Cuando los Barcos Dicen Adiós

 "Si las lágrimas pudieran formar un océano y los recuerdos un gran barco, el capitán tomaría su timón para traerlos de vuelta a nuestros puertos"


No estaba en mis apuntes, ni en mi cuaderno la idea de escribir esta historia, simplemente vino a mi mente cuando hace algunos días se nos presentó la idea de viajar a mi querido Valparaíso.
¡Vamos a conocer a Lucas! dijo una de mis hijas mientras yo terminaba de cenar,  acababa de llegar de mi trabajo. ¡Vamos porque después tendremos que volver a ir cuando llegue la Samantha!- exclamó, mi otra hija - y la alegría nos invadió por completo.  
Luquitas nació hace unos pocos meses, es el hijo de mi prima Fernanda y David, a quién quiero como una hermana, porque la vida nos ha mantenido juntos por diversas razones entre los bellos momentos familiares de alegrías como también otros tristes, porque así es la vida y a ella nadie puede discutirle.
Tomamos el bus con destino al puerto, y mientras viajaba a mi mente vino la pregunta porque me gusta tanto volver a mis barrios de Valparaíso, la respuesta es simple hay un pedazo de mi vida amarrada a las calles, los cerros y el mar…como definir ese gran océano que siempre me espera cada vez lo observo desde la Av. España camino a casa de mi tío Jorge, sientes como te saludan en el sonido del vaivén sus olas que acarician golpeando la costanera.
Al llegar a casa de mi prima y bajarnos del auto de Franco, la Isi y Maxi nos muestran su alegría al vernos, siendo los más pequeños del clan, sorpresa la mía de verlos tan felices al vernos llegar, abrazar a mis hijas para regalarnos una sonrisa, pero por sobre todo darme cuenta que a pesar de las distancias no es impedimento para formar un vínculo tan fuerte de amor entre nosotros. Al tomar a Lucas en brazos, ver en sus pequeños ojos lo rápido que la vida pasa frente a nosotros es por esa razón que tratas de valorar profundamente a quienes nos rodean y aprovechar cada momento, por pequeño que este sea. 
Subí a saludar a mi tío Jorge que estaba delicado de salud, había llegado hace poco del médico, ahora en su cama para recuperarse y al vernos nos regalamos una sonrisa y un beso que para mí es el mismo que el de un padre.
Al bajar la escalera veo la foto mi tía Luisa que me recuerda que nuestra vida está llena de puertos y en el arriban los grandes barcos que traen a nosotros personas valiosas que nos enseñan dejando recuerdos imborrables con el pasar de los años, ahí están, siempre latentes a cada momento ellos vienen a nosotros, en un sabor, una fotografía detenida en el tiempo, un objeto cualquier cosa que nos conecta con esos viajeros del tiempo que en algún lugar siguen anclados a nosotros a nuestra vida o a nuestros corazones.
A mis puertos llegaron personas que caminaron junto a mí por los muelles de mi infancia, juventud y adultez como mis abuelos, tíos cercanos en sangre y en el cariño, los momentos pasados que compartimos fueron al final del camino los que se quedaron. Y a pesar que algunos ya no están porque debieron partir antes de tiempo, es necesario siempre recordar para mí que me ayudaron personalmente a conectar a un nivel mucho más profundo, me enseñaron del amor a cómo hacerlo prevalecer en el tiempo, en los abrazos, en el beso sincero, en decir a alguien gracias por ser parte de mí, o un simple y sencillo momento a convertirlo en algo más grande. 
David prepara el fuego con una cerveza bien helada, pone la carne y los olores abren el apetito a la celebración que por casualidad es un 14 de Febrero, un día especial y que mejor que estar con las personas que amas.
Ahora abrazo a la Isi y al hacerlo es abrazar a Javiera pequeña, retroceder en un segundo el tiempo, esa magia hace el amor que compartimos al sentarnos en una mesa, una simple conversación pueden transformarse en horas, pierdes la noción del  tiempo, te pierdes entre las risas al recordar un buen momento pasado, en volver a beber de esa copa de vino que guarda tantas historias familiares compartidas.
Y mientras Lucas duerme, la Isi llora y Maxi acostado mira la tv. Franco desaparece fue a ver a mi tío, mientras Fernanda deja caer una lágrima de alegría al contarnos de la llegada de Luquitas a nuestras vidas.
Y sin darnos cuenta por la tarde minutos antes que el sol se escondiera estábamos en Viña del Mar, juntos caminando entre las personas, los globos con forma de corazón y los algodones de azúcar nos dejan ese olor al recuerdo de nuestra niñez, porque la vida es cíclica, se repite, te vuelves más reflexivo con el pasar de los años, disfrutas cada momento junto a las personas que caminan a tu lado.
Bajé hasta la arena para fotografiar ese atardecer que San Valentín nos regalaba y en el horizonte antes de oscurecer veo unas siluetas como unas sombras, son los barcos detenidos a la espera de algo con el mar en calma, las últimas gaviotas te recuerdan que el día acabó, mientras una gran ola mojó a la pareja de enamorados a la luz de las velas que allí se encontraban, a todos se nos dibujó una sonrisa del divertido momento.
Una linda selfie de todos juntos dejamos en la fotografía caminando al muelle Vergara y al caminar por los gruesos y renovados tablones de su construcción habían personas pescando, me acordé de mis padres junto a mi abuelo cuando íbamos a pescar a los rompeolas de la caleta Portales que desde allí ahora se veía solo una gran línea iluminada de la costanera que me vio crecer compartiendo tan bellos momentos que hoy solo son borrosas imágenes.
Lucas en los brazos de David, la Isi corriendo con el Maxi traen a mi memoria cuando fuimos niños, donde todo es un juego, porque al correr por un largo muelle a esa edad no sabes que estás dejando un recuerdo guardado en ese baúl personal que todos tenemos. Mientras Franco tomas las mejores fotografías para nosotros, el mar golpea con mediana fuerza los pilares del muelle y los barcos descansan adentro, siguen tranquilos como  si conversaran con la oscuridad en secreto, el viento pega en nuestros rostros. Debemos volver a casa.
Al despertar por la mañana en casa de mi tío Jorge, Rocío le pregunta dónde están los álbumes de fotos familiares, porque desea tomarle con su celular una fotografía donde salgan mis abuelos paternos para tener una imagen guardada que hace ya muchos años descansan en nuestras memorias. Al abrir los álbumes y rebuscar de forma aleatoria, aparecen las primeras fotografías de mi tío Jorge y mi tía Luisa cuando fueron a nuestra casa a Santiago a visitarnos cuando Fernanda estaba chica, fue una tarde de invierno, mis padres se ven contentos junto a ellos, la pasamos bien en aquel entonces  porque recuerdo que fuimos juntos al zoológico, mi tía y su bella sonrisa posando para la fotografía que hoy está entre mis manos. Busco más fotos aparecen las de mis abuelos en su aniversario de matrimonio, bella recepción con toda la familia unida, lo recuerdo como si hubiese sido ayer. Miro más fotos, algunas han perdido el color pero no su importancia, porque algunas personas se quedaron en nosotros durante todo el trayecto como mi amada tía…y otros que también pagaron un boleto anticipado a ese viaje misterioso sin regreso.
Al lugar más alto de Valparaíso Franco nos llevó en su auto esa mañana de Domingo. Hace muchos años que no miraba el puerto desde las alturas de los cerros, es inevitable no sentirte feliz allí observando la belleza de esa postal, el mar frente a tus ojos. Ante lo imponente del paisaje y mi alegría también reconozco que no fue el Valparaíso que yo dejé hace tantos años atrás, lo vi más sucio, más triste y olvidado.
Una vez más los barcos se dejan ver a la distancia, flotando en ese océano de azul profundo y un hermoso crucero blanco como un edificio flotante espera a los viajeros para seguir su camino en los cementos del puerto anclado. Nosotros camino a la playa con la Isi y el Maxi un rato para sentir la arena en nuestros pies, los más chicos felices mojándose tomados de la mano de mi hija Sofía, bella imagen que nos trajo ese momento cuando Javiera sin titubear se recuerda cuando con 3 años venía a la playa junto a nosotros con Karen. 
Pues así se forman los recuerdos, con las cosas más simple porque con el tiempo te das cuenta que la importancia de una persona no se mide por cuanto tiempo estuvo a tu lado, sino en los momentos que compartieron, recuerdo que vuelven a ti en pequeños instantes como el sabor del pollo arvejado que cocinó mi prima para nosotros al volver a casa…allí estaba mi tía Luisa, sentada junto a nosotros en la mesa, en el sabor de la mano y el olor del exquisito almuerzo.
Por la tarde en el paseo Atkinson, unas fotos hermosas junto a mi familia, abrazo a Franco y le doy las gracias por hacernos feliz con algo tan simple como caminar por el mirador que mis hijas no conocían, una foto en la escalera con teclas de piano y otro mirador frente al mar, entre las casas patrimoniales de mi Valparaíso, frente a mis ojos otros barcos.
En los puertos de nuestros corazones llegan barcos que dejan en nosotros nuevas personas a caminar de la mano este largo camino llamado vida, somos felices al recibirlos, somos afortunados al vivir junto a ellos para dejar momentos que no se borrarán, como nuestros hijos, como Lucas, como a nuestros abuelos, padres, tíos o como Samantha que también pronto llegará a nosotros.. En los puertos de la vida algunos bajan y otros suben en los barcos para emprender otro viaje pero ese pasaje no tiene regreso...cuando los barcos dicen adiós también se llevan a los que amamos, los vi tomar ese barco que se alejó dejando en el mar la marca blanca del giro de su hélice que deja una espuma de recuerdos anclados para siempre en nosotros.
Ahora puedo entender de alguna manera porque no me cuesta decirle a alguien cuanto lo quiero, me gusta mirar a los ojos, beber una cerveza bien helada, prender un fuego compartiendo historias con las personas que se han atrevido atracar en nuestros puertos. 
Llegamos a casa por la tarde, había llegado mi prima a la cual yo le digo Lola, crecimos juntos, tenemos amarrada la vida por la sangre y por tantas cosas que la vida nos ha regalado, le di un beso en su mejilla y vi en sus ojos tranquilidad porque hace muy poco ella estuvo en los muelles de su puerto junto a su familia despidiendo a un ser querido. Debo respetar ese silencio y dejar esa conversación para otro momento, porque aún están las marcas de su barco en el mar. 
Fuimos con Franco a dejarla para tomar el último tren con destino a Villa Alemana. Terminaba nuestro día domingo, la Isi nos regala un beso de despedida para ir a casa con sus padres, nos despedimos con la promesa que vendrán a verme con los niños a Santiago. Al finalizar el día mi tío Jorge se sentía mucho mejor.
Fue un fin de semana maravilloso, no me quiero ir y cada vez que vengo me pasa lo mismo, le dije a David.
Cuando los barcos dicen adiós, nos enseñan a amar a las personas que nos regalan sonrisas, a disfrutar del sol cuando se esconde en el mar y a escuchar la voz que nos dice un simple "te quiero", porque las personas importantes son valiosas precisamente porque el reloj corre sin detenerse y porque el último abrazo nunca nos avisa ni como, ni cuándo y porque…


     "Historia dedicada a mis familiares y a todos los que ya tomaron esos barcos"

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