Libertad en Pausa
"No estaba en mi planes ese camino, prefería el arte, la música y mis libros. Aquella noche no pude dormir, mi libertad estaba en pausa. La vida me enseño con los años que el mayor acto de valentía no reside en seguir una orden, sino en escuchar nuestra propia conciencia…"
Estuve dando vueltas en la cama mirando las figuras de sombras en mi dormitorio ante la poca luz que entraba desde la ventana tapada por las cortinas, en mis pensamientos había una preocupación especial, una que nunca había experimentado.
Me levanté esa mañana sin saber que me estaba levantando, me puse las zapatillas sin ni siquiera abrocharlas como de costumbre. Salí de casa a paso rápido a comprar el periódico al quiosco de don Víctor en la esquina de Av. Walker Martínez frente al club la Araucana. No recuerdo haberlo saludado, mi mente estaba inquieta, más bien ansiosa. Tomé el periódico que tampoco recuerdo haber pagado para abrir las páginas y leer lo único que me interesaba. Estaba mi nombre escrito junto a mi rut. Había salido llamado hacer el servicio militar. Sentí como mi rostro se cayó al suelo. No estaba en mis planes enfilarme en el ejército.
Crucé la calle a la plaza me senté para tratar de aclarar los pensamientos que en ese momento explotan por la confusión o tal vez por decepción de sentir que la mala suerte esta de tu lado. Caminé a casa solo una cuadra pero sentí que fueron más. Abrí la puerta, mis padres me miraron en silencio, con solo ver mi cara sabían que mi nombre estaba escrito en el periódico que sostenía en las manos.
-No te preocupes -dijo mi papá en voz baja y luego añadió.- Tengo un contacto que conoce a un teniente coronel de alto grado. Trataré de hablar con él para ver la forma que nos ayude y te saques el servicio militar para que sigas con tus planes de estudiar.
-Tranquilo hijo -mi madre dándome ánimo.- Aunque sus ojos me decían otra cosa.
Me sentía podrido, anduve abatido toda la semana. A varios compañeros de curso en el colegio les pasó lo mismo aunque ellos ya se daban por eximidos. No era lo que yo sentía, no daba con la tecla de tranquilidad, la ansiedad me abrazaba sin querer soltarme. Así fueron mis subsiguientes siete días antes de presentarme en el CIE Chacabuco (Campo de Instrucción y Entrenamiento) en la comuna de Colina.
Esa noche no cerré los ojos, conté las horas del reloj cucú que mamá tiene en living de su casa. Me levanté a las 4:30 de la madrugada. Me vestí con una camisa blanca a rayas, jeans burdeos y harto gel en mi pelo para verme bien portado. Me preocupaba que la camisa dejara ver mi tatuaje en el brazo, porque se decía que si estabas rayado, era un motivo suficiente para enrolarte en las filas militares. Agarré mi porta documentos, carné identidad, dinero para la micro, una pequeña carpeta color azul con papeles y una radiografía médica que mi mamá me había dicho que llevara para presentarle a los doctores del ejército. Debía decirles que yo padecía de una escoliosis lumbar que me habían detectado cuando niño. Era todo lo que llevaba para la única posibilidad de salvarme para no colocarme las botas militares.
Anduve oscuro por las calles para tratar de subirme a la micro a las que me acercara hasta el sector del paradero 14 de Vicuña Mackenna. La luz del cielo que demarcaba la cordillera ante mis ojos, me recordaba que debía estar formado a las 7:30 am en el regimiento. Cambié de micro por una que me llevara hasta el otro extremo a la comuna de Conchalí, bendita la suerte de atravesar todo Santiago, para luego tomar otra de acercamiento hasta Colina. Pregunté la hora a un caballero de aspecto campestre medio urbano. Logré llegar.
Cientos de jóvenes de mi edad caminaban en la misma dirección para llegar al frontis del cuartel militar que nos recibiría con los brazos abiertos. No quería entrar, sentí ganas de volver a casa o repetir lo que hizo mi padre a mi edad cuando fue llamado hacer el servicio militar en el grupo de alta montaña ubicado en Los Andes. Ser remiso y comerte un par de noches en un calabozo con olor a mierda. Lo pensé, pero saqué de la cabeza esos pensamientos.
Los primeros soldados haciendo la guardia en la entrada tomados al fusil no eran muy amigables, siempre firmes y alta voz llamaban a los futuros conscriptos a formarse en la cancha principal. Seguí al resto con paso más lento como cordero que va al matadero. Los pensamientos de ser remiso volvían a mi cabeza.
Jóvenes, de distintas zonas de la capital, diferentes todos, me daba cuenta por sus ropas, marcas de zapatillas, otros morenos, algunos llegando con sus madres y otros con miradas bien marginales, todos de mi edad al fin y al cabo cumpliendo con el deber ante la obligación de un puto maldito sorteo. Algunos jóvenes llegaron con sus madres angustiadas y estas debían quedarse afuera del frontis del regimiento a esperar. Mala idea de ir con sus mamá, de entrada eran los primeros que los militares agarraban pal webeo. Se sentían las bromas desde lejos, de seguro eran los pelados que llevaban un año dentro sintiéndose superiores ante los nuevos tímidos recién llegados. Pensaba en mi madre. Acomodaba la manga de mi camisa para que no se viera mi brazo tatuado. Ahora pensaba en mi papá cuando me dijo que no me tatuara.
Al entrar al patio principal del regimiento donde se encontraba la cancha de pasto nos formaron, nos pidieron no amablemente la cédula de identidad solo para mostrarla, por la primera letra del apellido un soldado te indicaban el sector donde te debías formar, yo era letra "L".
Solo unos quince minutos antes de la hora militar en la cancha estábamos todos formados en pequeños pelotones perfectamente alineados junto a unos "policías militares" (PM) que nos vigilaban. Éramos como 700 jóvenes hasta ese momento, seguían llegando otros más. No se podía conversar, ni darte vuelta, debías estar bien formado y callado, los PM se paseaba entre nosotros para hacer cumplir sus órdenes y advertencias.
Siendo las 8:30 de la mañana, un chico de la fila sacó un pan para echarlo a su boca, seguro ya estaba sintiendo la fatiga de la mañana como todos los que no habíamos tomado desayuno. Me habían dicho que los milicos eran mala onda desagradables en estas instancias, pero no me imaginé que el PM, le botaría el pan de las manos al suelo con la luma.
-¡Aquí no vienes a comer! -levantando la voz el PM -se sintió el silencio en las filas, nadie dijo nada. Comencé a incomodarme.
Cuando llevábamos una hora, los rayos del sol de la mañana llegaban directo a nuestras caras porque nos habían formado mirando de frente a nuestra majestuosa cordillera. Entre el silencio absoluto de la espera, cruzó cerca nuestro por el angosto camino de tierra que rodeaba los patios del regimiento un camión militar. Entre la polvareda levantada por la velocidad, logré divisar que iban sentados unos soldados abrazados a sus negros fusiles. Nos miraron con ojos desafiantes, otros dibujaban una risa estúpida en su boca a la distancia.
-¡Los estamos esperando! -gritó uno desde arriba del camión-.
-¡Les vamos a sacar la chucha a los hueones nuevos! - remató otro conscripto- sintiendo como la voz se perdía entre el sonido de las ruedas aplastando tierra con gravilla y el motor del camión verde militar. Silenciosamente pensaba, si esto era la bienvenida.
En los minutos siguientes se paró firme frente a nosotros un soldado boina negra, botas perfectas en brillo, traje de camuflaje. Al parecer por la edad sus brazos y hombros dejaban ver sus grados militares. Llegó acompañado de cuatro personas más, supongo que de menor grado porque caminaban tras de él todo el tiempo con carpetas con papeles administrativos.
Su presencia era bien marcada, el tipo transmitía respeto y miedo apenas se formó frente a nosotros, una mirada dura que dejaba ver hasta sus pensamientos moldeados por la obediencia. No volaba ni una mosca cuando se detuvo a mirarnos.
-Soy el Suboficial mayor Hernán Quintana Ramírez -se presentó proyectando y golpeando fuerte su voz en el más absoluto silencio hasta que el último conscripto que estuviese formado lo escuchara-. Ustedes han sido llamado por su país hacer el servicio militar- exclamó-.
-Quiero saber de los que están aquí formados frente a mí quienes han delinquido ¡levanten la mano ahora! -dijo sin titubear repasando con dura mirada de lado a lado a todos los que estábamos formados-.
Cuatro jóvenes de mi edad levantaron la mano. Quería darme vuelta para mirar pero no me atreví. Hacerlo podía jugar en contra mía frente a todos, no quería ni pestañar.
-Voy a preguntar por segunda y última vez- levantando aún más la voz-. Si hay alguno que me esté mintiendo o no quiera levantar su mano, lo voy a pillar igual en la mentira porque acá tenemos los papeles de cada uno de ustedes- indicando a los soldados con sus carpetas-.
-¡De los que están aquí formados, quienes han cometido delito! - Quintana se veía molesto
Desde donde él estaba parado firme bien derecho y sin mover ningún músculo de su cara, sus ojos ya los había contado cuando varios otros levantaron su mano.
-Las treinta y dos personas que acaban de levantar su mano, salgan de la fila, se forman aquí adelante en silencio y sigan al Sargento Primero, porque ustedes ¡ya están adentro! - afirmó Quintana -El resto seguirá formado aquí hasta que sean llamados por cada estación militar para su debido proceso -agregó-. Giró su cuerpo militarmente cuadrado en sus movimientos hacia un lado y el suboficial mayor se retiró del lugar a paso firme, junto a los otros tres que lo acompañaban.
Mientras esto sucedía observaba como se alejaban caminando formados los jóvenes que la guillotina ya había cortado de la filas por tener sus papeles manchados. Tragué saliva, tenía la boca seca, volví a tocar la manga de mi camisa para tapar mi tatuaje. Apreté mi carpeta para quedarme formado a esperar mi turno al llamado de la primera estación y ante la incomodidad de estar de pie ya casi tres horas, sentí ganas de beber agua, me dolían las piernas, el sol golpeaba fuerte. Seguí formado, mi mente trataba de pensar en otras cosas.
Casi medio día el grupo de la letra de mi apellido no era llamado, estábamos cansados de estar de pie, a lo lejos veíamos como otros avanzaban en el proceso, yo en silencio con ganas de que las horas pasaran más rápido. En la tranquilidad de nuestra formación a varios metros se lograba escuchar el sonido de los regadores de pasto de la cancha de fútbol, en la distancia mientras el sudor de mi frente acariciaba los lados de mi cara al caer yo miraba desde lejos los chorros de agua que regaban los pastos del regimiento. Dos jóvenes rompieron la fila corriendo hacia los regadores al llegar colocaron su boca para beber y su cabeza para refrescarse, fueron solo segundos cuando uno de los PM encargados de hacernos la guardia fue tras ellos a buscarlos le puso un golpe con un bastón de goma en las piernas a la altura del muslo, un chico corrió para salvarse del golpe, pero el otro volvió cojo a formarse a nuestras filas. Mientras caminaba para volver detrás de él el PM le hablaba en la nuca - ¡Si querí romper la fila y si querí ir al baño me preguntai a mi flaco! - en fuerte y golpeado tono militar-. El chico volvió a la fila, sin decir nada, el sorbo de agua que había alcanzado a beber ahora tenía sabor a golpe. Mis ganas de beber agua, habían desaparecido. Esperé un rato junto a otros de mi fila que levantamos la mano para pedir permiso para ir a las casetas de baño a orinar. Por suerte habían llaves con agua, bebí solo un poco para recuperarme de la sed, no mucha para no volver a pedir permiso. Mojé mi cara que ya estaba más roja por el sol precordillerano. Dejé caer agua por mi cuello y espalda, se sentía bien, mi camisa se sentía más fresca. Volví a formarme junto a los otros al llegar venía caminando directo hacia nosotros el suboficial mayor Quintana, se paró nuevamente frente a nosotros esta vez estaba solo.
La dureza de su mirada marcada por las rayas de su rostro inspiraban miedo sin tener que hablar. Nos miró fijamente en silencio, pero sus ojos recorrían de lado a lado nuestra formación. El silencio cortaba con cuchillo ese momento. Sus ojos azules se detuvieron en alguien formado entre las filas, su cabeza dio un pequeño movimiento falso. Se sacó su boina negra para hablar.
-Tú… el que está en la cuarta fila atrás del lado del de polera amarilla, ¡ven aquí!.- exclamó fuerte y seguro-. Entre las filas salió caminando un joven de baja estatura sobre el promedio, de pelo rojo y pecas en su cara. Se acercó al militar a pasos remolones en una actitud tímida. Sin preguntar su nombre Quintana levantó su voz y le dijo mirándolo a los ojos.
-¿Me podí explicar porque chucha soy tan feo? , había visto hueones feos en el ejército, pero vó la cagaste - silencio absoluto, con unas pocas risas que se dejaron sentir entre las filas- Los que más fuerte soltaron la risa humillante fueron los PM que caminaban entre nosotros. Yo me dedique a mirar sin mover un músculo de mi cara al chico colorín como era humillado frente a todos.
El chico agachó la cabeza sin decir nada.
-Mírame a los ojos cuanto te hablo- le dijo Quintana.- El chico levantó la cabeza sin ganas, sus piernas se movían por nerviosismo y miedo ante la incómoda situación.
-El ejército de Chile necesita hueones feos como tú. ¡Chico…colorín… y feo! -Te explico - agregó el militar- Si hay guerra con otro país, los hueones como vo van adelante, ¿sabes porque?- le preguntó - Porque así el enemigo se asusta -. Se escucharon otras risas entre las filas, risas que no fueron las nuestras de los que allí estábamos formados. Sentí rabia por dentro, lo sentí como si me estuvieran humillando a mí. Deseaba que la situación acabara. El joven colorín no dijo nada, solo agachó la cabeza en un acto de vergüenza.
-¡Vuelve a tu fila! - agregó el militar- poniéndole una patada en el culo cuando el chico se dio media vuelta para volver a formación-
El suboficial mayor Quintana dirigió sus ojos a otro muchacho apuntando con su dedo.
-¡Tú el del bolsito cruzado, ven aquí! - dando la orden -. Avanzó entre nosotros un joven bien peinado, de pantalones café oscuro, camisita bien abrochada y un pequeño bolsito de cuero cruzado por delante de su cuerpo. Avanzó a paso lento porque sabía que ahora le tocaba a él.
Se paró frente a la autoridad a no menos de un metro con sus brazos atrás en primera posición. Mirándolo fijamente a los ojos Quintana le preguntó.
-¿Qué es eso? -mirando sin sacar su vista del bolso cruzado.-
-¡mi morral señor! - levantando fuerte y firme su voz casi en el tono militar - le respondió el joven -
-¿Y que hay dentro de tu morral? Volvió a preguntar sarcásticamente con intención de seguir con su juego de preguntas -
-Nada señor, solo una biblia - contesto el chico tratando de cerrar el improvisado interrogatorio -
-¿Porque andas trayendo una biblia aquí ?- preguntó colocándose su boina negra, sin quitar su vista de sus ojos como buscando una mentira para callarlo -
-Soy misionero señor, después de aquí debo ir a mi iglesia señor - afirmó el muchacho -
-¿Y los de tu iglesia tienen sexo? O se hacen los hueones con esos temas .- mofándose con la pregunta, agregó - Ponte a rezar ahora cabrito porque de aquí no te vas a ir, ¿te quedó claro?- Se volvieron a escuchar a lo lejos algunas risas -. El militar quería hacerse el gracioso entre los cientos que allí estábamos formados, pero solo se reían los policías militares. Porque para el resto nada era gracioso, luego lo mandó a su fila a formar.
Mientras todo esto sucedía, yo pensaba en mi papá si había hablado con el amigo conocido que tenía un militar con grado mayor para sacarme el servicio. Tenía mis dudas. Estábamos pronto a pasar por la primera estación.
El militar de grado se retiró a paso firme, había terminado su show de humor.
Nuestro grupo de formación de apellidos con letra L empezaba a avanzar, ya nos tocaba a nosotros.
Me pasaron un lápiz y un formulario para llenar, tuve que entregar mi carné de identidad. Lo pasé con temor que no volviera a mis manos. Pensaba que mis cartas estaban tiradas, nada que hacer, el destino de mis dos años siguientes estaba en manos de personas con boinas militares.
Entre la preocupación no sentía hambre, ya no tenía sed. La preocupación ya estaba instalada dentro de mí, llenando papeles que ni siquiera entendía lo que estaba leyendo porque mi cabeza ya no pensaba.
Solo recuerdo que la primera estación de registro pasó rápido, luego la segunda y la tercera que estaba encarpada también.
La cuarta estación era la carpa más grande, nos hicieron pasar por pasillos divididos en grupos de veinte personas formadas. Nos hicieron sacar toda la ropa, solo quedarnos en calzoncillos.
Al sacarme la camisa ya se veía mi tatuaje en el brazo. Dejé mi ropa doblada junto a mis zapatillas para pasar solo con mi carpeta de exámenes médicos que mi mamá me había pasado. Esta era la última oportunidad que yo tenía para sacarme el servicio militar. Ya eran las tres de la tarde. El calor dentro de carpa ya no se soportaba, los olores menos, de cuerpos, transpiraciones, a pies y otros más desagradables de los cuales no describiré.
Unos hombres de más edad con delantales blancos que me indicaba que eran médicos militares por la forma en que hablaban estaban sentados frente a las mesas con sus estetoscopios.
Dentro de la carpa habían jóvenes desnudos completamente, haciendo pruebas físicas como sentadillas y lagartijas mientras otros militares los revisaban físicamente. Desde donde yo estaba observé a un chico que le dijo al médico militar que tenía un problema grave con su acné. Un militar que estaba junto al doctor le pidió sacarse la polera. Al quitarla era evidente el chico tenía su espalda reventada en furúnculos con materia e infección roja entre sangre y piel con cicatrices. Yo al menos nunca había visto algo como eso, me impactó al ver sus heridas abiertas.
El militar le pidió que se volviera a vestir y que se fuera tratándolo de "asqueroso". Le dio una orden al médico que por ningún motivo lo dejara. Lo tomó del brazo y se lo llevó.
Quedaba poco para mi turno, solo tres chicos de mi edad delante de mí. Giré mi cabeza y en sector más alejado de la carpa estaban unos militares hablando con unos jóvenes de voz y expresión corporal más amanerados. Un médico revisando sus genitales y la zona trasera del cuerpo.
Incomodidad absoluta ante la situación que mis ojos miraban, corrí mi cara para mirar al frente ahora me tocaba a mi pasar frente al profesional que revisaría mi cuerpo.
Me preguntó mi nombre, buscó entre las fichas, sacó un papel, algo escribió. Antes que se pusiera de pie. Le pasé en sus manos mi carpeta de con mis exámenes médicos, entre ellos una radiografía.
-Tengo un problema en mi columna, señor - le dije con voz temblorosa -luego el sacó la radiografía del sobre para mirarla en una luz de tubo fluorescente que estaba tras de su mesa.
-¿Ya?... ¿y? -cuestionándome burlescamente sin soltar su mirada fija en la mía, por si le estaba mintiendo - Se sumó a escuchar nuestra conversación otro militar-
-Tenga una desviación en mi columna que me hace sentir fuertes dolores, ocupo plantilla para caminar y tengo un hombro más abajo del otro - afirmé - El médico sacó sus anteojos y volvió a mirar a la luz el examen, se puso de pie, dio la vuelta por la mesa para ponerse frente de mí.
-Párate bien derecho flaco - me pidió dándome una orden - me paré bien derecho, pero de forma consiente y tramposa dejé mi hombro derecho más arriba que el izquierdo. Controlando mi respiración para que no me pillaran en mi mentira corporal. El médico y el militar se pararon frente a mi para observarme. Ambos me miraban en silencio, tocaban mis hombros y la parte más alta de mi espalda. Jugué mi última carta de esto dependía todo, sentí como caía una gota de transpiración por mi cara. No dije nada más. Pensé en mi padres.
El médico anotó algo en la ficha, me entregó la carpeta y el otro militar me pidió salir de la fila y que me fuera a vestir. -Espera en la última carpa junto a los otros -me ordenó -
Tuve una sensación que el mi alma volvió a mi cuerpo, pero no quería cantar victoria, me vestí y bajé mi guardia, sin decir nada, en silencio me dirigí hacia la otra carpa habían cinco jóvenes más de pie esperando tranquilamente, me quedé junto a ellos pero sin querer hablar nada, porque había un policía militar haciéndonos la guardia. Cualquier cosa que dijéramos podía jugarnos en contra. Ahora el silencio era mi mejor amigo.
Treinta minutos después venía otro militar de rango medio hacia nuestra carpa a paso firme, se paró frente a nosotros, sacó una ficha para decir nuestros nombre completos con nuestros rut, nos miró y dijo.
-Ustedes han quedado eximidos de hacer el servicio militar - exclamó - Ahora deben esperar formados en silencio en el sector derecho de la cancha porque pronto se les entregará su carné de identidad - entregando su orden y se marchó.
Lo que mis oídos estaban escuchando provocaron en mí una sensación de tranquilidad que hace más de una semana la había perdido, más bien de paz. La respiración se volvía calma, dejando la puerta junta a que mis preocupaciones salieran sin dejar huella alguna de lo que me había tocado vivir por esas horas que dada las circunstancias no fui yo el que me las había provocado. Ahora solo quedaba esperar. Volví a pensar en mis padres en como tal vez estaban preocupados sin tener noticias de mi situación militar.
Pregunté la hora, pero en los misterios del tiempo y el espacio ya eran las 16:00 hrs. de la tarde. Ya quedaba menos para que esto terminara pensaba, al menos para mí. Mientras caminaba a paso lento al sector de la cancha que nos habían enviado a esperar la entrega de nuestros carné de identidades junto con la situación militar al día… se cruzaron varios pensamientos por mi cabeza. Si esto había sido suerte, si la radiografía de espalda había servido, el engaño visual de mis hombros ante el tonto médico o el "contacto" que el conocido de mi padre había movido algún hilo, que por lo demás nunca supe si existió realmente. Que importaba, ya estaba fuera de las filas del servicio militar. Me formé junto a los otros chicos a esperar a que todo esto acabara de una vez.
Allí estábamos los eximidos, seguíamos formados sin hablar. Frente a nuestros ojos el sol pronto se escondería. Nuestras caras insoladas por el calor pasaron casi 4 horas más para que esos documentos volvieran a nuestras manos. Antes de irnos, la última espera había sido también la última burla de ellos a nosotros. Tenía mucha sed, me dolía la cabeza por el sol y el hambre, los músculos de mis piernas fatigados de haber estado treces horas de pie.
Al salir del regimiento ya cansado del maldito día, caminé unas cuatro cuadras hasta ver un almacén de abarrotes. Cambié un pequeño billete por monedas de cien pesos para llamar desde el teléfono público a mis padres y darles la noticia que volvía a casa. Escuché a mis padres contentos desde el otro lado, la risa volvía lentamente a mi rostro.
Compré una botella de jugo de naranja y dos marraquetas con queso, me senté en el paradero a comer el pan casi sin masticar, tenía mucha hambre, me dolía el estómago.
Mientras esperaba el microbús que me acercara a Santiago, entre los colores de aquella tarde en los pies de las montañas que pusieron mi vida en pausa, me quedé un rato en silencio conversando con mis pensamientos confusos. Al subirme a la micro me senté en el último asiento, apoyé mi cabeza en la ventana por agotamiento, lo único que deseaba era llegar a casa.
Durante el viaje recordé al chico de pelo colorín y el muchacho de la biblia, me pregunté si ellos habrían tenido la misma suerte que yo y no precisamente por haberme sacado el servicio militar sino más bien porque llegando a casa abrazaría mis sueños que estaban agarrados esperando por mí en el adorno atrapasueños de la lámpara celeste de mi dormitorio.
Me levanté esa mañana sin saber que me estaba levantando, me puse las zapatillas sin ni siquiera abrocharlas como de costumbre. Salí de casa a paso rápido a comprar el periódico al quiosco de don Víctor en la esquina de Av. Walker Martínez frente al club la Araucana. No recuerdo haberlo saludado, mi mente estaba inquieta, más bien ansiosa. Tomé el periódico que tampoco recuerdo haber pagado para abrir las páginas y leer lo único que me interesaba. Estaba mi nombre escrito junto a mi rut. Había salido llamado hacer el servicio militar. Sentí como mi rostro se cayó al suelo. No estaba en mis planes enfilarme en el ejército.
Crucé la calle a la plaza me senté para tratar de aclarar los pensamientos que en ese momento explotan por la confusión o tal vez por decepción de sentir que la mala suerte esta de tu lado. Caminé a casa solo una cuadra pero sentí que fueron más. Abrí la puerta, mis padres me miraron en silencio, con solo ver mi cara sabían que mi nombre estaba escrito en el periódico que sostenía en las manos.
-No te preocupes -dijo mi papá en voz baja y luego añadió.- Tengo un contacto que conoce a un teniente coronel de alto grado. Trataré de hablar con él para ver la forma que nos ayude y te saques el servicio militar para que sigas con tus planes de estudiar.
-Tranquilo hijo -mi madre dándome ánimo.- Aunque sus ojos me decían otra cosa.
Me sentía podrido, anduve abatido toda la semana. A varios compañeros de curso en el colegio les pasó lo mismo aunque ellos ya se daban por eximidos. No era lo que yo sentía, no daba con la tecla de tranquilidad, la ansiedad me abrazaba sin querer soltarme. Así fueron mis subsiguientes siete días antes de presentarme en el CIE Chacabuco (Campo de Instrucción y Entrenamiento) en la comuna de Colina.
Esa noche no cerré los ojos, conté las horas del reloj cucú que mamá tiene en living de su casa. Me levanté a las 4:30 de la madrugada. Me vestí con una camisa blanca a rayas, jeans burdeos y harto gel en mi pelo para verme bien portado. Me preocupaba que la camisa dejara ver mi tatuaje en el brazo, porque se decía que si estabas rayado, era un motivo suficiente para enrolarte en las filas militares. Agarré mi porta documentos, carné identidad, dinero para la micro, una pequeña carpeta color azul con papeles y una radiografía médica que mi mamá me había dicho que llevara para presentarle a los doctores del ejército. Debía decirles que yo padecía de una escoliosis lumbar que me habían detectado cuando niño. Era todo lo que llevaba para la única posibilidad de salvarme para no colocarme las botas militares.
Anduve oscuro por las calles para tratar de subirme a la micro a las que me acercara hasta el sector del paradero 14 de Vicuña Mackenna. La luz del cielo que demarcaba la cordillera ante mis ojos, me recordaba que debía estar formado a las 7:30 am en el regimiento. Cambié de micro por una que me llevara hasta el otro extremo a la comuna de Conchalí, bendita la suerte de atravesar todo Santiago, para luego tomar otra de acercamiento hasta Colina. Pregunté la hora a un caballero de aspecto campestre medio urbano. Logré llegar.
Cientos de jóvenes de mi edad caminaban en la misma dirección para llegar al frontis del cuartel militar que nos recibiría con los brazos abiertos. No quería entrar, sentí ganas de volver a casa o repetir lo que hizo mi padre a mi edad cuando fue llamado hacer el servicio militar en el grupo de alta montaña ubicado en Los Andes. Ser remiso y comerte un par de noches en un calabozo con olor a mierda. Lo pensé, pero saqué de la cabeza esos pensamientos.
Los primeros soldados haciendo la guardia en la entrada tomados al fusil no eran muy amigables, siempre firmes y alta voz llamaban a los futuros conscriptos a formarse en la cancha principal. Seguí al resto con paso más lento como cordero que va al matadero. Los pensamientos de ser remiso volvían a mi cabeza.
Jóvenes, de distintas zonas de la capital, diferentes todos, me daba cuenta por sus ropas, marcas de zapatillas, otros morenos, algunos llegando con sus madres y otros con miradas bien marginales, todos de mi edad al fin y al cabo cumpliendo con el deber ante la obligación de un puto maldito sorteo. Algunos jóvenes llegaron con sus madres angustiadas y estas debían quedarse afuera del frontis del regimiento a esperar. Mala idea de ir con sus mamá, de entrada eran los primeros que los militares agarraban pal webeo. Se sentían las bromas desde lejos, de seguro eran los pelados que llevaban un año dentro sintiéndose superiores ante los nuevos tímidos recién llegados. Pensaba en mi madre. Acomodaba la manga de mi camisa para que no se viera mi brazo tatuado. Ahora pensaba en mi papá cuando me dijo que no me tatuara.
Al entrar al patio principal del regimiento donde se encontraba la cancha de pasto nos formaron, nos pidieron no amablemente la cédula de identidad solo para mostrarla, por la primera letra del apellido un soldado te indicaban el sector donde te debías formar, yo era letra "L".
Solo unos quince minutos antes de la hora militar en la cancha estábamos todos formados en pequeños pelotones perfectamente alineados junto a unos "policías militares" (PM) que nos vigilaban. Éramos como 700 jóvenes hasta ese momento, seguían llegando otros más. No se podía conversar, ni darte vuelta, debías estar bien formado y callado, los PM se paseaba entre nosotros para hacer cumplir sus órdenes y advertencias.
Siendo las 8:30 de la mañana, un chico de la fila sacó un pan para echarlo a su boca, seguro ya estaba sintiendo la fatiga de la mañana como todos los que no habíamos tomado desayuno. Me habían dicho que los milicos eran mala onda desagradables en estas instancias, pero no me imaginé que el PM, le botaría el pan de las manos al suelo con la luma.
-¡Aquí no vienes a comer! -levantando la voz el PM -se sintió el silencio en las filas, nadie dijo nada. Comencé a incomodarme.
Cuando llevábamos una hora, los rayos del sol de la mañana llegaban directo a nuestras caras porque nos habían formado mirando de frente a nuestra majestuosa cordillera. Entre el silencio absoluto de la espera, cruzó cerca nuestro por el angosto camino de tierra que rodeaba los patios del regimiento un camión militar. Entre la polvareda levantada por la velocidad, logré divisar que iban sentados unos soldados abrazados a sus negros fusiles. Nos miraron con ojos desafiantes, otros dibujaban una risa estúpida en su boca a la distancia.
-¡Los estamos esperando! -gritó uno desde arriba del camión-.
-¡Les vamos a sacar la chucha a los hueones nuevos! - remató otro conscripto- sintiendo como la voz se perdía entre el sonido de las ruedas aplastando tierra con gravilla y el motor del camión verde militar. Silenciosamente pensaba, si esto era la bienvenida.
En los minutos siguientes se paró firme frente a nosotros un soldado boina negra, botas perfectas en brillo, traje de camuflaje. Al parecer por la edad sus brazos y hombros dejaban ver sus grados militares. Llegó acompañado de cuatro personas más, supongo que de menor grado porque caminaban tras de él todo el tiempo con carpetas con papeles administrativos.
Su presencia era bien marcada, el tipo transmitía respeto y miedo apenas se formó frente a nosotros, una mirada dura que dejaba ver hasta sus pensamientos moldeados por la obediencia. No volaba ni una mosca cuando se detuvo a mirarnos.
-Soy el Suboficial mayor Hernán Quintana Ramírez -se presentó proyectando y golpeando fuerte su voz en el más absoluto silencio hasta que el último conscripto que estuviese formado lo escuchara-. Ustedes han sido llamado por su país hacer el servicio militar- exclamó-.
-Quiero saber de los que están aquí formados frente a mí quienes han delinquido ¡levanten la mano ahora! -dijo sin titubear repasando con dura mirada de lado a lado a todos los que estábamos formados-.
Cuatro jóvenes de mi edad levantaron la mano. Quería darme vuelta para mirar pero no me atreví. Hacerlo podía jugar en contra mía frente a todos, no quería ni pestañar.
-Voy a preguntar por segunda y última vez- levantando aún más la voz-. Si hay alguno que me esté mintiendo o no quiera levantar su mano, lo voy a pillar igual en la mentira porque acá tenemos los papeles de cada uno de ustedes- indicando a los soldados con sus carpetas-.
-¡De los que están aquí formados, quienes han cometido delito! - Quintana se veía molesto
Desde donde él estaba parado firme bien derecho y sin mover ningún músculo de su cara, sus ojos ya los había contado cuando varios otros levantaron su mano.
-Las treinta y dos personas que acaban de levantar su mano, salgan de la fila, se forman aquí adelante en silencio y sigan al Sargento Primero, porque ustedes ¡ya están adentro! - afirmó Quintana -El resto seguirá formado aquí hasta que sean llamados por cada estación militar para su debido proceso -agregó-. Giró su cuerpo militarmente cuadrado en sus movimientos hacia un lado y el suboficial mayor se retiró del lugar a paso firme, junto a los otros tres que lo acompañaban.
Mientras esto sucedía observaba como se alejaban caminando formados los jóvenes que la guillotina ya había cortado de la filas por tener sus papeles manchados. Tragué saliva, tenía la boca seca, volví a tocar la manga de mi camisa para tapar mi tatuaje. Apreté mi carpeta para quedarme formado a esperar mi turno al llamado de la primera estación y ante la incomodidad de estar de pie ya casi tres horas, sentí ganas de beber agua, me dolían las piernas, el sol golpeaba fuerte. Seguí formado, mi mente trataba de pensar en otras cosas.
Casi medio día el grupo de la letra de mi apellido no era llamado, estábamos cansados de estar de pie, a lo lejos veíamos como otros avanzaban en el proceso, yo en silencio con ganas de que las horas pasaran más rápido. En la tranquilidad de nuestra formación a varios metros se lograba escuchar el sonido de los regadores de pasto de la cancha de fútbol, en la distancia mientras el sudor de mi frente acariciaba los lados de mi cara al caer yo miraba desde lejos los chorros de agua que regaban los pastos del regimiento. Dos jóvenes rompieron la fila corriendo hacia los regadores al llegar colocaron su boca para beber y su cabeza para refrescarse, fueron solo segundos cuando uno de los PM encargados de hacernos la guardia fue tras ellos a buscarlos le puso un golpe con un bastón de goma en las piernas a la altura del muslo, un chico corrió para salvarse del golpe, pero el otro volvió cojo a formarse a nuestras filas. Mientras caminaba para volver detrás de él el PM le hablaba en la nuca - ¡Si querí romper la fila y si querí ir al baño me preguntai a mi flaco! - en fuerte y golpeado tono militar-. El chico volvió a la fila, sin decir nada, el sorbo de agua que había alcanzado a beber ahora tenía sabor a golpe. Mis ganas de beber agua, habían desaparecido. Esperé un rato junto a otros de mi fila que levantamos la mano para pedir permiso para ir a las casetas de baño a orinar. Por suerte habían llaves con agua, bebí solo un poco para recuperarme de la sed, no mucha para no volver a pedir permiso. Mojé mi cara que ya estaba más roja por el sol precordillerano. Dejé caer agua por mi cuello y espalda, se sentía bien, mi camisa se sentía más fresca. Volví a formarme junto a los otros al llegar venía caminando directo hacia nosotros el suboficial mayor Quintana, se paró nuevamente frente a nosotros esta vez estaba solo.
La dureza de su mirada marcada por las rayas de su rostro inspiraban miedo sin tener que hablar. Nos miró fijamente en silencio, pero sus ojos recorrían de lado a lado nuestra formación. El silencio cortaba con cuchillo ese momento. Sus ojos azules se detuvieron en alguien formado entre las filas, su cabeza dio un pequeño movimiento falso. Se sacó su boina negra para hablar.
-Tú… el que está en la cuarta fila atrás del lado del de polera amarilla, ¡ven aquí!.- exclamó fuerte y seguro-. Entre las filas salió caminando un joven de baja estatura sobre el promedio, de pelo rojo y pecas en su cara. Se acercó al militar a pasos remolones en una actitud tímida. Sin preguntar su nombre Quintana levantó su voz y le dijo mirándolo a los ojos.
-¿Me podí explicar porque chucha soy tan feo? , había visto hueones feos en el ejército, pero vó la cagaste - silencio absoluto, con unas pocas risas que se dejaron sentir entre las filas- Los que más fuerte soltaron la risa humillante fueron los PM que caminaban entre nosotros. Yo me dedique a mirar sin mover un músculo de mi cara al chico colorín como era humillado frente a todos.
El chico agachó la cabeza sin decir nada.
-Mírame a los ojos cuanto te hablo- le dijo Quintana.- El chico levantó la cabeza sin ganas, sus piernas se movían por nerviosismo y miedo ante la incómoda situación.
-El ejército de Chile necesita hueones feos como tú. ¡Chico…colorín… y feo! -Te explico - agregó el militar- Si hay guerra con otro país, los hueones como vo van adelante, ¿sabes porque?- le preguntó - Porque así el enemigo se asusta -. Se escucharon otras risas entre las filas, risas que no fueron las nuestras de los que allí estábamos formados. Sentí rabia por dentro, lo sentí como si me estuvieran humillando a mí. Deseaba que la situación acabara. El joven colorín no dijo nada, solo agachó la cabeza en un acto de vergüenza.
-¡Vuelve a tu fila! - agregó el militar- poniéndole una patada en el culo cuando el chico se dio media vuelta para volver a formación-
El suboficial mayor Quintana dirigió sus ojos a otro muchacho apuntando con su dedo.
-¡Tú el del bolsito cruzado, ven aquí! - dando la orden -. Avanzó entre nosotros un joven bien peinado, de pantalones café oscuro, camisita bien abrochada y un pequeño bolsito de cuero cruzado por delante de su cuerpo. Avanzó a paso lento porque sabía que ahora le tocaba a él.
Se paró frente a la autoridad a no menos de un metro con sus brazos atrás en primera posición. Mirándolo fijamente a los ojos Quintana le preguntó.
-¿Qué es eso? -mirando sin sacar su vista del bolso cruzado.-
-¡mi morral señor! - levantando fuerte y firme su voz casi en el tono militar - le respondió el joven -
-¿Y que hay dentro de tu morral? Volvió a preguntar sarcásticamente con intención de seguir con su juego de preguntas -
-Nada señor, solo una biblia - contesto el chico tratando de cerrar el improvisado interrogatorio -
-¿Porque andas trayendo una biblia aquí ?- preguntó colocándose su boina negra, sin quitar su vista de sus ojos como buscando una mentira para callarlo -
-Soy misionero señor, después de aquí debo ir a mi iglesia señor - afirmó el muchacho -
-¿Y los de tu iglesia tienen sexo? O se hacen los hueones con esos temas .- mofándose con la pregunta, agregó - Ponte a rezar ahora cabrito porque de aquí no te vas a ir, ¿te quedó claro?- Se volvieron a escuchar a lo lejos algunas risas -. El militar quería hacerse el gracioso entre los cientos que allí estábamos formados, pero solo se reían los policías militares. Porque para el resto nada era gracioso, luego lo mandó a su fila a formar.
Mientras todo esto sucedía, yo pensaba en mi papá si había hablado con el amigo conocido que tenía un militar con grado mayor para sacarme el servicio. Tenía mis dudas. Estábamos pronto a pasar por la primera estación.
El militar de grado se retiró a paso firme, había terminado su show de humor.
Nuestro grupo de formación de apellidos con letra L empezaba a avanzar, ya nos tocaba a nosotros.
Me pasaron un lápiz y un formulario para llenar, tuve que entregar mi carné de identidad. Lo pasé con temor que no volviera a mis manos. Pensaba que mis cartas estaban tiradas, nada que hacer, el destino de mis dos años siguientes estaba en manos de personas con boinas militares.
Entre la preocupación no sentía hambre, ya no tenía sed. La preocupación ya estaba instalada dentro de mí, llenando papeles que ni siquiera entendía lo que estaba leyendo porque mi cabeza ya no pensaba.
Solo recuerdo que la primera estación de registro pasó rápido, luego la segunda y la tercera que estaba encarpada también.
La cuarta estación era la carpa más grande, nos hicieron pasar por pasillos divididos en grupos de veinte personas formadas. Nos hicieron sacar toda la ropa, solo quedarnos en calzoncillos.
Al sacarme la camisa ya se veía mi tatuaje en el brazo. Dejé mi ropa doblada junto a mis zapatillas para pasar solo con mi carpeta de exámenes médicos que mi mamá me había pasado. Esta era la última oportunidad que yo tenía para sacarme el servicio militar. Ya eran las tres de la tarde. El calor dentro de carpa ya no se soportaba, los olores menos, de cuerpos, transpiraciones, a pies y otros más desagradables de los cuales no describiré.
Unos hombres de más edad con delantales blancos que me indicaba que eran médicos militares por la forma en que hablaban estaban sentados frente a las mesas con sus estetoscopios.
Dentro de la carpa habían jóvenes desnudos completamente, haciendo pruebas físicas como sentadillas y lagartijas mientras otros militares los revisaban físicamente. Desde donde yo estaba observé a un chico que le dijo al médico militar que tenía un problema grave con su acné. Un militar que estaba junto al doctor le pidió sacarse la polera. Al quitarla era evidente el chico tenía su espalda reventada en furúnculos con materia e infección roja entre sangre y piel con cicatrices. Yo al menos nunca había visto algo como eso, me impactó al ver sus heridas abiertas.
El militar le pidió que se volviera a vestir y que se fuera tratándolo de "asqueroso". Le dio una orden al médico que por ningún motivo lo dejara. Lo tomó del brazo y se lo llevó.
Quedaba poco para mi turno, solo tres chicos de mi edad delante de mí. Giré mi cabeza y en sector más alejado de la carpa estaban unos militares hablando con unos jóvenes de voz y expresión corporal más amanerados. Un médico revisando sus genitales y la zona trasera del cuerpo.
Incomodidad absoluta ante la situación que mis ojos miraban, corrí mi cara para mirar al frente ahora me tocaba a mi pasar frente al profesional que revisaría mi cuerpo.
Me preguntó mi nombre, buscó entre las fichas, sacó un papel, algo escribió. Antes que se pusiera de pie. Le pasé en sus manos mi carpeta de con mis exámenes médicos, entre ellos una radiografía.
-Tengo un problema en mi columna, señor - le dije con voz temblorosa -luego el sacó la radiografía del sobre para mirarla en una luz de tubo fluorescente que estaba tras de su mesa.
-¿Ya?... ¿y? -cuestionándome burlescamente sin soltar su mirada fija en la mía, por si le estaba mintiendo - Se sumó a escuchar nuestra conversación otro militar-
-Tenga una desviación en mi columna que me hace sentir fuertes dolores, ocupo plantilla para caminar y tengo un hombro más abajo del otro - afirmé - El médico sacó sus anteojos y volvió a mirar a la luz el examen, se puso de pie, dio la vuelta por la mesa para ponerse frente de mí.
-Párate bien derecho flaco - me pidió dándome una orden - me paré bien derecho, pero de forma consiente y tramposa dejé mi hombro derecho más arriba que el izquierdo. Controlando mi respiración para que no me pillaran en mi mentira corporal. El médico y el militar se pararon frente a mi para observarme. Ambos me miraban en silencio, tocaban mis hombros y la parte más alta de mi espalda. Jugué mi última carta de esto dependía todo, sentí como caía una gota de transpiración por mi cara. No dije nada más. Pensé en mi padres.
El médico anotó algo en la ficha, me entregó la carpeta y el otro militar me pidió salir de la fila y que me fuera a vestir. -Espera en la última carpa junto a los otros -me ordenó -
Tuve una sensación que el mi alma volvió a mi cuerpo, pero no quería cantar victoria, me vestí y bajé mi guardia, sin decir nada, en silencio me dirigí hacia la otra carpa habían cinco jóvenes más de pie esperando tranquilamente, me quedé junto a ellos pero sin querer hablar nada, porque había un policía militar haciéndonos la guardia. Cualquier cosa que dijéramos podía jugarnos en contra. Ahora el silencio era mi mejor amigo.
Treinta minutos después venía otro militar de rango medio hacia nuestra carpa a paso firme, se paró frente a nosotros, sacó una ficha para decir nuestros nombre completos con nuestros rut, nos miró y dijo.
-Ustedes han quedado eximidos de hacer el servicio militar - exclamó - Ahora deben esperar formados en silencio en el sector derecho de la cancha porque pronto se les entregará su carné de identidad - entregando su orden y se marchó.
Lo que mis oídos estaban escuchando provocaron en mí una sensación de tranquilidad que hace más de una semana la había perdido, más bien de paz. La respiración se volvía calma, dejando la puerta junta a que mis preocupaciones salieran sin dejar huella alguna de lo que me había tocado vivir por esas horas que dada las circunstancias no fui yo el que me las había provocado. Ahora solo quedaba esperar. Volví a pensar en mis padres en como tal vez estaban preocupados sin tener noticias de mi situación militar.
Pregunté la hora, pero en los misterios del tiempo y el espacio ya eran las 16:00 hrs. de la tarde. Ya quedaba menos para que esto terminara pensaba, al menos para mí. Mientras caminaba a paso lento al sector de la cancha que nos habían enviado a esperar la entrega de nuestros carné de identidades junto con la situación militar al día… se cruzaron varios pensamientos por mi cabeza. Si esto había sido suerte, si la radiografía de espalda había servido, el engaño visual de mis hombros ante el tonto médico o el "contacto" que el conocido de mi padre había movido algún hilo, que por lo demás nunca supe si existió realmente. Que importaba, ya estaba fuera de las filas del servicio militar. Me formé junto a los otros chicos a esperar a que todo esto acabara de una vez.
Allí estábamos los eximidos, seguíamos formados sin hablar. Frente a nuestros ojos el sol pronto se escondería. Nuestras caras insoladas por el calor pasaron casi 4 horas más para que esos documentos volvieran a nuestras manos. Antes de irnos, la última espera había sido también la última burla de ellos a nosotros. Tenía mucha sed, me dolía la cabeza por el sol y el hambre, los músculos de mis piernas fatigados de haber estado treces horas de pie.
Al salir del regimiento ya cansado del maldito día, caminé unas cuatro cuadras hasta ver un almacén de abarrotes. Cambié un pequeño billete por monedas de cien pesos para llamar desde el teléfono público a mis padres y darles la noticia que volvía a casa. Escuché a mis padres contentos desde el otro lado, la risa volvía lentamente a mi rostro.
Compré una botella de jugo de naranja y dos marraquetas con queso, me senté en el paradero a comer el pan casi sin masticar, tenía mucha hambre, me dolía el estómago.
Mientras esperaba el microbús que me acercara a Santiago, entre los colores de aquella tarde en los pies de las montañas que pusieron mi vida en pausa, me quedé un rato en silencio conversando con mis pensamientos confusos. Al subirme a la micro me senté en el último asiento, apoyé mi cabeza en la ventana por agotamiento, lo único que deseaba era llegar a casa.
Durante el viaje recordé al chico de pelo colorín y el muchacho de la biblia, me pregunté si ellos habrían tenido la misma suerte que yo y no precisamente por haberme sacado el servicio militar sino más bien porque llegando a casa abrazaría mis sueños que estaban agarrados esperando por mí en el adorno atrapasueños de la lámpara celeste de mi dormitorio.
Comentarios
Publicar un comentario