de las avenidas principales de la desconocida ciudad, eran las 5:45 aproximadamente de la madrugada. Antes de bajar mi mamá le pidió disculpas a mi compañero de asiento con cara de sueño.
Bajamos del bus, toda la calle estaba oscura, los locales cerrados, solo una pequeña ventanilla en una galería donde mi papá pudo preguntar donde había un hotel cerca para quedarnos. Comenzamos a caminar con los dos bolsos y un maletín por la Av. Bilbao los tres, la calle estaba menos oscura porque estaba amaneciendo, iba de la mano de mi mamá.
Podía sentir ese aire fresco de la ciudad instalada al lado del mar que para mí es fácil de reconocer. Caminamos unas cinco cuadras hasta llegar a esquina de calle Aldunate. Atravesamos la calle para ver a un edificio blanco con una mediana escalera de cemento empinada cuyo letrero de forma vertical rojo con pequeñas ampolletas amarillas cálidas iluminadas decía Hotel Prat.
Entramos, nos registramos con la administradora, una señora de edad con gruesos marcos de lentes color negro y pelo mal teñido. Nos pasaron una pequeña habitación con dos camas de plaza y media más un baño. Nos acomodamos para tratar de dormir aunque fuese un rato, porque mi papá pronto debía irse a trabajar a las oficinas de la aduana del puerto de Coquimbo.
Solo fueron un par de horas para descansar nuestros ojos, nos levantamos para ir a desayunar en el diminuto comedor del hotel. Aún recuerdo el sabor y olor de las tostadas con bolitas de mantequilla que pusieron en nuestra mesa, con un platillito de mermelada de durazno. Mamá nos servio un té con leche en las tasas con el jarro plateado brillante de agua caliente, un simple desayuno, el más exquisito para mí.
Acompañamos a mi padre por las cuadras más cercanas del hotel a encaminarlo porque tenía que irse a trabajar a la aduana, bajamos por la calle principal hasta llegar donde vimos el mar, ni tan cerca ni muy lejos se veía la bahía portuaria, debíamos devolvernos con mi mamá por las calles del centro de Coquimbo llamado Barrio Inglés. Nos desviamos unas cuadras cercanas para conocer su plaza principal con verdes árboles y jardines en frente de ella la torre de una iglesia. Mucho centro comercial de tiendas, galerías, edificios bancarios.
Desde las primeras horas antes de medio día, esta ciudad me empezaba a gustar, se me hacía familiar sin saber porque. Las horas pasaron muy rápidas, nuestros estómagos ya tenían hambre. Por la tarde mi papá llegó a buscarnos al hotel para salir a comer algo, nos fuimos por las mismas calles recorridas hasta que llegamos un par de cuadras antes a un lugar típico perteneciente a los locales del mercado central. Caminábamos tímidos, nos sentíamos extranjeros en las calles del antiguo casco histórico patrimonial del viejo Coquimbo.
Volvimos al hotel, llegada la noche lo mejor estaba por venir, saldríamos a dar una vuelta por la ciudad, bajamos para irnos directo a la plaza de armas de Coquimbo, estaba muy iluminada, se veía hermosa, llena de vida, sus árboles bien podados, muchas personas estaban caminando de paseo tomando el fresco a esa hora. Fue en ese momento que mis ojos se fueron directamente a un grupo de personas que se encontraban reunidas viendo el espectáculo callejero de dos payasos. Siempre me habían gustado los payasos, desde que estaba más niño, cuando los circos con tristes animales se instalaban en los barrios de mi querida caleta Portales en Valparaíso. Debo destacar que estos dos payasos callejeros no tenían nada que ver con el arte circense, sus rutinas eran de grueso calibre, dignos de una presentación solo para los adultos, el público los aplaudía riendo a carcajadas, mis padres no paraban de reír como todas las personas asistentes en circulo para dar escenario a la picardía de estos dos artistas, que siendo yo un cabro chico la rutina ordinaria la entendía perfectamente, más tarde al volver al hotel caminando comencé a imitar las ordinarias rutinas. Papá me miraba un poco serio, me fruncía el ceño, pero le robe varias risas a él y a mamá.
Así al otro día, volvimos a tomar desayuno en el hotel y mi papá antes de irse a trabajar a la aduana con sus carpetas bajo el brazo, una familia de acento argentino de la ciudad de Córdoba que se hospedaban en el hotel tenían una hija cercana a mi edad, le pidieron respetuosamente a mis padres permiso para llevarme con ellos un rato a la playa para acompañar a su tímida hija de ojos azules que nunca le oí decir un "cheeee" como solo los argentinos saben hacerlo. Fuimos a la playa más cercana, conocida como playa La Herradura, si bien al principio me gustó la idea de haberlos acompañado, los que mejor la pasaron fueron los dos adultos argentinos porque yo me quedé siempre al lado de la niña muda, viendo como sus padres tomaban mate. Como nadie hablaba bajo los quitasoles aproveché de ir a bañarme en el mar y observar la hermosa bahía de Coquimbo, las aguas de color azul verde y un mediano oleaje hacían de esta hermosa entrada de agua una belleza distinta junto a los cantos de gaviotas. A lo lejos colindante con el mar y un paisaje más oscuro en el cerro se veían las chimeneas, gigantes tubos de acero y un largo tren con carros de carga de aspecto minero cruzando a una baja velocidad, como una postal detenida en el tiempo de un lugar al que la historia en épocas gloriosas llamaba el puerto de Guayacán. Más adentro grandes barcos de carga. La imagen frente a mis ojos, la guardé por muchos años hasta hoy.
Un rato después volvimos al hotel con la desconocida familia trasandina, me bañé para sacar la arena y sal de mi cuerpo. En la tarde cuando mi papá llegó a buscarnos con mi mamá al hotel, nos avisó que uno de los barcos que esperaba la agencia se había atrasado, eso significaba que deberíamos quedarnos dos días más en la ciudad puerto. Se suponía que íbamos por tres días a Coquimbo. Yo no decía nada, pero estaba feliz. Mientras me comía mi pan con queso fresco que mamá nos había preparado en la pequeña pieza del hotel, para ahorrar dinero.
La mañana del día siguiente mi papá salió más temprano de lo habitual a trabajar y ver sus temas aduaneros que solo él entiende, y en fracciones de algunos minutos volvió a buscarnos al hotel porque ahora íbamos a ir a la ciudad de la Serena. Un día antes un tartamudo nos había aconsejado ir a la playa de Tototo totototo toto, trataba de decir Totoralillo, pero no pudimos ir, por tiempo y dinero.
Tomamos una micro tipo liebre, esas siempre andan rápido. Salimos de Coquimbo, cruzando los sectores de Peñuelas que desde la ventana se veían los verdes humedales de la zona y a lo lejos su distancia, el mar. El chofer nos avisó que ya habíamos llegado al cabo de veinticinco minutos a nuestro destino. Nos bajamos del micro bus, una hermosa plaza larga en profundidad con grandes álamos que daban sombra nos recibía, bancas de cemento puestas de forma lineal y cada veinte metros medianas esculturas de cuerpos desnudos, ángeles, musas, imágenes sacras que al mirarlas a los ojos se comunicaban con nosotros en el propio silencio de esta misteriosa ciudad. Tomamos algunas fotografías con mis padres para el recuerdo. Seguimos caminando en los costados del paseo de las esculturas habían pequeños lavabos metálicos para beber agua fresca, que nos decían que debíamos seguir para recorrer esta ciudad a la que llamaban La Serena, bien puesto su nombre desde los años antepasados ahora me tocaba conocerla con solo diez años de edad.
Soberana belleza la de esta ciudad colonial de frontis colores ladrillos, limpia, tranquila sin visitantes en un mes de Febrero, los adoquines de sus calles nos mostraban como el tiempo pasado aún seguía allí presente, junto a mis padres caminando sobre la historia, sin permiso ni licencia al turismo de la modernidad. Cuando llegamos a su Plaza principal su pileta de agua en movimiento y jardines bien cuidados se llevaron nuestras miradas. Frente a nuestros ojos el edificio de la intendencia más toda la majestuosidad de su catedral. Al entrar su altura y belleza interior te dejaban con la boca abierta, la imagen del cristo crucificado al fondo de su altar se impone ante cualquier duda de fe, sus vitrales pintados dejaban entrar esa luz natural desde el exterior iluminando a cada ser terrenal presente. En sus pasillos laterales unos cajones llamados confesionarios, en maderas de oscuros caobas, grandes y robustos para la acumulación de pecados de los que se arrodillaban al lado de la discreta ventanilla del perdón. Antes de salir de la catedral mi mamá me persignó con agua bendita de la pileta de mármol.
Conejeando y preguntando era la forma de aquellos años geolocalizarnos sin un google maps, por la calles interiores de la ciudad. Buscando algunos cortes, llegamos a un lugar donde mi papá nos dice que se llamaba La Recova, un edificio con balcones de madera al parecer importante porque estaba lleno de puestos artesanales de objetos típicos de la zona, restaurantes y una amplia variedad de productos derivados de las papayas…y aquí mi mamá no se aguantó, compró dos bandejas de papayas confitadas para llevar, su tentación fue más fuerte. No pudimos comprar más cosas porque no había mucho dinero, pero caminar y conocer la ciudad junto a mis padres eso para mí era más que suficiente. Salimos del histórico mercado de abastos, buscando otra calle principal que nos llevara a lo que mi papá decía el faro…desde allí caminamos como cuarenta y cinco minutos devolviéndonos por la plaza de las estatuas desnudas, a lo lejos del túnel de árboles ya veíamos una calle abierta a la cual llamaban Av. del Mar.
Habíamos llegado al monumento más famoso llamado el faro de la serena, grande en altura impetuoso con la belleza del mar del fondo, y desde allí entendí al mirar la bahía de la cuarta región porque todo me era tan familiar, porque desde lejos ante mis ojos se parecía mucho a mi ciudad puerto. Su larga costanera caminable, se tomaba de la mano con los cerros y la entrada de los grandes barcos me hacían creer e imaginar desde el faro con kilómetros de distancia era un Valparaíso más pequeño.
Me quedé pensando que solo nos quedaba un día para irnos a casa. Era el viaje más importante de mi corta vida, porque cuando eres un niño deseas que lo que estás viviendo nunca se acabe. Mamá sacó para nosotros unas papayas confitadas para probarlas, ese sabor dulce quedó guardado en un lugar especial para siempre entre nosotros. Allí estábamos, mirando el mar, el sonido de sus bravas olas reventando en furia, tocando el viento en los muros del faro de la Serena. Nos devolvimos por el mismo camino para irnos a Coquimbo.
Nuestro último día antes de preparar el viaje de regreso a casa, por la tarde fuimos con mamá a encontrar a mi padre a la salida del edificio de la aduana para después ir a caminar por la costanera, cruzamos hasta llegar a la playa que estaba vacía y sin gente, con mi traje de baño puesto no dude en meterme al mar aunque ese día más bien estuvo nublado y frío, hasta un poco triste en las imágenes que vienen a la mente. Mis padres mientras me esperaban a que yo saliera del agua, me puse a recoger conchitas de pequeños caracoles que las olas del mar habían dejado en la arena. Las guardé en una bolsita para llevarlas de recuerdo a casa con los ingratos rayos de sol que las nubes oscuras tapaban ese atardecer inconcluso.
En la distancia vi a mis padres felices abrazados, esos días de trabajo de papá fueron por ironía de la vida también nuestras vacaciones.
Con el paso de los años ya adulto, volví varias veces a veranear con mi familia a este hermoso lugar al que hoy llaman Sindempart. La ciudad ya cambiada en gran parte por su modernidad, la Pampilla protegida por la sombra de la Cruz del Tercer Milenio y una larga nueva costanera de gigantes edificios que llaman al turismo de la región a conocerla, disfrutar de su cocina, playas y desde el puerto los entretenidos paseos en barcos piratas…
Cuenta una conocida leyenda que hace muchos años un pirata escondió un tesoro en alguna parte de la bahía de La Herradura de Coquimbo, la historia habla que muchos han sido quienes han buscado insaciablemente dicho tesoro, el cual hasta el momento no ha sido encontrado.
Al terminar de escribir esta memoria de mi infancia, las imágenes que guardé por tantos años me recuerdan que el único y gran tesoro que está enterrado en la región de Coquimbo, es el recuerdo de haber caminado junto a mis padres de la mano con los pies descalzos donde la arena toca el mar, donde las conchitas de caracol olvidadas se volvieron más valiosas que el mismo oro.
-¿En serio?- pregunto mi mamá. Su rostro era de felicidad. Sentándose de un salto bruscamente en su cama.
-¡Vamos a Coquimbo! ¡Acompáñenme!- mi padre exclamó, dejando su maletín azul oscuro lleno de papeles y documentos en el suelo. Con una leve sonrisa, papá ya había tomado la decisión de llevarnos con él.
-¿Dónde queda Coquimbo papá?- pregunté entre la curiosidad y la alegría de querer saber a dónde viajaríamos juntos.
-Hacia el Norte - me respondió. Sin saber dónde quedaba el Norte, me puse muy feliz con solo saber que viajaría con mis padres.
-Alistémonos porque debemos irnos ¡ahora ya!- añadió mi padre.
No me di cuenta cuando mi madre ya había tomado mi mochila color naranja fluor, con la que una vez fui a acampar a Olmué con mis amigos del grupo scout, la llenó de ropas junto con otro bolso más pequeño y el maletín de papá reventado de documentos aduaneros con multicopia color celeste, papeles y fotocopias dobladas. Porque a eso iba mi papá a la ciudad de Coquimbo, a trabajar.
Dentro de mi cabeza y mi corta edad pensaba que íbamos de vacaciones. Era nuestro primer gran largo viaje fuera de Valparaíso. Y la verdad es que tampoco imaginé que viajaría toda la noche por tantas horas. La emoción no podía contenerla, era demasiado pensar que "dormiría" arriba de un bus.
Nos despedimos de mis abuelos, partimos rápidamente al rodoviario esa noche. Al llegar al terminal de buses de la Av. Pedro Montt, mi papá sacó los pasajes y nos sentamos a esperar la llegada del bus que nos llevaría al Norte, aún no sabía dónde quedaba el Norte, pero que me importaba, yo quería subirme luego al enorme bus de seis ruedas que tendría un baño para irnos lejos, muy lejos de casa. Antes de subirnos mi mamá compró unas golosinas, unas pequeñas bebidas de sabor, solo eso porque desde la casa llevábamos unos pancitos con fiambre con margarina que servirían para las próximas 8 horas.
Al subir y ubicar nuestros asientos como todo cabro chico quería irme hacia el lado de la ventana, eso significó que mis padres se fueran juntos y yo solito en el asiento del frente. No conocía los buses con asientos reclinables, así es que me acomodé echando mi asiento para atrás y apretando el botoncito sobre tu cabeza, se prendió una lucecita que iluminaba el lugar donde yo estaba sentado. Antes de partir el bus, a mi lado se sentó un caballero un poco más adulto que mi padre. Saliendo de Viña del Mar el ayudante del conductor, nos entregó las frazadas para taparnos por si nos daba frío. Mi curiosidad no se hizo esperar, le pedí permiso al caballero para ir al baño, pero yo no tenía ganas de orinar, quería ver cómo era un baño de un bus de viaje. Era bastante pequeño para un bus tan grande, con olor a químico y orina. Abrí la llave del lavamos y salía agua, lo encontré curioso y divertido. Adentro una luz tenue y la ventanilla que dejaba entrar aire fresco. Al salir, cerré la puerta. Luego volví caminando con el bus en movimiento a mi asiento, pidiendo permiso al caballero que sería mi compañero de viaje. Mamá me dio un pan y algo para beber. Mientras masticaba mi pan me gustaba mirar por la ventana del bus, no era mucho lo que podía ver hacia afuera, porque estaba oscuro, solo las luces de los postes de la carretera en la velocidad del bus y las siluetas de los cerros de media distancia del paisaje oscuro. Con la cortina del bus corrida por completa pude ver el reflejo de mi cara en la ventana y un poco el de mis padres. En un par de horas mi mamá me dio unas golosinas y parece que ahí estuvo el problema con el azúcar porque nunca tuve sueño por las próximas seis horas. Apagué la lucecita sobre mi cabeza pero quedé despierto toda la noche, imaginándome cómo sería el lugar que visitaríamos y cada una hora pedía permiso al caballero con cara de adulto cansado, permiso para ir al baño. Vi a mi padre cerrar los ojos, mi madre nerviosa por mi culpa porque a mi compañero de asiento no lo dejé dormir en toda la noche. La única oportunidad que tuvo de pegar los ojos, el bus justo se detuvo, yo corrí la cortina - ¡mamá estamos en Los Vilos! - susurré- al caballero lo volví a despertar.
Habíamos llegado cuando la máquina se detuvo en una de las avenidas principales de la desconocida ciudad, eran las 5:45 aproximadamente de la madrugada. Antes de bajar mi mamá le pidió disculpas a mi compañero de asiento con cara de sueño.
Bajamos del bus, toda la calle estaba oscura, los locales cerrados, solo una pequeña ventanilla en una galería donde mi papá pudo preguntar donde había un hotel cerca para quedarnos. Comenzamos a caminar con los dos bolsos y un maletín por la Av. Bilbao los tres, la calle estaba menos oscura porque estaba amaneciendo, iba de la mano de mi mamá.
Podía sentir ese aire fresco de la ciudad instalada al lado del mar que para mí es fácil de reconocer. Caminamos unas cinco cuadras hasta llegar a esquina de calle Aldunate. Atravesamos la calle para ver a un edificio blanco con una mediana escalera de cemento empinada cuyo letrero de forma vertical rojo con pequeñas ampolletas amarillas cálidas iluminadas decía Hotel Prat.
Entramos, nos registramos con la administradora, una señora de edad con gruesos marcos de lentes color negro y pelo mal teñido. Nos pasaron una pequeña habitación con dos camas de plaza y media más un baño. Nos acomodamos para tratar de dormir aunque fuese un rato, porque mi papá pronto debía irse a trabajar a las oficinas de la aduana del puerto de Coquimbo.
Solo fueron un par de horas para descansar nuestros ojos, nos levantamos para ir a desayunar en el diminuto comedor del hotel. Aún recuerdo el sabor y olor de las tostadas con bolitas de mantequilla que pusieron en nuestra mesa, con un platillito de mermelada de durazno. Mamá nos servio un té con leche en las tasas con el jarro plateado brillante de agua caliente, un simple desayuno, el más exquisito para mí.
Acompañamos a mi padre por las cuadras más cercanas del hotel a encaminarlo porque tenía que irse a trabajar a la aduana, bajamos por la calle principal hasta llegar donde vimos el mar, ni tan cerca ni muy lejos se veía la bahía portuaria, debíamos devolvernos con mi mamá por las calles del centro de Coquimbo llamado Barrio Inglés. Nos desviamos unas cuadras cercanas para conocer su plaza principal con verdes árboles y jardines en frente de ella la torre de una iglesia. Mucho centro comercial de tiendas, galerías, edificios bancarios.
Desde las primeras horas antes de medio día, esta ciudad me empezaba a gustar, se me hacía familiar sin saber porque. Las horas pasaron muy rápidas, nuestros estómagos ya tenían hambre. Por la tarde mi papá llegó a buscarnos al hotel para salir a comer algo, nos fuimos por las mismas calles recorridas hasta que llegamos un par de cuadras antes a un lugar típico perteneciente a los locales del mercado central. Caminábamos tímidos, nos sentíamos extranjeros en las calles del antiguo casco histórico patrimonial del viejo Coquimbo.
Volvimos al hotel, llegada la noche lo mejor estaba por venir, saldríamos a dar una vuelta por la ciudad, bajamos para irnos directo a la plaza de armas de Coquimbo, estaba muy iluminada, se veía hermosa, llena de vida, sus árboles bien podados, muchas personas estaban caminando de paseo tomando el fresco a esa hora. Fue en ese momento que mis ojos se fueron directamente a un grupo de personas que se encontraban reunidas viendo el espectáculo callejero de dos payasos. Siempre me habían gustado los payasos, desde que estaba más niño, cuando los circos con tristes animales se instalaban en los barrios de mi querida caleta Portales en Valparaíso. Debo destacar que estos dos payasos callejeros no tenían nada que ver con el arte circense, sus rutinas eran de grueso calibre, dignos de una presentación solo para los adultos, el público los aplaudía riendo a carcajadas, mis padres no paraban de reír como todas las personas asistentes en circulo para dar escenario a la picardía de estos dos artistas, que siendo yo un cabro chico la rutina ordinaria la entendía perfectamente, más tarde al volver al hotel caminando comencé a imitar las ordinarias rutinas. Papá me miraba un poco serio, me fruncía el ceño, pero le robe varias risas a él y a mamá.
Así al otro día, volvimos a tomar desayuno en el hotel y mi papá antes de irse a trabajar a la aduana con sus carpetas bajo el brazo, una familia de acento argentino de la ciudad de Córdoba que se hospedaban en el hotel tenían una hija cercana a mi edad, le pidieron respetuosamente a mis padres permiso para llevarme con ellos un rato a la playa para acompañar a su tímida hija de ojos azules que nunca le oí decir un "cheeee" como solo los argentinos saben hacerlo. Fuimos a la playa más cercana, conocida como playa La Herradura, si bien al principio me gustó la idea de haberlos acompañado, los que mejor la pasaron fueron los dos adultos argentinos porque yo me quedé siempre al lado de la niña muda, viendo como sus padres tomaban mate. Como nadie hablaba bajo los quitasoles aproveché de ir a bañarme en el mar y observar la hermosa bahía de Coquimbo, las aguas de color azul verde y un mediano oleaje hacían de esta hermosa entrada de agua una belleza distinta junto a los cantos de gaviotas. A lo lejos colindante con el mar y un paisaje más oscuro en el cerro se veían las chimeneas, gigantes tubos de acero y un largo tren con carros de carga de aspecto minero cruzando a una baja velocidad, como una postal detenida en el tiempo de un lugar al que la historia en épocas gloriosas llamaba el puerto de Guayacán. Más adentro grandes barcos de carga. La imagen frente a mis ojos, la guardé por muchos años hasta hoy.
Un rato después volvimos al hotel con la desconocida familia trasandina, me bañé para sacar la arena y sal de mi cuerpo. En la tarde cuando mi papá llegó a buscarnos con mi mamá al hotel, nos avisó que uno de los barcos que esperaba la agencia se había atrasado, eso significaba que deberíamos quedarnos dos días más en la ciudad puerto. Se suponía que íbamos por tres días a Coquimbo. Yo no decía nada, pero estaba feliz. Mientras me comía mi pan con queso fresco que mamá nos había preparado en la pequeña pieza del hotel, para ahorrar dinero.
La mañana del día siguiente mi papá salió más temprano de lo habitual a trabajar y ver sus temas aduaneros que solo él entiende, y en fracciones de algunos minutos volvió a buscarnos al hotel porque ahora íbamos a ir a la ciudad de la Serena. Un día antes un tartamudo nos había aconsejado ir a la playa de Tototo totototo toto, trataba de decir Totoralillo, pero no pudimos ir, por tiempo y dinero.
Tomamos una micro tipo liebre, esas siempre andan rápido. Salimos de Coquimbo, cruzando los sectores de Peñuelas que desde la ventana se veían los verdes humedales de la zona y a lo lejos su distancia, el mar. El chofer nos avisó que ya habíamos llegado al cabo de veinticinco minutos a nuestro destino. Nos bajamos del micro bus, una hermosa plaza larga en profundidad con grandes álamos que daban sombra nos recibía, bancas de cemento puestas de forma lineal y cada veinte metros medianas esculturas de cuerpos desnudos, ángeles, musas, imágenes sacras que al mirarlas a los ojos se comunicaban con nosotros en el propio silencio de esta misteriosa ciudad. Tomamos algunas fotografías con mis padres para el recuerdo. Seguimos caminando en los costados del paseo de las esculturas habían pequeños lavabos metálicos para beber agua fresca, que nos decían que debíamos seguir para recorrer esta ciudad a la que llamaban La Serena, bien puesto su nombre desde los años antepasados ahora me tocaba conocerla con solo diez años de edad.
Soberana belleza la de esta ciudad colonial de frontis colores ladrillos, limpia, tranquila sin visitantes en un mes de Febrero, los adoquines de sus calles nos mostraban como el tiempo pasado aún seguía allí presente, junto a mis padres caminando sobre la historia, sin permiso ni licencia al turismo de la modernidad. Cuando llegamos a su Plaza principal su pileta de agua en movimiento y jardines bien cuidados se llevaron nuestras miradas. Frente a nuestros ojos el edificio de la intendencia más toda la majestuosidad de su catedral. Al entrar su altura y belleza interior te dejaban con la boca abierta, la imagen del cristo crucificado al fondo de su altar se impone ante cualquier duda de fe, sus vitrales pintados dejaban entrar esa luz natural desde el exterior iluminando a cada ser terrenal presente. En sus pasillos laterales unos cajones llamados confesionarios, en maderas de oscuros caobas, grandes y robustos para la acumulación de pecados de los que se arrodillaban al lado de la discreta ventanilla del perdón. Antes de salir de la catedral mi mamá me persignó con agua bendita de la pileta de mármol.
Conejeando y preguntando era la forma de aquellos años geolocalizarnos sin un google maps, por la calles interiores de la ciudad. Buscando algunos cortes, llegamos a un lugar donde mi papá nos dice que se llamaba La Recova, un edificio con balcones de madera al parecer importante porque estaba lleno de puestos artesanales de objetos típicos de la zona, restaurantes y una amplia variedad de productos derivados de las papayas…y aquí mi mamá no se aguantó, compró dos bandejas de papayas confitadas para llevar, su tentación fue más fuerte. No pudimos comprar más cosas porque no había mucho dinero, pero caminar y conocer la ciudad junto a mis padres eso para mí era más que suficiente. Salimos del histórico mercado de abastos, buscando otra calle principal que nos llevara a lo que mi papá decía el faro…desde allí caminamos como cuarenta y cinco minutos devolviéndonos por la plaza de las estatuas desnudas, a lo lejos del túnel de árboles ya veíamos una calle abierta a la cual llamaban Av. del Mar.
Habíamos llegado al monumento más famoso llamado el faro de la serena, grande en altura impetuoso con la belleza del mar del fondo, y desde allí entendí al mirar la bahía de la cuarta región porque todo me era tan familiar, porque desde lejos ante mis ojos se parecía mucho a mi ciudad puerto. Su larga costanera caminable, se tomaba de la mano con los cerros y la entrada de los grandes barcos me hacían creer e imaginar desde el faro con kilómetros de distancia era un Valparaíso más pequeño.
Me quedé pensando que solo nos quedaba un día para irnos a casa. Era el viaje más importante de mi corta vida, porque cuando eres un niño deseas que lo que estás viviendo nunca se acabe. Mamá sacó para nosotros unas papayas confitadas para probarlas, ese sabor dulce quedó guardado en un lugar especial para siempre entre nosotros. Allí estábamos, mirando el mar, el sonido de sus bravas olas reventando en furia, tocando el viento en los muros del faro de la Serena. Nos devolvimos por el mismo camino para irnos a Coquimbo.
Nuestro último día antes de preparar el viaje de regreso a casa, por la tarde fuimos con mamá a encontrar a mi padre a la salida del edificio de la aduana para después ir a caminar por la costanera, cruzamos hasta llegar a la playa que estaba vacía y sin gente, con mi traje de baño puesto no dude en meterme al mar aunque ese día más bien estuvo nublado y frío, hasta un poco triste en las imágenes que vienen a la mente. Mis padres mientras me esperaban a que yo saliera del agua, me puse a recoger conchitas de pequeños caracoles que las olas del mar habían dejado en la arena. Las guardé en una bolsita para llevarlas de recuerdo a casa con los ingratos rayos de sol que las nubes oscuras tapaban ese atardecer inconcluso.
En la distancia vi a mis padres felices abrazados, esos días de trabajo de papá fueron por ironía de la vida también nuestras vacaciones.
Con el paso de los años ya adulto, volví varias veces a veranear con mi familia a este hermoso lugar al que hoy llaman Sindempart. La ciudad ya cambiada en gran parte por su modernidad, la Pampilla protegida por la sombra de la Cruz del Tercer Milenio y una larga nueva costanera de gigantes edificios que llaman al turismo de la región a conocerla, disfrutar de su cocina, playas y desde el puerto los entretenidos paseos en barcos piratas…
Cuenta una conocida leyenda que hace muchos años un pirata escondió un tesoro en alguna parte de la bahía de La Herradura de Coquimbo, la historia habla que muchos han sido quienes han buscado insaciablemente dicho tesoro, el cual hasta el momento no ha sido encontrado.
Al terminar de escribir esta memoria de mi infancia, las imágenes que guardé por tantos años me recuerdan que el único y gran tesoro que está enterrado en la región de Coquimbo, es el recuerdo de haber caminado junto a mis padres de la mano con los pies descalzos donde la arena toca el mar, donde las conchitas de caracol olvidadas se volvieron más valiosas que el mismo oro.
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