Detrás de la Máscara
"Decirle a mis padres quiero ser actor fue como un salto al vacío, sentí miedo de encontrarme frente a frente con mi propia máscara"
El viaje personal de mi destino no fue fácil, buscaré las palabras y los recuerdos del pasado aunque el pecho a momentos se apriete. Respiro y siento el aire fresco que entra desde la ventana de mi dormitorio, pero no puedo negar que me cuesta escribir esta noche de Abril, porque este capítulo ya estaba apuntado en mi cuaderno hace ya mucho tiempo, aunque me atrevería decir que talvez estaba escrito desde que yo era un niño, no escribirlo sería dejar fuera de estas memorias las luces y sombras de los caminos que me llevaron a ser un actor.
Imágenes, algunas un poco más difuminadas por el tiempo trae a mi recuerdo el primer aplauso. Lo siento claramente con mucha emoción porque hasta hace poco esa vieja fotografía estuvo en mis manos que guardo como uno de mis objetos de valor. El rostro pintado como payaso con mi primo Alejandro a quién también recuerdo junto a mi afuera de la cocina de nuestra Lela en una de las tantas fiestas familiares donde hacíamos reír con tontas rutinas y bailes copiados de los circos que se instalaban frente a nuestra casa en caleta Portales. Este es el punto de partida en los caminos de mi vida porque me gustaba ese arte, sus colores, las gigantes carpas con luces que iluminaban las noches al lado del mar, los camiones con gigantografías pintadas con las caras de payasos que anunciaban la llegada de la alegría a mis barrios. En las mañanas desde muy temprano las camionetas con su perifoneo "pasen a ver el circo" anunciaban los horarios de sus funciones. Es aquí donde mi corazón se agitaba con la idea de ir a ver los espectáculos y le pedía a mis papás llevarme. Desde el balcón de nuestra casa observaba los circos, fui a verlos casi todos y las veces que no pudimos ir por temas familiares económicos, igual mis padres me llevaban aunque fuese a pasear por fuera, desde allí yo escuchaba los aplausos, la ovación que el público regalaba a esos artistas. Familias completas, grandes, chicos con algodones de azúcar y manzanas confitadas dibujaban sonrisas en las viejas calles de los barrios donde pasé gran parte de mi niñez. En las madrugadas cuando el espectáculo terminaba en el silencio de esas noches el pobre y viejo león quería salir de la pequeña jaula que lo apresaba de su libertad salvaje, porque sus rugidos, sus penas se escuchaban desde la pieza donde vivíamos. A esos pobres animales maltratados no les gustaba el circo, los vi sufrir… ellos no habían elegido en su vida ser parte de un espectáculo, en cambio los aplausos para mi fueron como una brújula.
Luego vino mi entrada al liceo es aquí donde mis intereses escénicos vuelven a despertar de forma genuina porque, siempre levanté la mano en mi sala de clases a la hora de hacer una representación escolar, actuaba, cantaba, bailaba aunque más de una vez no le dije a mis padres, a veces no quería que se enteraran, participaba a escondidas, irónicamente sentía vergüenza contarle a mis padres, no sé porque me invadían esos extraños sentimientos de culpa que hoy puedo contar a través de mis palabras escritas. Mis padres se enteraban no por mí, si no por otros apoderados que yo había salido a cantar una vez frente a todo el colegio.
Al pasar el tiempo cuando nos fuimos a vivir a Santiago parte de la básica también participé de alguna actividad escolar, toqué la guitarra en uno de los retiros junto a mis compañeros, ya me gustaba la música, descubrí mis gustos por el teatro cuando tuve la oportunidad de ir junto con un amigo y su madre a ver una obra al teatro de la universidad católica, la compañía La Troppa con su obra Pinocchio. Los aplausos del público a los actores al finalizar la obra resonaban fuerte dentro del teatro y también porque no decirlo dentro de mí, al ver a los actores en escena despertaba sentimientos más profundos difíciles de describir con palabras, me di cuenta en ese momento aquel arte cautivaba mis emociones. Los silencios del escenario, las luces tenues de un foco cenital y los diálogos de la dramaturgia hacían efecto. Así mis inquietudes escénicas ahora comenzaban a crecer aún más.
Cuando llegué a la enseñanza media participé de talleres de arte, música, humanistas, todos en la misma dirección. Nunca matemáticos ni científicos.
Fuimos con algunos amigos a ver otras obras de teatro durante el año a teatros de los barrios de Bellavista en Santiago. Empujado por un profesor del ramo "lenguaje y comunicación" heredero del "castellano" al cual todos llamaban Charlie. Me gustaban sus clases, despertaban mis gustos por la literatura, sus autores y por defecto los libros. Curioso cuando al resto de mis compañeros y amigos odiaban leer. La pasión por los libros también me era transmitida y como efecto colateral de mis intereses cerré por completo las posibilidades matemáticas y de ciencias en mi vida. La pasé muy mal en aquellos ramos, debía cumplir el promedio de notas era importante, no podía fallar a mis padres. Me rompían por dentro aquellas asignaturas. Trataba por todos los medios de aprenderlos, pero no podía, los exámenes eran prácticamente otro idioma en mi vida y aunque tuve buenos amigos que trataron de ayudarme en esas materias, me hundía…simplemente no podía con las fórmula de física ni los capítulo de probabilidades en matemáticas. Era mejor callar, era mejor el silencio, me sentía a momentos un poco tonto frente a otros amigos que eran genios de esas asignaturas. Ellos tenían las habilidades, yo estaba muy lejos de ello. Mejor me divertía, bebía y me lanzaba a pasarla bien, tal vez esa fue mi vía de escape en mi juventud a tanta frustración interna, presiones sociales establecidas que apuntaban a ser alguien en la vida.
En tercero medio, me aferré a la música con unos amigos y a un taller de teatro como actividad de un ramo electivo. Seguía explorando en los senderos que mostraban de alguna manera un camino a un descubrimiento personal dentro de mí.
Fue en este punto donde aparecieron mis fantasmas desde los rincones más profundos, mis demonios y también los miedos de los cuales nunca hablé, sino más bien los cargué en el absoluto silencio como cualquier joven que va detrás en búsqueda de sus propios destinos.
Transitar por los caminos del arte me producía la misma incertidumbre de la cual todos hablaban ¿Por qué ser un artista? ¿Qué es el arte y para qué sirve? Me lo pregunté muchas veces. ¿Porque mi historia tenía que ser así? porque mis amigos ingenierías, ciencias, leyes y los caminos de mi vida se dirigían a los artístico. Me cuestioné tantas veces, incluso bajé mi cabeza frente a la entrega de mis promedios de notas. No quería fallar, había mucho en juego por nuestra llegada a Santiago. El sacrificio por parte de mis padres desde que nos vinimos a vivir a esta ciudad, un buen colegio pagado para yo ser un profesional con futuro. Muchos ya estaban en preuniversitarios al año entrante se acercaba la última curva de esta carrera. Tenía que llegar a la meta…¿Cuál meta?...nunca sentí que estaba corriendo esa carrera, eso se sentía peor…no estar en sintonía con lo convencional. Que le diría a las dos personas que más yo amo, esa partida de pocker había apostado a mi futuro. Me refugié en mis amigos, nunca hablé de estos temas con mis padres, ni quería hablarlos hasta que ese día llegara.
El último año pasó más rápido de lo normal, el segundo semestre del cuarto medio estaba a punto de terminar. Y mis temores caminaban junto a mí de la mano de la famosa frase "si estudias arte te cagarás de hambre" y mis miedos aparecían de forma reiterada, me susurraban al oído. Llegar a casa era llegar a escuchar esas voces que te hacen dudar. Yo quería saltar desde lo más alto.
Recordé mi niñez en Valparaíso y las cosas que me hacían feliz, pensé en mis padres en su aprobación para hacer este camino de piedras un poco más fácil de caminar. Me senté muchas veces a pensar en las gradas del colegio a observar los patios a los niños más chicos como jugaban, me vi corriendo en los pasillos de mi colegio de buenos momentos junto a tantos amigos que me habían acompañado en el viaje de la vida escolar. Ya todo llegaba a su fin, ya no éramos esos niños, ahora éramos jóvenes tomando las riendas de nuestras vidas. Los caminos pronto se separaban porque cada uno sería el arquitecto de su propia vida.
Me separé del grupo de mis compañeros aquel recreo para caminar hasta el fondo de un pasillo, fue en el baño que me miré al espejo entre los sonidos de la bulla de los patios del colegio, en los lavamanos estaban las llave con el agua corriendo. Me saqué mi máscara, la misma que todos tenemos para enfrentar el mundo, la que nos hace vernos fuerte a los ojos del resto, mojé mi rostro con el agua helada porque detrás de la máscara estaba el joven al que le gustaban los sonidos del aplauso cuando era un niño, me di cuenta que tenía algo que decir, quería robarle sonrisas a otros, quería ver el mundo con mis propios ojos. Bajo la tenue luz de los reflectores de mi vida, había comenzado ya un viaje escénico. Tomé mi máscara con las manos, la boté en los basureros del baño sin importar lo que pensaran las personas y el destino…había decidido estudiar para ser un actor, un artista…bueno, malo…no lo sé, porque serían los aplausos de un público los que me dirían si el camino que había tomado era el correcto. Volví a mirarme en el sucio espejo de aquel frío baño del colegio, sin máscara…ese era yo… el mismo que hoy con el pasar de los años camina entre calles y edificios de Providencia a encontrar a una de sus hijas al salir de su universidad, a paso lento y tardando mi reloj recolecto las imágenes que ayudaron a la construcción de esta pequeña historia y su fin…decirle a mis padres quiero ser actor, fue como un salto al vacío desde el punto más alto envuelto en silencios incómodos…fue una conversación sin ensayo que carecía de un buen libreto escrito entre sombras. Fueron mis padres los que me ayudaron a caer de pie cuando salté. Cuando los miré de frente algo extraño note en el rostro de mi madre y mi padre…me di cuenta que también se habían quitado su máscara para hablar de mi vida, de mi futuro y de mi felicidad...
Imágenes, algunas un poco más difuminadas por el tiempo trae a mi recuerdo el primer aplauso. Lo siento claramente con mucha emoción porque hasta hace poco esa vieja fotografía estuvo en mis manos que guardo como uno de mis objetos de valor. El rostro pintado como payaso con mi primo Alejandro a quién también recuerdo junto a mi afuera de la cocina de nuestra Lela en una de las tantas fiestas familiares donde hacíamos reír con tontas rutinas y bailes copiados de los circos que se instalaban frente a nuestra casa en caleta Portales. Este es el punto de partida en los caminos de mi vida porque me gustaba ese arte, sus colores, las gigantes carpas con luces que iluminaban las noches al lado del mar, los camiones con gigantografías pintadas con las caras de payasos que anunciaban la llegada de la alegría a mis barrios. En las mañanas desde muy temprano las camionetas con su perifoneo "pasen a ver el circo" anunciaban los horarios de sus funciones. Es aquí donde mi corazón se agitaba con la idea de ir a ver los espectáculos y le pedía a mis papás llevarme. Desde el balcón de nuestra casa observaba los circos, fui a verlos casi todos y las veces que no pudimos ir por temas familiares económicos, igual mis padres me llevaban aunque fuese a pasear por fuera, desde allí yo escuchaba los aplausos, la ovación que el público regalaba a esos artistas. Familias completas, grandes, chicos con algodones de azúcar y manzanas confitadas dibujaban sonrisas en las viejas calles de los barrios donde pasé gran parte de mi niñez. En las madrugadas cuando el espectáculo terminaba en el silencio de esas noches el pobre y viejo león quería salir de la pequeña jaula que lo apresaba de su libertad salvaje, porque sus rugidos, sus penas se escuchaban desde la pieza donde vivíamos. A esos pobres animales maltratados no les gustaba el circo, los vi sufrir… ellos no habían elegido en su vida ser parte de un espectáculo, en cambio los aplausos para mi fueron como una brújula.
Luego vino mi entrada al liceo es aquí donde mis intereses escénicos vuelven a despertar de forma genuina porque, siempre levanté la mano en mi sala de clases a la hora de hacer una representación escolar, actuaba, cantaba, bailaba aunque más de una vez no le dije a mis padres, a veces no quería que se enteraran, participaba a escondidas, irónicamente sentía vergüenza contarle a mis padres, no sé porque me invadían esos extraños sentimientos de culpa que hoy puedo contar a través de mis palabras escritas. Mis padres se enteraban no por mí, si no por otros apoderados que yo había salido a cantar una vez frente a todo el colegio.
Al pasar el tiempo cuando nos fuimos a vivir a Santiago parte de la básica también participé de alguna actividad escolar, toqué la guitarra en uno de los retiros junto a mis compañeros, ya me gustaba la música, descubrí mis gustos por el teatro cuando tuve la oportunidad de ir junto con un amigo y su madre a ver una obra al teatro de la universidad católica, la compañía La Troppa con su obra Pinocchio. Los aplausos del público a los actores al finalizar la obra resonaban fuerte dentro del teatro y también porque no decirlo dentro de mí, al ver a los actores en escena despertaba sentimientos más profundos difíciles de describir con palabras, me di cuenta en ese momento aquel arte cautivaba mis emociones. Los silencios del escenario, las luces tenues de un foco cenital y los diálogos de la dramaturgia hacían efecto. Así mis inquietudes escénicas ahora comenzaban a crecer aún más.
Cuando llegué a la enseñanza media participé de talleres de arte, música, humanistas, todos en la misma dirección. Nunca matemáticos ni científicos.
Fuimos con algunos amigos a ver otras obras de teatro durante el año a teatros de los barrios de Bellavista en Santiago. Empujado por un profesor del ramo "lenguaje y comunicación" heredero del "castellano" al cual todos llamaban Charlie. Me gustaban sus clases, despertaban mis gustos por la literatura, sus autores y por defecto los libros. Curioso cuando al resto de mis compañeros y amigos odiaban leer. La pasión por los libros también me era transmitida y como efecto colateral de mis intereses cerré por completo las posibilidades matemáticas y de ciencias en mi vida. La pasé muy mal en aquellos ramos, debía cumplir el promedio de notas era importante, no podía fallar a mis padres. Me rompían por dentro aquellas asignaturas. Trataba por todos los medios de aprenderlos, pero no podía, los exámenes eran prácticamente otro idioma en mi vida y aunque tuve buenos amigos que trataron de ayudarme en esas materias, me hundía…simplemente no podía con las fórmula de física ni los capítulo de probabilidades en matemáticas. Era mejor callar, era mejor el silencio, me sentía a momentos un poco tonto frente a otros amigos que eran genios de esas asignaturas. Ellos tenían las habilidades, yo estaba muy lejos de ello. Mejor me divertía, bebía y me lanzaba a pasarla bien, tal vez esa fue mi vía de escape en mi juventud a tanta frustración interna, presiones sociales establecidas que apuntaban a ser alguien en la vida.
En tercero medio, me aferré a la música con unos amigos y a un taller de teatro como actividad de un ramo electivo. Seguía explorando en los senderos que mostraban de alguna manera un camino a un descubrimiento personal dentro de mí.
Fue en este punto donde aparecieron mis fantasmas desde los rincones más profundos, mis demonios y también los miedos de los cuales nunca hablé, sino más bien los cargué en el absoluto silencio como cualquier joven que va detrás en búsqueda de sus propios destinos.
Transitar por los caminos del arte me producía la misma incertidumbre de la cual todos hablaban ¿Por qué ser un artista? ¿Qué es el arte y para qué sirve? Me lo pregunté muchas veces. ¿Porque mi historia tenía que ser así? porque mis amigos ingenierías, ciencias, leyes y los caminos de mi vida se dirigían a los artístico. Me cuestioné tantas veces, incluso bajé mi cabeza frente a la entrega de mis promedios de notas. No quería fallar, había mucho en juego por nuestra llegada a Santiago. El sacrificio por parte de mis padres desde que nos vinimos a vivir a esta ciudad, un buen colegio pagado para yo ser un profesional con futuro. Muchos ya estaban en preuniversitarios al año entrante se acercaba la última curva de esta carrera. Tenía que llegar a la meta…¿Cuál meta?...nunca sentí que estaba corriendo esa carrera, eso se sentía peor…no estar en sintonía con lo convencional. Que le diría a las dos personas que más yo amo, esa partida de pocker había apostado a mi futuro. Me refugié en mis amigos, nunca hablé de estos temas con mis padres, ni quería hablarlos hasta que ese día llegara.
El último año pasó más rápido de lo normal, el segundo semestre del cuarto medio estaba a punto de terminar. Y mis temores caminaban junto a mí de la mano de la famosa frase "si estudias arte te cagarás de hambre" y mis miedos aparecían de forma reiterada, me susurraban al oído. Llegar a casa era llegar a escuchar esas voces que te hacen dudar. Yo quería saltar desde lo más alto.
Recordé mi niñez en Valparaíso y las cosas que me hacían feliz, pensé en mis padres en su aprobación para hacer este camino de piedras un poco más fácil de caminar. Me senté muchas veces a pensar en las gradas del colegio a observar los patios a los niños más chicos como jugaban, me vi corriendo en los pasillos de mi colegio de buenos momentos junto a tantos amigos que me habían acompañado en el viaje de la vida escolar. Ya todo llegaba a su fin, ya no éramos esos niños, ahora éramos jóvenes tomando las riendas de nuestras vidas. Los caminos pronto se separaban porque cada uno sería el arquitecto de su propia vida.
Me separé del grupo de mis compañeros aquel recreo para caminar hasta el fondo de un pasillo, fue en el baño que me miré al espejo entre los sonidos de la bulla de los patios del colegio, en los lavamanos estaban las llave con el agua corriendo. Me saqué mi máscara, la misma que todos tenemos para enfrentar el mundo, la que nos hace vernos fuerte a los ojos del resto, mojé mi rostro con el agua helada porque detrás de la máscara estaba el joven al que le gustaban los sonidos del aplauso cuando era un niño, me di cuenta que tenía algo que decir, quería robarle sonrisas a otros, quería ver el mundo con mis propios ojos. Bajo la tenue luz de los reflectores de mi vida, había comenzado ya un viaje escénico. Tomé mi máscara con las manos, la boté en los basureros del baño sin importar lo que pensaran las personas y el destino…había decidido estudiar para ser un actor, un artista…bueno, malo…no lo sé, porque serían los aplausos de un público los que me dirían si el camino que había tomado era el correcto. Volví a mirarme en el sucio espejo de aquel frío baño del colegio, sin máscara…ese era yo… el mismo que hoy con el pasar de los años camina entre calles y edificios de Providencia a encontrar a una de sus hijas al salir de su universidad, a paso lento y tardando mi reloj recolecto las imágenes que ayudaron a la construcción de esta pequeña historia y su fin…decirle a mis padres quiero ser actor, fue como un salto al vacío desde el punto más alto envuelto en silencios incómodos…fue una conversación sin ensayo que carecía de un buen libreto escrito entre sombras. Fueron mis padres los que me ayudaron a caer de pie cuando salté. Cuando los miré de frente algo extraño note en el rostro de mi madre y mi padre…me di cuenta que también se habían quitado su máscara para hablar de mi vida, de mi futuro y de mi felicidad...
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